Publicado el 12 de Mayo del 2013 por Germánico en Libros
Hablemos de Libros: Centauros del Desierto.

5/5

Cuando me llegó la novela de Alan Le May, Centauros del Desierto, a mis manos por pura casualidad no pude evitar pensar en mi padre. Sin querer, como se suele decir en estos casos, me lo imaginé llamándome para que fuera al salón con él a ver una película que estaría a punto de empezar; iría por pura curiosidad y me lo encontraría sentado en su sillón viendo la televisión. Al verme aparecer, mientras me sentaría en el sofá de al lado, comenzaría a hacerme una pequeña reseña cinematográfica de la película (Centauros del Desierto) dirigida por John Ford. Mientras los créditos iniciales fueran pasando por la pantalla, iría leyendo los nombres de los actores en alto poniendo voz de locutor de radio y de vez en cuando, me haría comentarios sobre algún que otro actor o actriz. Me diría cosas como “Henry Brandon… éste es alemán. En casi todas las películas hace de indio, ¿sabes quién es? Sí, hombre, seguro que sí, lo viste en aquél capítulo de Caravana; también trabaja en Vera Cruz…” o “Vera Miles… Esta es la mujer por la que compiten John Wayne y James Stewart en El Hombre que Mató a Liberty Valance” (películas que por supuesto he visto, y siempre con él).

Y es que mi padre es un cinéfilo a la vieja usanza, un amante de las películas western y que no hace más que verlas una y otra vez, de las que conoce actores, directores e incluso productores y de las que, además, recuerda alguna que otra noticia sobre su rodaje. No sólo eso, consiguió a través de los años hacer de su hijo otro amante del género conocedor de grandes títulos como La Conquista del Oeste, El Último Tren a Gun Hill, Los Comancheros, El Oro de Mackenna o Yuma (por decir algunas).

Quizá fuera todo aquello, ese cúmulo de casualidades que a veces se conjugan en el Multiverso, lo que me metió de lleno en la lectura de esta apasionante novela. Al comienzo de su disfrute, no pude evitar imaginarme a John Wayne (protagonista junto a Jeffrey Hunter de la monumental obra cinematográfica de Ford) con su pose de hombre del Oeste en todo su esplendor. Sin embargo, pronto me di cuenta de que novela y película compartían apenas unos ligeros trazos sobre la trama y quedé totalmente sorprendido e indefenso ante la obra de Le May.

Si bien la historia es sobradamente conocida por la mayor parte del público, quizá se encuentre entre vosotros alguien que no lo sepa: La familia Edwards ha sido masacrada por una incursión Comanche en el territorio de una Texas inhóspita y salvaje. Las hijas son secuestrada por los indios, y su tío Amos y su hermano adoptivo Marty inician entonces su búsqueda para recuperarlas. Al principio reciben la ayuda de algunos rancheros vecinos, pero pronto se ven solos en su misión, una búsqueda que se convertirá en el único sentido de sus vidas, en el motivo que les hace seguir adelante más allá de toda esperanza lógica. Desistir, abandonar, olvidar… son palabras que no entran en su vocabulario y su testadurez se volverá casi una leyenda entre piles rojas, anglosajones e hispanos que conviven “mal que bien” en aquel territorio fronterizo. Los días se convierten en semanas, las semanas en meses, y los meses en años. La búsqueda de la niña se convierte en una obsesión, en una interminable cruzada, y en ocasiones en una sinrazón que les nubla la visión del futuro.

Magistral. Sólo se me ocurre este adjetivo para describir esta joya literaria que genera una dependencia psicológica y física intensa sólo comparable con algunas drogas sintéticas.

Alan Le May, cuyo nombre ha quedado ineludiblemente ligado al mundo del cine por sus más de 20 guiones, recrea  durante las poco más de 350 páginas de la novela los años finales de la lucha fronteriza contra comanches y kiowas. Narra con precisión e intensidad cada uno de los detalles que componen la historia, una historia cruda y desoladora sobre la voluntad humana, el odio racial y la búsqueda del “ser”. Entre sus párrafos llegaremos a situarnos a la perfección en la época, conoceremos los pormenores de los Rangers de Texas, de la dura vida de los colonos y nos alegraremos cuando llegue la Caballería. Descubriremos, casi casi a la vez que Amos y Marty, los entresijos de la cultura de los nativos americanos y aunque por desgracia ni aprendamos su idioma ni el lenguaje de los signos, sí que seremos capaces de llegar a comprender, más o menos, qué mueve sus espíritus. Y mientras nuestros conocimientos del viejo Texas lleguen a nuestro cerebro por pura ósmosis gracias a la maestría del escritor, viviremos romances, tiroteos; lloraremos y tendremos pesadillas; comerciaremos y nos reiremos; incluso llegará a nuestro paladar el regusto añejo de un viejo whisky… y los pelos de nuestra nuca se erizarán ante las tormentas de nieve y la visión de enebros carbonizados y hogares abandonados.

¿Recomendarla? Bien, esta pregunta siempre me la hago al final de cada novela e intento ser lo más objetivo posible, por muy difícil que sea en ciertas ocasiones… Sin embargo, hoy la pregunta tiene fácil respuesta: Centauros del Desierto es recomendable al 100%, independientemente de si os gusta el género Western o no. Sólo para aquellos que escuchan piel roja, colt .45 o cowboy y huyen, os diré que la trama podría trasladarse a cualquier otra época y lugar y seguiría siendo una obra exquisita y maravillosa.

Como es costumbre, terminaré la reseña con una cita magnífica que resume en una sola frase todo lo que es el libro:

Un indio cuando huye, después de un tiempo piensa que debe desistir, y comienza a aflojar. Por lo visto, no concibe que exista una criatura que persista en una persecución hasta el final.