Publicado el 7 de Septiembre del 2012 por Capitan_Melenas en Cine
The Raid: Golpeo tus nudillos con mis morros

Nota del redactor: Esto tiene Spoilers a cascoporro, pero vamos, que si os cuento el final, lo mismo tampoco os sorprende. Es una peli de tollinas, no arte y ensayo.

Nota del redactor 2: Me he sorbido los sesos en la búsqueda de sinónimos del muy castizo término “ostia”. Después de mucho dar vueltas, he decidido que tan sonora palabra, tan española, tan nuestra, merece un homenaje como está mandado, y se leerá varias veces a lo largo del artículo. Os recomiendo, para evitar la repetición, que cada vez que la encontréis, uséis un tono distinto para pronunciarla.

En indonesia, a la comba se juega así

En indonesia, a la comba juegan así

 

 

 

 

 

 

 

 

Qué grande es el cine, que diría Garci, después de toser ocho veces sin soltar su cigarro (Siempre me he imaginado a este tipo cantando a dúo “Bohemian Raphsody” con otra ilustre voz cazallera, Sabina). En mi mundo particular, cinéfago que soy, cine significa muchas cosas. Puede ser un sesudo despiece de las interioridades del ser humano, o un espectáculo de fuegos artificiales. Puede significar un paseo por el tragicómico conflicto del cine de Kusturica, el disfrute de las rocambolescas situaciones de las comedias de Wilder, la carcajada reflexiva de Woody Allen, pasando por la estética de la violencia de John Woo o Kitano. Pero también es, no lo duden, entretenimiento. Esa es la esencia primera del cine, creo yo, un espectáculo de feria, un engaño a nuestras percepciones, un juego con la realidad. Lo único que pido a una película es que no me trate como imbécil; lo demás, es discutible. Así que con todo este rollo justifico esta crítica, puesto que voy a dedicar unas cuantas páginas a hablar de uno de mis géneros favoritos… la película de ostias.

Amigos, que grandes momentos he pasado con el visionado de este género, tan lleno de testosterona, de sudor, de mazdeísmo de baratillo, de sonidos imposibles de articulaciones rompiéndose. Qué difícil es, querido compañero o compañera friki, esa situación en la que un grupo de colegas gafapasta discuten acerca del significado del viento en el desierto de una peli Iraní, y tú estás deseando introducir el concepto “rotura de tibia” en la conversación. Qué difícil es justificar que ayer viste una sesión continua de Andréi Tarkovsky (director que encarecidamente os ruego que visionéis, por el bien de vuestras almas ignorantes), al mismo tiempo que hoy admites que te vas a tragar enterita y sin azúcar “El furor del dragón”. Pero sé que me encuentro entre iguales, y puedo abrir mi corazón, clamar a los cuatro vientos que disfruto como un enano cuando un escuchimizado oriental extirpa cuatro dientes al “masilla” de turno de una patada giratoria. Dios, creo que estoy llorando…

Imagen exclusiva de la reunión Merkel- Rajoy

Imagen exclusiva de la reunión Merkel- Rajoy

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En fin, que mucho ha cambiado el género, desde que Bruce Lee lo introdujo como tal en nuestro mundo occidental. De sus mil imitadores de nombre jocoso, pasamos a las estrellas occidentales, que ahora se reivindican con pelis como “The expendables”, hasta que llegamos a un punto en el que los que parten la pana son los Tailandeses, con los coros y danzas que se marcan gente como Tony Jaa, o su contrapartida femenina, Prachya Pinkaew. La diferencia con otros monstruos del género, es que estos tailandeses presentan una violencia cruda, real, que duele, pero al mismo tiempo ofrece coreografías muy trabajadas y cierto sentido de la estética. Convertir la ostia en arte, amigos, que complejo objetivo se han marcado.

Y no salimos del sudeste asiático, porque nos vamos nada más y nada menos que a Indonesia. Un país que resulta que existe, que no se lo han inventado los informativos, ni nada por el estilo, lo que me hace dudar ahora mismo de la existencia real de otros ilustres lugares como Latveria (voy a buscar un Atlas, ahora vuelvo).

A esto nos lleva la subida del IVA

A esto nos lleva la subida del IVA

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta película podía haber sido la “Tropa de élite” asiática. Ahí es nada, ¿verdad? La película de José Padilha es una excelente historia acerca de seres humanos en situaciones límite, acerca de la destrucción personal y social, con un incesante ritmo que deja extenuado al espectador. Todo eso podría haber sido parte de The raid, que deja un resquicio para la esperanza en su primera parte de metraje. Un grupo de operaciones especiales de la policía se mete de lleno en un edificio, sede de lo más inmundo y despreciable de la sociedad, que encuentra en la pasividad policial y la corrupción generalizada la mejor tapadera. Lo que se prometía como un “entramos, detenemos, y nos vamos silbando la banda sonora de dos hombres y un destino”, se convierte en una pesadilla cuando descubren que las cosas no eran tan fáciles, y quedan atrapados en el edificio a merced de una colección de indeseables que están deseando explicar a los agentes el concepto “sin vaselina, camarada”.

Comienzo trepidante, sin descanso, ya digo que con reminiscencias a otras películas de ambiente policial. Hasta que llega un punto en el que la película podía haber elegido dos caminos.

A)     Una profunda reflexión acerca de la violencia y el sentido de la supervivencia en situaciones límite, con gran acabado de personajes, desarrollo de subtramas, donde la humanidad de los personajes es puesta a prueba por una sucesión de encrucijadas para la conciencia del héroe, que descubre que la línea entre el bien y el mal es muy fina.

B)      Pasar de mierdas y dedicarse durante una hora larga a la presentación de la ensalada de nudillos definitiva, llevando al paroxismo el género conocido como de ostias.

Adivinad por donde tiraron. La opción A necesita un buen planteamiento de guión, un estudio pormenorizado de personajes fuera de los clichés del género, y en todo eso se perdería un tiempo precioso, que necesitamos para mutilaciones, salpicones de sangre o apertura de brechas a base de rodillazos. ¿Para qué malgastar esfuerzos si se puede escribir el guión en una servilleta? ¿Qué demonios significa “naturaleza del conflicto? Amigos, esto es más simple que el mecanismo de un chupete. Y sobra. Así que viva la opción B (que suenen salvas, que lloren las señoras, que los niños suelten palomas).

El jugador toca balón, no hay contacto, no es falta

El jugador toca balón, no hay contacto, no es falta

 

 

 

 

 

 

 

 

Llega un momento en el que la película entra en  ramdom, un one man army movie en toda regla. Cuando todo falla, hasta las ganas de escribir un guión, hay que tirar de épica. Chavales, que queréis que os diga, pero en este espectáculo gratuito de “yo contra el barrio” se ha llegado al top en lo que a reparto de nudillos se ha rodado. En plan videojuego, nuestro policía ha de abrirse paso planta por planta, rodeado de tipos armados con cosas que pinchan o hacen pum. El espacio se convierte en protagonista; las estrecheces, cutres pasillos angostos, apartamentos que darían espanto incluso a un estudiante, escaleras llenas de tipos babeantes… todo un submundo a disposición del noble arte de la patada, el puñetazo, el codazo canalla o la llave rompealmas. No hay más. Salvo el disfrute de unas coreografías duras, salvajes, donde la sangre salpicará a la pantalla, donde no hay la más mínima piedad, donde el ser humano se reduce a la más pura manada asesina, y nuestro héroe es convertido en poco más que una máquina de repartir (decidlo en voz alta, que podéis) ostias. No hay el cuidado detallista de las películas de Tony Jaa, nada de cámara lenta, ni de preciosistas giros de cámara. Aquí la realidad hace daño, los cuchillos cortan pedacitos de persona como si fuesen jamones en Navidad. Tendréis una colección de muertes violentas, momentos de tensión, con un pico de adrenalina que lo mismo os da un colapso.

Nuestro atribulado héroe medita acerca de si es mejor romper el esternón o perforar el riñón

Nuestro atribulado héroe medita acerca de si es mejor romper el esternón o perforar el riñón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ya está. No puedo decir mucho más acerca de las veleidades de esta película. Si te gustan los espectáculos llenos de clichés, con malos muy malos, buenos que reparten como carteros, y simpleza como bandera, disfrutarás esta película como yo lo hice. No veremos a la muerte jugando al ajedrez con un caballero atribulado, no encontraremos un monolito en la luna. Para eso existen otro tipo de películas. Esto es entretenimiento, puro, duro, sin complejos, y con un extra de “sentirse macho”. Oh, sí…

Puede que tengamos un poquito de exaltación del estado policial, quizá se deja entrever una velada justificación de la corrupción, un determinismo un poco de saldo, un violento sinsentido filosófico de tres al cuarto que intenta justificar a sus personajes. Pero, chavales, me da lo mismo. Igual que los mayas sacrificaban humanos para tener contentos a sus terribles dioses, el protofascista que llevo dentro también necesita su alimento, y esto es caviar del bueno.

Ustedes dirán: “Un momento, ¿No es este el botarate que puso a caer de un burro Pometheus y ahora dignifica esta basura?” Pues a lo mejor tiene razón, pero es que a diferencia de la cinta de Scott, esta no intenta engañarme ni darme cursos vacíos y llenos de ego sobre lo que significa ser humano. Me da lo que pido. Y eso, en este caso, es más que suficiente.

Disfrútenla, o no. Eso, depende de las tragaderas de cada uno

¡Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades, joder!

¡Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades, joder!