Publicado el 1 de Mayo del 2013 por Capitan_Melenas en Cine
Pontypool: Días de radio y zombis

 

Ostras, otra de zombis. Algunos, directamente, sentiréis ganas de prender fuego a vuestra colección de “The Walking Dead” (un día de estos hago un “retrospecter” sobre el cómic titulado “A ver si vamos cerrando el chiringo, señor Moore”). Todos estamos, me temo, un poco hartos de la invasión cultural a la que hemos sido sometidos en los últimos años, rodeados de productos de toda índole (entre lo glorioso y lo excrementicio, todo sea dicho). Hemos visto cosas estupendas como el remake de Zack Snyder de “El amanecer de los muertos”, que es canela fina, y hemos sufrido la aparición de bromas de mal gusto post moderno al estilo “Orgullo, prejuicio y zombis” (como si Jane Austen no fuese ya bastante terrorífica por sí misma) o toda la saturación de literatura (a veces lo es) apocalíptica (no sólo por el tema tratado… hay gente, y editores, con las gónadas de tamaño superlativo si se atreven a publicar según que engendros), con ejemplos varios entre lo divertido y lo insultante.

No sé mucho de electricidad, pero lo que hay detrás de esa puerta no es corriente

No sé mucho de electricidad, pero lo que hay detrás de esa puerta no es corriente

También hemos tenido manifestaciones culturales de lo más memo, como esa cosa de la marcha zombi, días del orgullo zombi, o “tontás” de espíritu similar. Ahora es cuando más de uno me está mirando mal desde el otro lado de la pantalla, pero es que, sinceramente, pienso que esa clase de chorradas no hacen otra cosa que desvirtuar nuestro pequeño mundo friki, más si se tiene en cuenta el origen de estos encuentros, y que la mayoría de los que van a pintar la mona no saben ni quién es George A. Romero. Lo más parecido a una experiencia zombi es haber llorado con el vídeo de Thriller cuando eran tiernos infantes. Y conste, que ésta es mi opinión personal algo misántropa y llena de rencor, pero estoy un poco hasta el escroto de advenedizos y aprovechados. Hala. Ya lo he dicho.

En fin, que después de hacer amigos, como siempre, voy a la faena, y os hablo un poco de la peli de hoy. Para variar, prácticamente desconocida en España, que sí, que somos muy fans de los zombis, pero para ver una peli en condiciones tenemos que hacer malabarismos. Eso sí, venga, corramos todos a ver esa cosa que apesta a mil años luz como “Guerra Mundial Z” (espero, de verdad, que sea uno de los grandes fracasos de la historia del cine) (Madre mía, estoy cañerito esta tarde). Producción canadiense, presupuesto irrisorio, 15 días de rodaje, 4 personajes, un solo escenario y la sencillez como bandera para una historia típica, contada de forma atípica. Pontypool huye de los consabidos espectáculos sanguinolentos y pseudogore, aunque, claro está, tiene su ración de hemoglobina. De lo contrario, hablaríamos de un producto excesivamente dulcificado, cuando el ataque de hordas violentas y fuera de control es el tema en cuestión. Pero son momentos puntuales, muy medidos, para que la sensación de estrés sea auténtica, que dé consistencia a una situación en la que la información real de lo que ocurre en el exterior puede ser un enorme engaño.

Pongámonos en ambiente. Una mañana cualquiera en Pontypool, un pequeño pueblo de Ontario. Hace un frío de narices y nieva como si no hubiese mañana, lo normal en el duro invierno canadiense. Grant Mazzy se dirige a su puesto de trabajo en la radio local, donde ha sido fichado como gran estrella del programa de las mañanas. De camino a la emisora, ocurren cosas raras. Encuentra una mujer en medio de la nevada, que parece dirigirse a él. Antes de que baje la ventanilla, la mujer ya ha desaparecido en la ventisca.

Productor de intereconomía haciendo recomendaciones a los tertulianos

Productor de intereconomía haciendo recomendaciones a los tertulianos

Una vez llega al tajo, todo parece normal. Grant y su enorme bocaza irritan de continuo a la sufrida productora del programa, Sydney, y la simpática Laurel se encarga de recibir las llamadas de los oyentes. Pero algo ocurre. Las llamadas no son como las de todos los días. Son extrañas, confusas, y hablan de episodios de violencia. Poco a poco, los tres se verán envueltos en una espiral de pánico, donde el contacto con el exterior cada vez será más complicado, rodeados de una amenaza sin nombre, inexplicable y mortal.

Lo interesante de Pontypool es que es una película de infectados/zombis/comoquierasllamarlo en la que apenas vemos el peligro real. Todo ocurre dentro del estudio; vivimos toda la violencia y el horror gracias al contacto que desde la radio se tiene con el exterior. Desde la incredulidad inicial al desenlace, vivimos con los personajes el mismo proceso. Sabemos lo mismo que ellos, nuestro punto de vista es el suyo, las noticias que reciben son las que recibimos nosotros. En ese sentido, no tenemos ninguna ventaja respecto a los personajes. Un acierto de la historia, puesto que se establece una empatía automática con los personajes. la tensión que se adueña de la emisora se traslada a nuestro salón. Es muy complicada esa ruptura de los tópicos más evidentes del género, y más en una clase de historias en la que se espera algo más explícito y directo.

El miedo nos llega a base de llamadas telefónicas. La gente del exterior se transforma en corresponsal de guerra por accidente. El hecho de que no veamos el peligro aumenta la sensación de desasosiego, sin necesidad de una turba incontrolable de caníbales mutilados. No hay trampa ni cartón, aquí lo que prima es la historia. Incuso por encima de los personajes.

Esto no es coña: Con todos ustedes, Lawrence and the Arabians

Esto no es coña: Con todos ustedes, Lawrence and the Arabians

Stephen McHattie está genial en su papel del algo desquiciado locutor. Su voz es total protagonista de muchos momentos principales del metraje, además de que da el necesario toque de humor ácido, sobre todo al comienzo, cuando los protagonistas no son muy conscientes de lo que ocurre en verdad. Se convierte en el emisario del horror; recuerda en su papel al Orson Welles radiofónico de la famosa emisión de “La Guerra de los Mundos”, pero con un puntito macarra y lenguaraz.

Otra de los aciertos de la película es el planteamiento que hace de la plaga. No hay virus escapados de laboratorios, ni radiación espacial. No se basa en la típica metáfora un tanto carca sobre los excesos de la ciencia y las consecuencias terribles de jugar a ser dios que hay muchas veces detrás de estas historias. El origen de la infección es inteligente, curioso, terrible y lleno de intención. Nos invita a la reflexión, a la toma de conciencia de nuestro mundo de las comunicaciones, acerca de la naturaleza de nuestro discurso, e incluso, si se riza mucho el rizo, a una crítica a las posiciones de superioridad cultural del mundo anglosajón. Me encantaría comentar todas esas reflexiones e ideas con vosotros aquí mismo, pero si revelo la naturaleza de la infección, os quito una gran parte de la gracia de la película.

UnA obra pequeña, diferente, arriesgada, que juega con unos cuantos tópicos, rompe un buen puñado de ellos, y nos ofrece una perspectiva diferente al típico planteamiento de “primeras horas del desastre”, una cantidad considerable de recursos narrativos aplicados de forma inteligente, puesto que, de otra forma, la película se haría muy aburrida. Bruce McDonald, el director, sabe con qué cuenta, que herramientas tiene, y como usar las carencias, que a otro director hubiesen provocado un ictus, para su propio beneficio y el de la historia.

Drogas en el trabajo: No, chicos, no

Drogas en el trabajo: No, chicos, no

Suspense un tanto gafapastil, un rato diferente. Que nos los merecemos.

Twitter: @SantiagoNeg