Publicado el 11 de Febrero del 2013 por Capitan_Melenas en Cine
[RETROCRITICAS]: Wall-E

Más de uno se estará preguntando; “¿Por qué Wall-e?”. Pixar tiene maravillas cinematográficas a montones, y va el Capi y se desmarca con una crítica innecesaria del todo de una película que ha quedado un poco en el olvido, eclipsada por las joyas de la corona de la compañía. Pues sí, básicamente porque amo esta película. Además, me parece que condensa en su metraje lo mejor y lo peor de la Pixar, así que es un ejemplo estupendo para un repaso rápido a la forma en la que el estudio creado por Steve Jobs entiende sus películas, con su especial manera de contar historias.

Repaso a velocidad de crucero del argumento de Wall-E. Nos encontramos en un futuro que ríete tú de la ambientación de Mad Max 2. La basura y los desperdicios se acumulan en forma de interminables montañas de la altura de un rascacielos, y el planeta es incapaz de albergar vida. La raza humana ha abandonado el chiringuito una vez lo ha dejado hecho un asquito, y pasea en un interminable viaje estelar a bordo del Axioma, un crucero estelar con todas las comodidades imaginables. Mientras tanto, en la tierra, una brigada de pequeños robots limpiadores se encarga de que el entorno sea un poco más habitable, pero después de siglos, sólo queda uno de ellos, Wall-E, que ha desarrollado una personalidad propia después de tanto tiempo de un lado para otro. Se dedica a una entrañable labor arqueológica, recogiendo curiosidades entre la basura. Recompone el mundo de antaño a base de recuerdos, de objetos, de todo aquello que el ser humano abandonó en su huida. Día tras día, Wall-E vive su rutina exploradora, pero eso cambia una mañana en la que aparece una visitante inesperada, EVA, una robot cápsula biológica con muy malas pulgas.

Ola ke ase, soy un robot, ke ase

Ola ke ase, soy un robot, ke ase

El mensaje es muy bonito, y bla bla bla. Todo muy masticadito, por supuesto: por un lado, el discurso ecologista es claro a lo largo de todo el metraje, y la crítica a las alienación producida por el mal uso de las nuevas tecnologías se hace evidente en cuanto aparecen los humanos, cómodos, sedentarios, incapaces de la más mínima iniciativa, absorbidos por un consumismo absurdo y controlado. Es más, incluso algún crítico de la derecha neoliberal americana usó la cinta para inflar sus panfletadas acerca de la naturaleza cómoda de los seres humanos de la nave Axioma, ya que un estado complaciente que cubre todas las necesidades de sus ciudadanos provoca la alienación mostrada en el estilo de vida de los exiliados espaciales. Criaturitas, los críticos, oiga.

Pero no quiero entrar mucho en el mensaje que se esconde detrás de la película, que es bastante directo, cosa normal si el público al que va dirigido el invento es a los niños. Y ese es el punto de mi crítica…¿Es Wall-E, realmente, una peli infantil?

A ratos. Y por eso no es una peli perfecta, porque navega peligrosamente entre dos aguas.

Técnicamente, Wall-E es una maravilla. Una de las cosas que hacen grandes a las películas de Pixar es que sus directores ponen un cariño bestial en su trabajo, y gozan de una libertad creativa que permite innovación constante, no hay dos cintas iguales. El director de esta película, Andrew Stanton, se planteó el rodaje como si fuese una película de acción real, con actores reales, y posiciones de cámara reales. Desde el minuto uno ves el resultado de esa idea: todo es fluido y orgánico, la cámara no es tan estática como en otras obras de animación, se mueve, se desenfoca, se adapta al movimiento de los personajes. El aspecto granuloso y mugriento del abandonado planeta tierra se consigue porque Stanton se empeñó en un cambio total de las herramientas 3D del estudio. Quería un aire arcaico, inspirado en las cámaras Panavision de los años 70, con las que se rodó, por ejemplo, La Guerra de las Galaxias. Cuando llegamos a la Axioma, la frialdad mecánica impregna cada uno de los pasillos del enorme crucero espacial, asepsia quirúrgica extraída del Mejor Kubrick, otra de las influencias visuales básicas de esta película, con continuos homenajes a “2001”.

Tenemos chispa, nena

Tenemos chispa, nena

El problema de Wall-E es que son dos películas, muy distintas en espíritu, forma y fondo. Con un montón de ideas enormes, influencias muy bien llevadas y mezcladas con gusto, con muchas ganas de marcar una diferencia.

La primera media hora de Wall-E es magistral. Brillante. Emocionante, especial, rompedora, tragicómica, valiente. Media hora sin diálogos, pasándose por el arco del triunfo todos los convencionalismos de una cinta de animación, a base de ritmo pausado, con una estructura interna como guión que debería estudiarse en las escuelas de cine. Poesía visual, donde nos presenta al personaje, un pequeño robot recoge basura, que ha desarrollado personalidad propia más allá de su programación, tras siglos de soledad en un planeta estéril. Durante esa media hora, asistimos a la rutina diaria del protagonista, su recorrido a la búsqueda de objetos que den pistas sobre el pasado del planeta abandonado. Nunca ha interaccionado con otro ser inteligente, y la única compañía que tiene es la de una cucaracha, cómo no, el único bicho sobre la faz de la tierra capaz de sobrevivir en un entorno tan marcadamente hostil. No tiene ninguna experiencia vital real más allá de sus paseos diarios, y la única referencia sobre emociones más complejas la recibe gracias al visionado de “Hello Dolly”, mítico musical, introducido en la película de una manera maestra, convertido en uno de los ejercicios de “cine dentro del cine” más entrañables y bonitos de la historia (en Prometheus hay otro que me encanta. Sí, es lo único que me encantó de esa película). La cinta es un homenaje al cine del Chaplin, a la comedia más básica de golpes y porrazos, de gags visuales. En el cine mudo era un recurso principal ante la falta de recursos sonoros. En Wall-E, es un ejercicio de nostalgia de primer orden con un resultado excelente.

Recuerdo que los niños se aburrían en el cine. Los adultos estábamos extasiados; yo, personalmente, estaba como en una nube, atrapado por el derroche de talento visual y narrativo que estaba ocurriendo delante de mis ojos.

Entonces, terminó la magia. Empezó la segunda parte de la película. Después de esa media hora, había dos opciones: romper de manera definitiva con todo lo que se espera de una película infantil, reescribir las reglas, continuar con la apuesta y transformar Wall-E en un espectáculo dramático que roce lo épico, provocando lágrimas de emoción sincera y entregada por parte de un público atónito… o rebajar tu propio listón y hacer una película mucho más convencional, un espectáculo Disney, de calidad, sí, pero muy lejos del órdago que te has marcado al principio. Por desgracia, escogieron la opción B, claro. La primera era un suicidio comercial de mucho cuidado, y al fin y al cabo estamos hablando de Disney. Una cosa es la calidad, y otra cosa  es plantearse conceptos tan adultos en un producto destinado a los niños, ergo que los niños compren muñequitos súper monos. No traumarlos con una historia más grande que la vida. Leches.

tú, yo, la luz de la luna y un planeta lleno de caca...

tú, yo, la luz de la luna y un planeta lleno de caca...

Así que la segunda parte en la Axioma es una sucesión de carreras, equívocos, comedia para toda la familia, crítica velada a la sociedad de consumo y a la deshumanización tecnológica, actos de heroísmo y cierta dosis de tragedia controlada, lo que nos lleva al final feliz 100% Disney/Pixar. Con un espectáculo visual de primer orden, eso sí, aunque incluso en eso rebaja la película su apuesta, con más convencionalismos técnicos, muy alejados del delirio que había sido esa primera media hora PERFECTA.

Por eso se queda Wall-E a milímetros de ser una obra maestra en términos absolutos. Se queda a las puertas; en conjunto es una grandísima película, entretenida, trascendente en según qué momentos, genial en otros, de antología en muchos.

Up es mejor película. Toy Story 3 es mejor película (el final que hizo que en mi cabeza se repitiese como un mantra la frase “Los tíos no lloran, Capi… copón, que los tíos no lloran). Rattatuille es mejor película. Pero Wall-E, con su imperfección, producto de su valentía (y posterior acojone, las cosas como son), me gusta mucho más. Por eso la he escogido, entre tantas otras, para nuestro viaje al pasado de hoy.

Cuando la estrenaron, leí en una crítica, no recuerdo de quién y en donde, que proponía un final para la película, siguiendo la lógica planteada por esa media hora inicial. (Y al loro, que meto algún Spoiler, por si no la habéis visto): Cuando llegan a la Tierra, y EVA arregla el destrozado mecanismo de Wall-E, el pierde la memoria, y se retrotrae a su programación inicial. Comienza su recolección de basura, y no reconoce a ninguno de sus nuevos amiguetes, además de que su personalidad dicharachera y simpaticona desaparece. La propuesta de este crítico, era que Wall-E quedase así. Atrapado en su programación, eternamente movido por sus prioridades grabadas en chips. Tristísimo, pero coherente con el espíritu que nos proponía de empiece la película. Volvemos al tema de traumar niños. Tendríamos una generación de fumadores y bebedores de Whysky solo, sentados en barras de bar de dudosa reputación, haciendo gala de un estilizado cinismo destructivo, con ideas muy turbias acerca de la vida.

Por suerte, la peli acaba bien. La individualidad, la iniciativa, lo diferente, triunfa sobre el gregarismo, el orden absurdo, las imposiciones. Llegan los títulos de crédito finales, canta Peter Gabriel (un temón, pero es que Gabriel es uno de mis músicos favoritos, así que tampoco hagáis mucho caso de mi juicio tan gratuito), vemos como la raza humana se adapta y sobrevive en el regenerado planeta tierra, y todos estamos de buen rollo. Con la sensación de que Wall-e podía haber sido un poco más. Que han estado a punto de conseguirlo. Que has visto media hora de cine perfecto, hecho con cariño y pasión, por encima de la frialdad digital.

Menuda media hora, amigos. Menuda media hora.

Twitter: @SantiagoNeg