Publicado el 26 de Marzo del 2013 por Capitan_Melenas en Cómic
Batman: Mi principio y mi probable fin.

Nueva reseña sobre el caballero oscuro, y es que prácticamente voy a una mínimo por mes. Si no es él, es sobre alguno de los miembros de su nutrida Batfamilia, pero es que lo mío con Batman roza lo patológico, lo admito. Las estanterías de mi casa parecen cada vez más un pequeño museo dedicado al personaje, y devoro con alegría casi cualquier cosa que se publica sobre su oscuro mundo de venganza casi psicótica. Hay otros súper con los que me puedo sentir más identificado, con un entorno cercano y reconocible, con problemas del día a día aparte de sus vuelos en mallas. Bruce Wayne roza lo imposible en casi todos los aspectos que forman su personalidad y bagaje, pero no puedo evitar la fijación casi obsesiva que siento por el personaje. Precisamente porque es esa representación del potencial humano en su máxima expresión, la esencia del sacrificio, que al fin y al cabo es lo que define al héroe. Pero son tantos los matices, interpretaciones y claves en su longeva trayectoria que con cada giro de tuerca, ya sea este más o menos afortunado, los lectores tenemos nuevos y apasionantes enfoques acerca de un icono del que parece que nunca se dirá la última palabra.

Davis jugando a ser profeta

Davis jugando a ser profeta

Hoy rescatamos del olvido una etapa que tiene mucho de rara avis en el momento en la que fue publicada. Nos vamos a mediados/finales de los 80, con Batman a punto de cumplir el medio siglo de edad, y muy cerca del pelotazo mediático que fue la adaptación de sus aventuras por parte de Tim Burton. La batmanía aún estaba en el horno, pero el personaje gozaba de buena salud, y sus aventuras se habían establecido en el canon por todos conocido. Un modelo establecido en buena parte por sus correrías durante los 70, dibujadas por el mítico Neal Adams, y matizada para un nuevo público adulto y exigente por el no menos legendario Frank Miller en su “Año 1”. Luego, Frank Miller se convirtió en una especie de protofascista endiosado, pero esa es otra historia.

Alan Davis era por aquel entonces uno de esos jóvenes talentos llegados de las islas británicas que tanto hicieron por el cómic americano. La generación que será recordada sobre todo por sus escritores, que inundaron el aletargado y complaciente mundo de la viñeta con argumentos complejos, llenos de matices, que rompieron con tantos tópicos que reescribieron la historia reciente del medio. Hablamos de gente como Alan Moore y Neil Gaiman, punta de lanza de toda una invasión por parte de autores del otro lado del charco. Entre tanto guionista, también se coló algún que otro dibujante, y si hay que destacar a uno de ellos es a Mr.Davis.

Nuestro autor se curtió durante la primera mitad de los 80 como parte del plantel de la franquicia Marvel UK, dibujando las aventuras del Capitán Britania y Marvelman con guiones del excelso Alan Moore (Del capi sé que algo se reeditó hace ya unos cuantos años, pero de Marvelman, nunca más se supo, me temo). Pero pronto cruzó el charco, y se encargó del apartado artístico de una colección mítica: “Batman y los Outsiders”. Adoro Batman y los Outsiders. Mucho. Fue una de las colecciones que eran tremendamente populares en la época en la que yo empezaba mis primeros contactos con el mundo del cómic. La leí hace un par de años, y ha envejecido de miedo. Lectura obligatoria.

La gata más sexy del bat mundillo

La gata más sexy del bat mundillo

El caso es que ahí se produjeron dos encuentros fundamentales que acabaron en el puñado de números de Detective Comics de los que hoy hablamos. El primero, Davis conoce a Mike W. Barr, uno de los nombres gordos de la época. Ambos coincidirían de nuevo en la colección más mítica del murciélago, en apenas seis números que constituyen este volumen.

El encuentro número dos es precisamente con el personaje. Davis, con su estilo elegante, dinámico y limpio era ideal para las aventuras un tanto más desenfadas de Outiders.

Pero llega el momento del salto a una cabecera grande. Nada más y nada menos que a Detective Comics, que además estaba  a punto de cumplir los 50 años de existencia. Ambos autores se marcaron un órdago de cuidado. El lector de Batman esperaba un cambio rotundo en la esencia de Batman, que Miller había convertido en una especie de cruzado impenitente rodeado de una filosofía maniquea que se intuía en sus anteriores encarnaciones, pero que el autor americano había exagerado hasta poner en duda la cordura de Batman. Llevó estas ideas al paroxismo en su imprescindible “El regreso del señor de la noche”, para muchos, el mejor cómic nunca escrito sobre el héroe de Gotham. Y hubo cambio, sí, pero a lo mejor no el que esperaba el público.

Lo que ofrecían W. Barr y Davis en sus aventuras era una especie de regreso al pasado, sin llegar al ridículo, claro. Enemigos muy clásicos y coloridos, rocambolescas situaciones, lógica detectivesca un poco surrealista, e incluso Batman sonríe de cuando en cuando. Vamos, todo con un saborcillo sesentero que desconcierta a finales de los 80, cuando todo estaba en pleno proceso de renovación. Aun así, a pesar del tono desenfadado, Batman es distante y bastante más adulto que el sonriente monigote cincuentero. Robin es tan enervante como siempre, y los chistes de ambos llegan a niveles hirientes parecidos a los de la serie televisiva de Adam West. Es un homenaje continuo de Barr a los cómics que leyó antes de ser profesional, y se nota que está disfrutando como un enano.

Pero si por algo destaca el trabajo de este volumen es por la presencia de Davis a los lápices. Un tipo que nació para dibujar superhéroes; de trazo fino, elegante, clásico, con un talento especial para las anatomías definidas y sin los excesos de opereta que vendrían con la siguiente generación y que evolucionarían en cosas como Rob Liefeld (Que se va a ganar el sobrenombre de “El que no debe ser nombrado”, como Voldemort). Una delicia que ha dibujado como pocos a Batman: Estiloso, ágil, icónico y potente, heredero del mucho más serio Batman de Neal Adams. Nada más que para disfrutar de ese estilo de dibujo merece la pena hacerse con este ejemplar.

Además veremos una portada muy mítica, muy definitoria, y casi profética, en la que vemos a Batman con Jason Tood en las manos. Lo que son las cosas, chavales.

Davis dejó DC y se marchó a la competencia, donde desarrolló una etapa más que memorable en X-Calibur (donde se reencontraría con Capitán Britania) y con su serie de creación propia Clandestine, una de las colecciones de superhéroes más divertidas que he leído nunca.

Un momento especial dentro de una época de cambios rotundos en el imaginario general de Batman. Ideal para los que busquéis un tebeo de sabor clásico. Pero sobre todo, un reencuentro con uno de los mejores dibujantes de todos los tiempos, así de claro.

Pasadlo bien con su lectura, frikis!!!

Pero que chupi que pinta este señor

Pero que chupi que pinta este señor

Twitter: @SantiagoNeg