Publicado el 20 de Agosto del 2012 por Capitan_Melenas en Cine
PROMETHEUS, KAKA de Luxe (ahora con un 10% más de Spoilers)

Prometheus es mala. De pelotas. Con esto podría dar por finiquitada la crítica, pero es que me temo que tendré que justificar mis palabras, a riesgo de que, enfrente de mi casa, se presente una horda de fans de la saga Alien, armados con rastrillos y antorchas ardientes. Si digo la verdad, no sé ni por dónde empezar, me cuesta la identificación del aspecto más irritante de esta película, la incoherencia más grave, la autoparodia más evidente. Porque hay una colección, errores tan espantosos que parece mentira cuando uno lee el nombre de los implicados. Es entonces, cuando leo esta lista, cuando encuentro mi argumento de inicio.

Mi película favorita es Blade Runner. Adoro al primer Ridley Scott, al autor arriesgado, sorprendente, artesano, impactante, que a base de ruptura de tópicos, reescritura de otros tantos, mezclado todo ello con un poderío visual adelantado a su tiempo, con buen cine y talento, dejó impreso su nombre en el imaginario colectivo de los cinéfilos.

Me gusta “Perdidos”. Es más, este melenudo lloró como una magdalena con el susodicho final, me divertí como un enano con la elucubración de teorías, con el devenir de los personajes, con el juego que se nos propuso desde el minuto uno, y que acepté gustoso, a pesar de las caídas en la nada habituales.

Justifico así lo que escribiré a continuación, porque no tengo nada en contra ni de Scott, ni de Damon Lindeloff, el otro perpetrador de la cosa esta,  guionista de la citada serie/fantasmada, y especialista en vender humo. Ese es uno de los problemas, que mi nivel de exigencia cuando veo a los implicados se pone por las nubes;  como espectador, clamo al cielo por que se alcancen unos parámetros mínimos de excepcionalidad, pido a gritos que se me proporcione la obra maestra que se nos había prometido.

Sin embargo, Scott y Lindeloff nos escupen en la cara. Y en 3D.

Lo que valía para perdidos, no vale para esta película. Me temo que Lindeloff se piensa que somos idiotas, así de claro. Es más, da la impresión de que al burro le sonó la flauta una vez, así que como ya tenemos fórmula, apliquemos el A, B, C del “misterio de la isla” a cualquier historia que se nos ponga por delante. En “Perdidos”, aceptamos las reglas. Porque era nuevo, porque era sorprendente, porque nos divertía, porque formaba parte de la esencia de la historia, a pesar de su artificialidad, sus absurdeces, sus olvidos, sus retruécanos y trucos de magia.

Pero aquí… madre mía. Hay una cosa básica en cualquier historia que se quiera contar: la coherencia interna, el cemento que une los ladrillos, el loctite literario que hace que los pedacitos de imaginación que nos llenan la cabeza se unan para dar forma a momentos maravillosos, escritos, filmados, recitados…

La magia de una historia bien contada es simplemente eso, que las cosas pasen por una razón, que los personajes actúen de forma coherente, que la narración no tenga más agujeros que el tabique nasal de Lindsay Lohan. Pues aquí, la narración tiene la lógica y coherencia de un discurso pronunciado por un cocainómano después de 48 horas sin dormir.

Lo que más me duele es el autopllagio lamentable. La estructura es la misma que en Alien, pero sin gracia. Personajes salen de crio sueño, entran en contacto con raza extraterrestre, se infectan, la lían parda, sobrevive una chica que se ve atrapada en un cubículo con el bicho al final, cuando ya no queda ni el tato. Eso es Alien. La primera. Y ya la he visto.

Todo sin chispa, claro. Un ejemplo. Alien, los personajes salen del crio sueño, y van rápidamente a la cafetería a por un nutritivo desayuno espacial. Allí, hablan animadamente sobre si el parón de emergencia que están sufriendo contará como horas extra- Algo cotidiano, sencillo, sin efectismo de opereta. Son camioneros, están en su trabajo. Para ellos no es una sorpresa un viaje espacial, es su día a día. Un camionero que hace la ruta Albacete Valencia dos veces por semana no lo flipa. Los astro camioneros tampoco.

Prometheus, escena calcada. Salen del criosueño, y los personajes por fin se conocen. Escena vomitiva, mil veces vista, absolutamente prescindible de “Hola, quiero ser tu amigo”, “Vete a la mierda, soy muy duro, estoy en esto por la pasta”. Bravo, señor Lindeloff. Gracias por recordarme que en el fondo es usted un chaval de 13 años.

Esa es la media, pero no es lo peor, porque aún no ha entrado el misterio en juego, Simplemente, las relaciones entre personajes, tópicas, absurdas, memas. Banales. Excusas para que la trama fluya, pero es que encima no lo hace. Más bien, se estanca.

Personajes. Otro pilar básico de la narración. Aquí tenemos arqueólogos (que estudian civilizaciones muertas) que entran en crisis porque se encuentran una civilización muerta. Biólogos que en lugar de estar fascinados por el hallazgo, son de un cobarde espantoso y huyen (cuando se jactan pocos momentos antes de haber escogido a los mejores en su campo… un aplauso por el equipo de selección de personal. Debía tener un suegro en el PP, el tipo este), pero luego se pone a jugar como si nada con una babosa extraterrestre de lo más sospechosa y hostil, con simpáticos resultados de muerte y mutilación. Tenemos a un tipo encargado de cartografiar el territorio que, al loro, se pierde. Otro acierto de contratación, amigos. Eso sí, aúlla (Sí, aúlla). Tenemos una capitana que no pinta ni media (Aparte de ser muy muy muy fría y demostrar lo bien que quedan la mayas en su majestuosos glúteos), a una tripulación ramdom “morituri te salutam”, un negro que toca el acordeón que no sabe si es idiota o un genio, porque resuelve la película él solito con una frase. El sintético… que alguien me explique por qué hace lo que hace. Sigue órdenes, es curioso, es un hijo de puta, tiene un extraño síndrome de Elektra junto a problemas de identidad como electrodoméstico… lo que más te guste. Menuda colección. Desde el minuto uno, estás deseando que mueran todos.

La historia en sí es una aberración detrás de otra, con referencias continuas a los Xenoformes. Bueno, pues los xenoformes, según nos da a entender la película, no existen aún (O sí, o yo que sé…a lo mejor es que de verdad soy imbécil y este mojón exige un intelecto superior al mío). Es más, aparecen cadáveres con síntomas de haber muerto reventados desde dentro, vemos estatuas que representan a nuestros bichejos favoritos. Por si no fuera poco, algo siniestro y misterioso (uuuuuuuh) acabó con la vida de los habitantes del planeta. Producto todo del dichoso grumo negro. La sustancia más interesante del mundo, ideal para un guionista. Funciona según le venga bien a mis huevos toreros. A uno le transforma en un pseudo zombi, crea gusanos gigantes, a otro le quema el brazo, a otra la embaraza de una sepia… que sustancia tan prodigiosa, chavales. Si Asterix tenía su poción, los Space Jockeys tienen el grumo negro, que lo mismo te crea una especie que te condimenta las lentejas. Genial es la escena en la que vemos como unos marcianillos huyen del “misterioso” atacante que los destruyó, producto del dichoso liquidillo espeso (como los restos de una peli porno, pero en negro), y se encierran en una sala lleno de… adivinad… sí, centenas de vasijas metálicas llenas de tan maléfico elemento. Muy inteligente, especie superior. Os merecéis estar todos momificados.

Una más de la lista de incoherencias. Por ejemplo, y esta me encanta: La capitana jamona tiene en su cubículo una máquina medicinal que lo mismo te cura un constipado que te opera a corazón abierto. Para ella. Exclusivamente. Género femenino. Nadie puede tocar la dichosa maquinita.

En un momento dado, para disgusto de Gallardón, una de las protagonistas ha de practicarse un aborto, porque se ha quedado embarazada, cuando era estéril, por culpa del grumo negro (Que sí, chicos, que no me invento nada, mirad a Lindeloff). Usa la maquinita de marras. Que está en el cubículo de la capitana. Para su uso exclusivo. De ella y de nadie más. Mío es, tuyo no. Pone la máquina en modo extirpar feto, y una voz mecánica nos dice… atención, que es buena: “Esta cabina médica no está preparada para pacientes femeninos”.

Así que una de dos: O la capitana jamona tiene una sorpresa en la entrepierna, o han gastado una broma a la muy Coldheart bitch, o Lindeloff es un guionista nefasto. Escoja su favorita (mi favorita es la opción A, porque la B no tiene gracia y la C es una evidencia).

Mil anécdotas más del mismo calibre. Como la muerte de la capitana Jamona, AKA Miss Universo con rabo 2089, digna de barrio sésamo (si se te cae una cosa encima, a lo mejor es bueno desplazarse a derecha o izquierda, no seguir corriendo de frente… y ésta ha llegado a capitana. Por lo menos sabemos que en este caso, papá paga, en un giro argumental “inesperado e impactante”). Y puedo llenar veinte hojas. Como la actitud de la cacareada especie superior, que a la hora de la verdad se comportan como una pandilla de Neanderthales, el papel de David, un personaje que pretende ser centro de la trama, pero que en verdad la transforma en confusa, tambaleante y en ciertos momentos, estúpida, a pesar de la buena interpretación de Michael Fasbender, pero ni con esas.

Pero eso, ni siquiera, es lo peor de Prometheus. Lo peor es que crea preguntas ficticias, hace que el público haga el trabajo sucio del guionista, con teorías imposibles, lógicas de oferta, divagaciones hacia ninguna parte o justificaciones infantiles. No vale ningún argumento para defender la película, porque todos vienen de la imaginación del espectador, de su fe en la historia, en desesperada búsqueda de un conato de coherencia. Era Lindeloff el encargado de ese trabajo. Su misión era ofrecer una historia más grande que la vida. Lo que nos regala es un insulto a la inteligencia, una historia absolutamente infantil, previsible, efectista en el peor sentido de la palabra, inconexa y llena de interrogantes.  Una de la excusas es que es parte de una trilogía. Bueno, eso lo sabemos ahora. De todas formas, aunque formes parte de un todo, cada parte ha de tener sentido por sí misma, no un uso desmedido del truco del humo negro. Que ya no vale. Hemos visto como escondía el conejo en la chistera, señor Lindeloff.

Ridley Scott, sin embargo, aún conserva el tino. La película es un espectáculo visual, pero no es suficiente. Porque hace 30 años, lo hacía mejor sin necesidad de trucos digitales, sin lucecitas, sin maquillaje. A base de órdagos sensoriales, no hace que olvidemos la cantidad de mierda que estamos tragando, en forma de sustancia seminal de color negro. Nada tiene ni pies ni cabeza, y ser un esteta no te salva de la quema. La próxima, Ridley, contrata un guionista de verdad.

Alien era sencilla. De ahí su encanto. Las sorpresas eran sorpresas, el impacto era real. Aquí todo es humo, y depende de las ganas que tengáis de hacer la rosca a tito Scott. Por mi parte, ninguna, de ahí este panfleto.

Prometheus es pretenciosa, se viste de ideas enormes, de trascendencia, de búsqueda, de humanismo. Pero en realidad se queda en nada. En una nada aturdidora y exasperante, en una indignante muestra de nulidad, donde todo ese supuesto carácter de película elevada, queda diluido en una continua falta de interés por la historia, por unos personajes indefinidos o confusos o tópicos, por la superficialidad, por la falta de empatía hacia los personajes y sus relaciones.

Me duele escribir esta crítica, a pesar de los chascarrillos, de lo a gusto que me he quedado, del cabreo monumental que tenía a la salida del cine. Llegué a mi casa, y vi de nuevo Blade Runner. Lo necesitaba. Necesitaba una reconciliación con el tipo que abrió mis ojos pre adolescentes a un mundo sin límites, donde la imaginación tiene el poder, donde los coches vuelan por un Los Angeles sacados de un delirio de sake y LSD, donde los momentos se pierden como lágrimas en la lluvia.

No soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero hay veces que las evidencias son tantas, que uno se pone nostálgico, y saca del armario de casa de sus padres el barco de Playmobil. Me quedaré con eso del desastre que es Prometheus.

Que hace grandes a muchos momentos de antaño.