Publicado el 25 de Mayo del 2013 por Germánico en Libros
Hablemos de Libros: La Guía del Autoestopista Galáctico.

 

Como cada 25 de Mayo desde el 2001, se celebra en honor a Douglas Adams el Día de la Toalla. Hoy, los fans llevan una toalla durante todo el día en recuerdo de tan gran escritor y de su obra La Guía del Autoestopista Galáctico, pues el rasgo más identificativo de un autoestopista es, y debe ser, la toalla.

¿Por qué?

Bien, dejemos que las palabras del propio Adams os lo expliquen:

 

La Guía del autoestopista galáctico tiene varias cosas que decir respecto a las toallas. Dice que una toalla es el objeto de mayor utilidad que puede poseer un autoestopista interestelar. En parte, tiene un gran valor práctico: uno puede envolverse en ella para calentarse mientras viaja por las lunas frías de jaglan Beta; se puede tumbar uno en ella en las refulgentes playas de arena marmórea de Santraginus V, mientras aspira los vapores del mar embriagador; se puede uno tapar con ella mientras duerme bajo las estrellas que arrojan un brillo tan purpúreo sobre el desierto de Kakrafun; se puede usar como vela en una balsa diminuta para navegar por el profundo y lento río Moth; mojada, se puede emplear en la lucha cuerpo a cuerpo; envuelta alrededor de la cabeza, sirve para protegerse de las emanaciones nocivas o para evitar la mirada de la Voraz Bestia Bugblatter de Traal (animal sorprendentemente estúpido, supone que si uno no puede verlo, él tampoco lo ve a uno; es tonto como un cepillo, pero voraz, muy voraz); se puede agitar la toalla en situaciones de peligro como señal de emergencia, y, por supuesto, se puede secar uno con ella si es que aún está lo suficientemente limpia.

La Guía del Autoestopista Galáctico, Douglas Adams.

Así pues, como podéis comprobar, la toalla es algo que va mucho más allá de un simple objeto inanimado. Es un símbolo. Y como a todos nos gustan los símbolos bonitos, como esa preciosa toalla azul en cuya esquina inferior derecha están bordados los músicos de Bremen y que tengo ahora mismo en mi habitación, me dije: Oye, Germaster, por qué no hablas de este libro, un clásico de la ciencia ficción y el humor? Y como no encontré una respuesta negativa que me satisficiera, y porque además me apetecía hablaros de él, aquí estoy una vez más con mi querida sección Hablemos de Libros.

5/5

Todo comienza cuando, al principio, se creó el universo. Eso hace que se enfade mucha gente, y la mayoría lo considera una mala jugada. Bueno, quizá no todo comienza tan al principio. El verdadero inicio de la historia con la que nos deleita Douglas Adams (y que nació siendo una serie radiofónica) es cuando debido a un pequeño fallo de comunicación, Arthur Dent no puede evitar que derriben su casa para construir una autoestopista por encima de ella. Pero el karma,  la amada ironía o ese componente graciosete que inunda el espacio interestelar, está de parte del universo pues, una vez derruido el hogar dulce hogar de Arthur, la tierra al completo será derruida por un equipo vogon para construir, con más ironía si cabe, una autoestopista galáctica. Gracias a los dioses, si es que existen, su amigo Ford Prefect que, para sorpresa de Arthur proviene de un planeta del sistema de Betelgeuse y que trabaja para la empresa conocida como La Guía del Autoestopista Galáctico, lo salva de tan cruel destino y se lo lleva, haciendo autoestop y con toalla incluída, a una de las naves de la flota Vogona.

Ahí comienza la aventura de este primer libro, en la cual pasarán de estar en una nave Vogona a otra llamada Corazón de Oro, una nave espacial bastante peculiar (cuyo ordenador de a bordo se llama Eddie) donde conocerá a Tricia McMIllan, a Zaphod Beeblebrox (el primo de Ford y expresidente de la galaxia que, además, tiene dos cabezas) y al melancólico e infeliz Marvin, un androide un tanto peculiar. Experimentará lo que se siente cuando se introduce en el oído el Pez Babel, buscarán Magrathea y conocerán, gracias a un superordenador, cual es la respuesta definitiva al sentido de la vida, el universo y todo lo demás.

Este es, sin el menor asomo de duda, uno de los libros más divertidos que he leído en mi vida, uno de los más ingeniosos y uno de los más… más de todo. Su crítica más que amena a lo que viene a ser la humanidad, su sentido de la ironía, del sarcasmo, del humor tonto y de, en fin, la risa, es lago que hay que agradecerle a Dogulas Adams, que nos dejó para la posterioridad una obra de arte digna de la carcajada más apoteósica y loca que podríamos llegar a imaginar que, nos recuerda a más de uno y a más de dos, a los mejores  Monty Python.

La historia sencilla, sin grandes pretensiones, y que rezuma originalidad y buen rollo; la facilidad de lectura y su poca extensión; las situaciones inverosímiles y un universo jodidamente loco es lo que hace de esta delicia un libro recomendable y prácticamente obligatorio para todo buen lector que se precie. Además, no nos quedamos únicamente en La Guía del Autoestopista Galáctico: podemos continuar la saga leyendo títulos como:

  • El restaurante del fin del mundo (para mí, junto a la Guía del Autoestopista Galáctico, los mejores de la saga)
  • La vida, el universo y todo lo demás
  • Hasta luego, y gracias por el pescado 
  • Informe sobre la Tierra: fundamentalmente inofensiva

En fin, Frikis Míos, ésta es una novela de ciencia ficción y viajes espaciales en clave de humor, eso es lo que ofrece el libro y eso es lo que da. Si queréis leerlo y disfrutarlo deberéis abordarlo con la mente abierta y sin prejuicios. Es el libro perfecto para el tiempo y el calorcito que se avecina, ya que es algo ligero pero que a la vez captura toda nuestra atención.

Y sabed que la respuesta es 42.