Publicado el 5 de Mayo del 2013 por Capitan_Melenas en Cine
[RETROCRÍTICAS]: Sucker Punch

 

Zack Snyder es de los nuestros. Esa es la idea sobre la que argumentaré cada una de mis ideas sobre la película que hoy nos toca, y, sobre todo, servirá de excusa para justificar mis opiniones sobre ella. Porque sé que esta retrocrítica es carne de polémica, entiendo que hay gente que odia esta película hasta el vómito, que es una de las cintas más vapuleadas de la historia del cine reciente. Es más, nuestra querida Boss (nosotros te adoramos, o lideresa!!!) escribió una crítica nada amable en el momento de su estreno. Pero, llamadme rebelde, hoy estoy aquí para defender esta cosa, a pesar de la montaña obscena de razones de peso que me llevarían a condenarla por infame, excesiva y simple. Escribo todo esto que tenéis por delante porque me parece justo un acto de fe ante la forma de hacer cine de Zack Snyder. Necesitamos un poco de aire para el tío que ha dirigido la que promete ser una de las películas sobre supertíos más definitivas de la historia del cine. Este tipo, el que dirigió esta paja (y de mental nada, luego hablaremos sobre el concepto masturbatorio que sirve como clave a todo el desarrollo del film) de dos horas, ha acumulado el suficiente poder dentro de la industria del cine americano como para hacerse con una de las franquicias más jugosas tras sólo cuatro películas. Se ha ganado la confianza de un mundo caníbal y rastrero como Hollywood hasta el punto de que ha conseguido sacar adelante películas como la que hoy comentamos. Es el tío que dirige el nuevo Superman, el que parece que por fin va a darnos un hombre de acero al nivel del ofrecido por Richard Donner allá a principios de los 80.

El dire pretende que esto aprezca una fantasía femenina y nos viste de meretrices... muy bien!!!

El dire pretende que esto parezca una fantasía femenina y nos viste de meretrices... muy bien!!!

Su carrera es meteórica, y cómo digo, sustentada por un escaso puñado de películas. Empezó con la adaptación de “El amanecer de los muertos”, el clásico de Romero, perpetrada por el propio Snyder y escrita por otro frikazo de tomo y lomo, James Gunn (futuro director de “Los guardianes de la Galaxia, colofón cósmico a todo el mogollón Marvel tras sus Vengadores). Uno de los mejores remakes jamás realizados (cosa que no es difícil, porque los remakes en general suelen ser un pedazo de mojón). Continuó su carrera con el pepinazo que supuso “300”, esa fascistada vigoréxica basada en el cómic de Frank Miller, reconvertido en una especie de Charlton Heston de la viñeta tras su trauma post 11S. Su estilo se definía, con las famosas transiciones entre cámara lenta y rápida, junto con un mundo visual tan pictórico como artificial.

Tras el éxito obtenido con 300, Snyder se ganó una especie de carta blanca. A partir de ese momento, nadie dijo que no a cualquiera de sus locuras, que han acabado con finales dispares entre la crítica y el público.

Para empezar, se atrevía con una película que estaba destinada al fracaso atronador desde su misma génesis: Watchmen.

La obra de Alan Moore es icónica, trascendente y compleja. La película se queda a medias, incapaz de llegar a las cotas ofrecidas por la lectura de la obra original, mucho más emocional y envolvente que la película de Snyder. A pesar de ello, era una adaptación obsesiva, que pretendía calcar todo el nivel estético de Dave Gibbons. Esto implicaba olvidar el aspecto más introspectivo, a pesar de que la trama y estructura de la premisa en la que se apoyaba eran las mismas. Un día hablaré más largo y tendido de esta película, pero veíamos por primera vez, en toda su plenitud, el que sería el gran fallo de las películas de Snyder. Es incapaz de distinguir lenguajes. El cómic y el cine, aunque se retroalimentan, tienen estilos, elementos e intenciones muy diferentes. Para Snyder, la narrativa, venga de donde venga, es un todo; mezcla influencias y referencias sin filtro ninguno. Hay directores que hacen lo mismo, como Tim Burton, o el propio Tarantino, pero aprovechan esas ideas para el desarrollo de un mundo propio con identidad por sí mismo. Snyder no es tan talentoso, las cosas como son, por lo que este batiburrillo de influencias no son una virtud en este caso.

En el menú tenemos samurais demoniacos

En el menú tenemos samurais demoniacos

Estas son las credenciales de Snyder. Entonces rueda Sucker Punch. Cuando la vi, una frase vino a mi cabeza para dar un poco de sentido a la última hora y media de mi vida en ese momento. “Aquí vale todo, señora”.

Al lío…

Un poco de sinopsis. Nos encontramos en una época indeterminada, entre finales de los 50 y principios de los 60. Babydoll es una hermosa princesita trágica post adolescente, que tras un montón de penurias tipo “Annie” pero con un extra de chunguez, acaba internada en un manicomio, gracias a las infames tretas y argucias de su padrastro (Lo de las tretas y argucias, para los de la ESO, son las cosas malas que hacían los villanos de la MARVEL en los 60). Babydoll se enfrenta a un destino peor que la muerte, como las heroínas moñas de los folletines victorianos, ya que varios de los trabajadores del centro han sido sobornados por el malvado padrastro para que nuestra rubísima protagonista sea sometida a una lobotomía, y así heredar el muy canalla la jugosa fortuna de la difunta madre de Babydoll. Cuanta crueldad, que falta de escrúpulos, que bribón (le llamaría otras cosas más directas, pero es que luego me acusan de prosaico).

Con la perspectiva de una vida con el movimiento cerebral de uno de los tetes de Gandía Shore, Babydoll idea un plan bastante monguer para la evasión del centro de internamiento.

Y con esto, el señor Snyder se monta su fiesta particular. Fiesta, en este caso, es el equivalente a aquellos cumpleaños pre adolescentes en los que se mezclaban los ganchitos con la coca cola, se explotaban globos para asustar a las niñas, y alguien estampaba un muñeco de He-Man en la cabeza de algún colega llorón.

Soldados Zombis

Soldados Zombis

Para empezar, tenemos tres planos distintos de realidad. Nuestra Babydoll es una especie de Alicia a través del espejo, pero Alicia, en este caso, es una pirada de libro al que el término BIPOLAR se la queda corto. Está como una chota, y se encarga de demostrarlo cada segundo del metraje. De la institución mental, pasamos a una especie de burdel al más puro estilo Moulin Rouge (hablando de películas con montajes perpetrados por orangutanes cocainómanos…), todo gracias a los malabarismos psicóticos de la mente de nuestra querida rubia trastornada. Bravo, señor Snyder, ha conseguido usted su excusa para que las protagonistas se pasen en picardías un 70% del tiempo de rodaje. Es usted mi ídolo, caballero.

Lo más curioso es que Snyder pretendía, según sus propias palabras, hacer una denuncia al sexismo y cosificación del género femenino en la cultura geek. Muy buenas intenciones, pero vestir  a tus actrices como coristas de revista, por muchas patadas que repartan y muchos tiros que den, no creo yo que sea una buena forma de protesta… no sé, es como si un vegetariano prende fuego a una granja llena de corderitos para evitar que se los coman (luego se hace agente del FBI, se va a hacer perfiles de asesinos en serie, y ya está). Vamos, que a mí no me tiene que justificar el tema de llenar cada plano con jovencitas en corsé, y más si se tiene en cuenta el pifostio que está usted a punto de montar, señor Snyder.

Pero eso no es todo. Se pasa por el forro todos los convencionalismos sobre tiempo y espacio, la idea de género cinematográfico es algo sobre lo que escupir con beligerancia suicida: nuestro director se lanza sonriente a un salto sin paracaídas, mientras sonríe de manera histérica. En su cabeza, aterrizará sobre sus dos pies y acto seguido se meará en vuestras atónitas caras. “Es mi película y me la zumbo cuando quiero”, grita Snyder a los cuatro vientos.

Y de postre, un Dragón...

Y de postre, un Dragón...

Establece un nuevo plano de realidad, un tercer paso dentro de la ida de olla general en la estructura narrativa de la película. La cabeza de Babydoll es una juerga descomunal de neuronas jugando al billar, así que hundámonos en el gigantesco galimatías que es la percepción de la realidad desde la perspectiva de una grillada superlativa como nuestra protagonista. Tenemos la justificación definitiva: Babydoll está como para protagonizar una versión femenina de “Alguien voló sobre el nido del cuco”, ergo Snyder se puede permitir el lujo de llenar cada segundo de metraje con su mundo particular, en el que sentido y coherencia son el nombre de sus huevos toreros. Zombis mecanizados en las trincheras de una primera guerra mundial tecnificada, en la que aviones tipo Barón Rojo (los jebis no, copón, el héroe alemán de la aviación… que todo hay que explicarlo) se parten el espinazo contra robots sacados de un manga de Masamune Shirow. Samuráis demoniacos de tres metros se enfrentan a niñas vestidas de colegialas mientras suena Bjork (Sí, tíos, suena Bjork. Algún gafapasta murió ahogado en sus propias babas de ira mientras veía esa escena).

Cuando parece que nada puede ser más raro, Snyder nos lleva a una especie de alucinación de la tierra media. En pleno asalto al abismo de Helm, o algo parecido, nuestras súper nenas conducen un bombardero de la segunda guerra mundial, reparten estopa con armamento moderno, tipo fusiles de asalto (que ni existen en la época en la que sucede todo el sarao del manicomio, claro), a un montón de Uruk Hais de tercera división, y se las ven con un dragón. Sí. UN DRAGÓN. ¿Por qué no? Falta únicamente que aparezca Legolas arco en mano, que una de nuestras chicas se lo “enviole” y luego le corte la cabeza por memo.

soy tan inocente que sólo puedes pensar en arroparme, ¿A que sí?

soy tan inocente que sólo puedes pensar en arroparme, ¿A que sí?

Todo esto que os cuento está, no podía ser de otra forma, envuelto en el fastuoso estilo visual de Zack Snyder. A pesar del tremendo caos de ideas que vuelan de un lado a otro a la velocidad de un golpe de katana, Snyder permanece fiel a sus propios principios, los pilares que constituyen su idea de cine, que los tiene. Y, desde mi punto de vista, son caviar del bueno. Si el ejercicio literario que compone el cuerpo del guión de la película es una majadería como un piano, lo que Snyder te enchufa por los ojos es otro cantar. Todas las absurdeces que articulan la historia no son más que una excusa para que el director se lo pase en grande con ideas tan locas que funcionan. Cuando acaban ciertas escenas, no tienes más remedio que coger aire. Los personajes planos, las situaciones cogidas por los pelos, las explicaciones más bien innecesarias, son elementos necesarios para que a esto se le pueda llamar película y estrenarlo en un cine. Es un delirio de sobredosis de lecturas de Manga y mucho tiempo delante de una tele con la Xbox humeante. Un montón de historias, dentro de un contexto general necesario para una cierta coherencia interna, al mismo tiempo que se desprecia con desdén ideas como esas. Se renuncia a la película, a la historia, a los personajes. Se apropia Snyder de clichés y fantasías propias, construye su mundo en el que una pistola automática lanza balas que rebotan contra una estatua viviente y muy cabreada que blande una lanza de proporciones monstruosas, que es derrotada por una sugerente jovencita que agarra con mucha autoridad el mango de una Katana. Todo muy fálico. Pero es que la escena en la que atacan un tren futurista lleno de robots asesinos tiene como momento álgido un plano secuencia brutal de unos dos minutos en el que tenemos a Zack Snyder desatado, al nivel de las mejores escenas de combate en 300, pero a lo bestia. Me encantan los planos secuencia. Éste me dejó bocas, y creo que aplaudí (No estoy seguro, mi cerebro a esas alturas estaba en pleno tango con Jamie Chung)

La búsqueda de nuestra protagonista tiene la profundidad de una partida de rol mal planteada, tan simple como un “Busca estos objetos que te llevarán a la libertad”, que además son mostrados a la protagonista en una alucinación/experiencia mística/oráculo, algo mil veces contado, pastiche de mitologías anteriores mucho más complejas y significativas. Añadimos un poco de moraleja, un par de frases finales bonitas y motivadoras, y a tirar. Me montáis esto, muchachos, que lo estrenamos fijo, aunque os parezca mentira.

Simbología y elegancia según Zack Snyder... un chupa chups

Simbología y elegancia según Zack Snyder... un chupa chups

Pero, como digo, la historia no es el motivo por el que se rodó Sucker Punch. Esta película se produjo porque se podía. Ni más ni menos. Porque alguien como Zack Snyder consiguió un poder tan enorme en Hollywood que se las arregló para que se diese el visto bueno a esta producción. Donde se encantó a sí mismo, donde nadie ponía filtro, donde hizo la película (o lo que sea) que quería. Donde mezclaba el lenguaje cinematográfico con la narrativa de los videojuegos, con elementos y símbolos más propios de otros medios de expresión como el cómic. Hay estética manga, que se da la mano con el erotismo kitsch, el terror de serie b o el pulp. Como decía todo vale, así que Snyder saca a pasear al adolescente pajero que un día fue. Es de esos directores que nunca ha crecido, un eterno Peter Pan que, a veces, se olvida de la seriedad de una producción y hace locuras como la que hoy ocupa nuestro espacio.

Zack Snyder rodó una película que parece ideada por un adolescente de 13 años con un presupuesto de 80 millones de dólares en las manos. La película que cualquiera de nosotros hubiese rodado en esa tesitura. Hizo la película que quería hacer, sin dar más explicaciones. Únicamente a sí mismo. Aunque me temo que su ego, en este caso, no estaba para sugerencias.

En todo caso, aunque parezca mentira, es una película valiente, que da lo que promete, no engaña a nadie, es una de las frikadas más espectaculares y definitivas jamás rodada, lleva todo nuestro pequeño universo de entrenamiento a un nuevo nivel aunque sea a base de montar un espeso barro de influencias conectadas con más cabezonería que magia.

Por supuesto, se llevó un rapapolvo de cuidado por parte de la crítica, que no veían más que un espectáculo vacío y bastante genital (por lo pajero). Aunque el tiempo, ese gran sabio, la ha puesto ese san Benito de “de culto” que muchos de estos sub productos se acaban ganando por entrañables. Como decía al principio, el cine de Snyder demuestra que es un freak de tomo y lomo, uno de los nuestros. Un tipo con una visión personal muy clara, que puede gustar o no, pero que le hace único, como a sus películas, como a Sucker Punch, con independencia de la calidad del producto final.

Por suerte para todos, en Superman tiene a Nolan para bajarle los humos. A ver que sale. Por mi parte, me muero por

Paso del Badoo... me han dicho que en esta peli encuentro churri de fijo

Paso del Badoo... me han dicho que en esta peli encuentro churri de fijo

que llegue ese momento.

Twitter: @SantiagoNeg