Publicado el 7 de Enero del 2013 por Capitan_Melenas en Cómic
Orquídea Negra: Belleza trágica
Poesía, nenes, poesía

Poesía, nenes, poesía

Hay momentos, en todo tipo de expresión artística, que marcan un antes y un después en sus respectivas disciplinas. Cambios estéticos, filosóficos, que son muestra de que el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, evoluciona como la sociedad que las nutre, incluso en contra de esta, de sus deformidades y corrupciones. El cómic del que vamos a hablar hoy es producto de una época de cambio, donde se redefinía el cómic mismo, consciente como industria de la necesidad de una metamorfosis en todos los sentidos que evitase un desgaste absoluto de un concepto relativamente joven: la industria del cómic de súper héroes.

Voy a hacer estampitas con la cara de este señor

Voy a hacer estampitas con la cara de este señor

Hablamos de mediados de los 80, cuando la industria y los autores se dieron cuenta de un hecho innegable: los lectores de cómic habían crecido. Ya no eran niños a la búsqueda de fantasiosas aventuras imposibles a la salida del colegio. Eran veinteañeros, dados a la intelectualización del medio, y deseosos de conceptos nuevos, aventuras igual de fantasiosas, claro, pero con una pizca de madurez y carácter adulto. Fue la época en la que Frank Miller revisa la torturada alma de Batman en la excepcional “El regreso del caballero oscuro”, o lleva al paroxismo el género en la indispensable “Born Agin” con Daredevil de protagonista, hasta el punto que, casi 30 años después, sus ideas acerca de los personajes sigue vigente.

Pero otro hecho marca el devenir de la industria del comic americano. El desembarco en las grandes editoriales de una hornada de jóvenes autores británicos, cargados de nuevas ideas, sofisticados argumentos, calidad literaria, amor absoluto por el medio, todo ello envuelto en cierta clase europea que daba algo de glamour a las colecciones que languidecían consumidas en la autocomplacencia y la repetición. Capitán de ese barco británico, el legendario Alan Moore, que con la cosa del pantano dejó bocas a toda una generación de lectores, que por fin encontraban la trascendencia que buscaban en el cómic mainstream. Tripulación, pues al loro; Grant Morrison, Jamie Delano, Alant Grant, Peter Milligan…y Neil Gaiman. Como hilo así de bien, después de esta pequeña lección de historia comiquera, vamos con la obra que hoy nos ocupa.

Nuestra torturada heróina

Nuestra torturada heróina

No voy a entrar mucho en la biografía de Gaiman. Supongo que casi todos conoceréis parte de su extenso curriculum como autor de cómics, escritor (American Gods, obligada lectura, que han publicado hace unos meses una reedición décimo aniversario muy estupenda), amén de que muchas de sus obras se han llevado al cine, como su cuento infantil Coraline (en una gran adaptación por parte de Henry Selick, el genio en la sombra detrás de “Pesadilla antes de navidad”) o su cuento ilustrado Stardust. Sólo diré de él que es mi escritor favorito. Ahí lo dejo. Los habrá mejores, peores, con más talento lingüístico, más o menos complejos… pero Gaiman es un narrador de primera, con un punto de vista tan personal que es único en su género. Y ha escrito el que es para mí el mejor cómic de todos los tiempos, The Sandman. Así que no me preocupa demostrar que, con este autor, se me ve peligrosamente el plumero. Es el último cuenta cuentos que nos queda.

Gaiman empezó en la industria del cómic americano, precisamente, con Orquídea Negra. Y lo hizo de la mano de su habitual compinche, Dave Mckean, uno de los dibujantes más espectaculares que ha dado el medio. Juntos ya habían llamado la atención por su obra anterior, “Casos Violentos” que hizo que toda la industria pusiese los ojos sobre estos dos novatos. Un periodista y un tipo recién licenciado en la escuela de artes. ¿Quién diría que estaban destinados a revolucionar el concepto del cómic mismo?

Para empezar, el primer objetivo que se propuso Gaiman para su andadura americana fue la revitalización de una olvidada heroína de los 70, creada por el guionista Sheldon Meyer, con la que Gaiman contó con carta blanca para una recreación total del personaje.

Orquídea Negra es un trabajo de juventud, y se nota. En las influencias, sobre todo, ya que la sombra de Alan Moore es alargada. Las referencias a “La cosa del pantano” son continuas, tanto en ambiente como ritmo. Quizá Gaiman aprovecha para introducir un toque más de pausada poesía, sobre todo cuando es Orquídea la que toma la voz principal de la narración, y su mundo de confusión se mezcla con su inalterable paz interior. Una búsqueda de identidad que es al mismo tiempo un viaje a lo más profundo de la naturaleza de las cosas, muy parecido a los viajes físicos y espirituales que nos regaló Alan Moore en su cosa del pantano. De hecho, en el tercer capítulo de la serie, hay un encuentro con el avatar del verde, como no podía ser de otra forma, gracias a la naturaleza medio vegetal de la protagonista.

Gaiman demuestra en esta obre que el cómic estaba listo para dar el necesario salto cualitativo, que se podían contar cosas enormes, historias más grandes que al vida, con un tono nuevo y arriesgado. Con una voz llena de poesía, tanto en lo literario como en lo visual. Porque hablar de este cómic es hablar del increíble trabajo gráfico de Mckean. Un dibujo que rompe con los esquemas clásicos de composición de viñeta, de diseño de página. Foto realismo impactante, colorido cuando se necesita, sobrio cuando es de obligado cumplimiento, capaz de dar vida a la selva amazónica a base de explosión de color o de dar una identidad propia a las oscuras calles de Gotham, donde la protagonista tiene un breve encuentro con el guardián de la ciudad. Es curiosa la forma de dibujar a Batman que tiene Mckean, porque famosa es la aversión que tiene el dibujante por el diseño del murciélago. Fijaos en el recurso que utiliza para salir del paso, y que repetiría con elegancia en la maravilla que es “Arkham Asylum”, la locura escrita por otro genio llegado de las islas, Grant Morrison. Influencias claras de otro maestro, Bill Sienkiewicz, un adelantado a su tiempo que ya supo aunar las veleidades del dibujo clásico con nuevas técnicas provenientes de la publicidad y del diseño, y que ilustró de forma exquisita grandes obras como “Elektra asesina” de Frank Miller.

¿Qué no te gusta dibujar a Batman? Pues un borrón, y a otra cosa

¿Qué no te gusta dibujar a Batman? Pues un borrón, y a otra cosa

Transiciones de viñeta a viñeta que son de antología, y una belleza borrosa, oscura, fría; el complemento ideal para la calidez poética de los textos de Gaiman, íntimo, melancólico, inteligente, empeñado en que hasta el último de los personajes tenga importancia en su concepto. Personalmente, nunca imaginé que Hiedra Venenosa pudiese llegar a emocionarme. Gaiman, en un par de páginas, consigue que una desequilibrada como ella tenga la humanidad que otros autores la han negado siempre.

Una obra que fue incomprendida en su momento, por su naturaleza alejada de los convencionalismos del género, por su visión adulta a un mundo tan sumido en los tópicos, porque el cómic estaba dando los primeros pasos de cambio, porque aún no se había estrenado el pelotazo que fue Batman, de Tim Burton, en 1989, y que puso a los superhéroes en el punto de mira de las productoras. Pero los años han tratado bien a esta obra. Leerla ahora, una vez todos los puntos conectan y el tiempo ha dado la razón a la valentía de sus autores, es un auténtico placer. Una historia basada en contrapuntos: la violencia de un mundo corrupto contra la paz natural de Orquídea. El amor corrupto y enfermizo de Carl Thorne, personaje clave, por la protagonista, contra el amor puro de Orquídea por su contrapartida infantil. La ambición desmedida y malvada de Lex Luthor contra la búsqueda de libertad e identidad de la heroína. Contrarios que se unen para un entretejido narrativo de primera clase, que hará que cada poco tiempo sintáis que esta obra merece una relectura, o un paseo por alguna de las increíbles viñetas de Mckean.

Preciosismo a lo Dave Mckean

Preciosismo a lo Dave Mckean

Acaba de reeditarse, en un fabuloso tomo llamado “leyendas del abismo: Tomo 1”, que recoge esta novela gráfica, junto con la irregular “La cruzada de los niños”, de Gaiman acompañado por Christ Bachalo (posiblemente, mi dibujante favorito), y la divertida introducción que  escribió para el recopilatorio de “House of Mistery”, dibujado por el siempre genial Sergio Aragonés (que, hablando de todo un poco, alguna editorial se podía marcar el punto de una reedición integral de Groo este año, ¿No?). Es una muy buena oportunidad para hacerse con una obra mítica en la historia del noveno arte, además de que viene con cosas que a mí me encantan, como partes del guión escrito por Gaiman, notas de su agenda de apuntes, y cosas así. Los que aspiramos a poner palabras una detrás de otra y que queden medio bien, agradecemos que los maestros compartan algún truco, o nos enseñen lo que guardan en la chistera a los pobres mortales.

Disfrutad de una lectura, que por lo menos será mágica, como escuchar el susurro de un arroyo, como observar la caída de los copos de nieve en una mañana de invierno.

 

Twitter: @SantiagoNeg