Publicado el 2 de Junio del 2013 por Capitan_Melenas en Cine
[RETROCRÍTICA]: Tetsuo (y un pequeño paseo por el género ciberpunk)

 

Hay películas que son producto de sus circunstancias. Sus características identificables surgen de situaciones que en otras producciones no serían más que anécdotas, o causa del desastre más espantoso. La falta de medios se convierte en un arma de doble filo, ya que nos regala, en ocasiones, películas que se quedan grabadas a fuego en el imaginario cinematográfico, o regurgita sub productos lamentables que significan la cara más bochornosa del arte de hacer cine.

Las barritas de muesli no eran suficiente

Las barritas de muesli no eran suficiente

De ese grupo de elegidos para la gloria tenemos referentes más que válidos, en manos de directores con la suficiente habilidad para dar la vuelta a la tortilla. Convierten un factor tan determinante como la falta de presupuesto en una ventaja que da identidad a la película, sin resultar cutre o poco vistosa. Gracias a un buen montón de recursos visuales, esas películas se transforman en ejercicios de artesanía. Por ejemplo, “La noche de los muertos vivientes”, la celebérrima cinta de Romero, no hubiese sido la misma película con un presupuesto mucho más holgado. Es precisamente esa falta de medios la causa primera de la impactante imaginería visual que envuelve el filme.

Con Tetsuo, la protagonista de nuestra retrocrítica de hoy, pasa un poco lo mismo. Y es esa naturaleza un tanto outsider la que convierte esta película en uno de esos filmes que divide a la gente de manera radical: o adoras Tetsuo o la odias con pasión psicopática. Yo, queridos frikis, me enmarco dentro del primer grupo, de esos que ven una extraña belleza hipnótica en la pesadilla que Shinya Tsukamoto nos ofrece.

Tetsuo apareció aparentemente de la nada a finales de los 80, y se convirtió con rapidez en uno de los referentes de uno de los sub géneros más explotados de la ciencia ficción moderna: el dichoso Ciberpunk, la corriente más representativa del convulso final del siglo XX, que veía con desconfianza el vertiginoso viaje al futuro que la sociedad post industrializada emprendía en esos años de incógnitas, inmersos en la revolución tecnológica que cambiaría nuestro modo de entender el mundo para siempre. El ciberpunk ganó contenido con las obras de Bruce Sterling y, en especial, William Gibson. La novela “Neuromante” de este último daba autoridad literaria al género en el momento en el que se corona vencedora de los tres grandes premios del género: el mismo año gana el Nébula, el Hugo, y el Philip K. Dick. Esta novela marca las señas de identidad del género, aunque hay precedentes. A saber, una ambiente de novela negra detectivesca, la degradación decadente de los entornos urbanos, la constante presencia de mega corporaciones que han dejado a los estados relegados a fantasmas de importancia mínima, la separación brutal y dramática de clases y un reparto de la riqueza basado en el más profundo principio de darwinismo social llevado a los límites del genocidio económico (¿Os suena el escenario?). La tecnología ha avanzado exponencialmente, las redes de comunicación son un campo de batalla, y el que domine las autopistas virtuales será el ganador de un juego que se desarrolla en las luces parpadeantes de mundos artificiales al que sólo muy pocos tienen acceso. En lo literario, se hacían eco de las nuevas técnicas narrativas de los autores enmarcados en el cajón de sastre que dio en llamarse “postmodernidad”(Donde caben escritores dispares como Don Delillo, Thomas Pynchon, Paul Auster, J.G. Ballard o Chuck Palahniuk). Si la ciencia ficción anterior era utópica y veía el futuro con ojos casi infantiles ante la apabullante miríada de posibilidades que la imparable grandeza humana ofrecía como base para un futuro grandioso, el ciberpunk presentaba la otra cara de la moneda. El neoliberalismo comenzaba a hacer de las suyas en aquel momento, la guerra fría convertía la posibilidad de destrucción global en algo palpable, el futuro se planteaba como una lucha fratricida donde los muy ricos aplastarían el cuello de los menos afortunados, abocados al fracaso social más absoluto y denigrante. Las ciudades se convierten en luminosos campos de batalla en los que las bandas hacen de los barrios su territorio. De toda esta parafernalia surge, cómo no, una corriente estilística en el cine, que lleva estos nuevos terrores sociales y tecnológicos a un nivel visual nunca visto antes, en el que la ciencia ficción abandona los viajes estelares y la imparable expansión humana por el espacio (mensajes esperanzadores de sueños de trascendencia, después de que el hombre pusiera su pie en la luna). El género aterriza de nuevo en la tierra, en las mega ciudades colmena, agobiantes granjas de género humano. Surge de esta nada simpática visión del futuro la obra maestra definitiva del género, “Blade Runner”, que explota en un lenguaje visual tan poético como terrible todos los elementos propios del estilo. No me extiendo mucho en la mítica película de Scott, puesto que es, entre otras cosas, mi película favorita, y podría escribir una tesis doctoral sólo de ella. Y no es cuestión. Pero está claro que empezaba un idilio entre el género y el cine, que ha llegado hasta nuestros días. Tanto que, si hay una cinta que significa una entrada de la ciencia ficción en los estándares del siglo XXI es Matrix, entendida como la suma de todos los elementos propios del ciberpunk pasados por la licuadora personal de los obsesivos hermanos Wachowsky y llevados al paroxismo.

El futuro ya está aquí... Nacho Vidal 2.0

El futuro ya está aquí... Nacho Vidal 2.0

Entre medias, una explosión de películas que han explotado los convencionalismos del ciberpunk con mejor o peor fortuna, mostrando la cara más oscura del futuro sombrío.

Viajamos hacia el país del sol naciente, donde esta corriente ha tenido un éxito fulgurante en casi todos los aspectos del entretenimiento de masas. El manga no ha escapado de su influencia, y hemos visto algunas de las mejores muestras del género, como la impresionante “Ghost in the Shell”, del popular Masamune Shirow (un habitual del ciberpunk, con otras obras muy representativas como Tank Police). Sin duda, si hay un antes y un después en el cine de animación japonés es la seminal “Akira”, dirigida por Katsuhiro Otomo, basada en su propio manga, y que ha sido, posiblemente, la obra japonesa con más influencia en occidente, con permiso de Dragon Ball. La sociedad japonesa, con su tecnología imposible y su mundo empresarial que roza el sectarismo, era un caldo de cultivo ideal para el desarrollo de las pesimistas premoniciones acerca de sociedades futuras hipertecnificadas y decadentes.

Entonces, llegó Tetsuo.

Tsukamoto encontró su pasión en el cine en edad temprana. A los 14 años ya hacía sus pinitos con una super 8 que su padre le regaló. Acostumbrado a las limitaciones del formato, desarrolló un lenguaje visual propio y reconocible. En su cine no hacen falta grandes alardes ni tecnología punta. A base de contrastes, un uso de la cámara tan sencillo como efectivo, un buen montón de influencias que no esconde y cierto gusto por lo bizarro, sus películas no dejan indiferente. Entró por la puerta grande gracias a esta película de 1988, ejemplo máximo de ciberpunk japonés. A pesar de que no juega con todos los elementos del género, sí que es cierto que la película se engloba a la perfección en los parámetros del canon ciberpunk. La comunión entre la carne y la tecnología es otro de sus muchos argumentos, y lo hemos visto en otros ejemplos cinematográficos como los célebres Terminator o el Robocop de Berhoeven (Una de las mejores películas que dieron los 80, que será sodomizada con violencia próximamente gracias a la magia de Hollywood y sus remakes). El ciborg es otro de los lugares comunes por los que este tipo de expresión artística camina con asiduidad. En Tetsuo, se transforma en un mal sueño atosigante, un viaje alucinógeno que se acerca a lo patológico, con epicentro en la deshumanización a través de sus múltiples neurosis sexuales.

Un mundo industrial, oxidado, en el que las personas viven hacinadas en barrios colmena, atrapados en minúsculos apartamentos, aunque sin apenas contacto. Del trabajo a casa, de casa al trabajo, el personaje principal ha desarrollado una capacidad monstruosa para el aislamiento, tanto que la vida humana apenas vale nada para él. Todo comienza el día en el que atropella a un muchacho que aparece casi de la nada en medio de la carretera. Para evitar males mayores, encierra al chico moribundo en su coche, y se deshace de él en medio del bosque. A partir de ese momento, empieza un proceso por el cual el monstruo que lleva en su interior cobra forma externa. Una metamorfosis de carne mezclada con metal, a medio camino entre el éxtasis de la transmutación en algo terrible, pero más grande que un hombre convencional, y el terrible dolor, tanto  físico como emocional, que implica el abandono de su esencia humana.

Al lado de la palabra cordura en el diccionario hay una foto mía

Al lado de la palabra cordura en el diccionario hay una foto mía

Una pesadilla kafkiana cibernética, con base en una metamorfosis de dramáticas consecuencias, pero también en la sensación continua del personaje de sentirse vigilado, la presencia constante de una fuerza externa que observa y toma el control de su cuerpo.

Tsukamoto fabrica la primera película de terror industrial; una extraña mezcla de géneros e intenciones, una crítica violenta y desagradable a la deshumanización de las sociedades industriales. El abandono, el miedo a la soledad, la pérdida y la violencia son los pulsos internos que el autor usa de ingredientes para construir una ensoñación malsana llena de feísmo intencionado. Los paisaje son fábricas abandonadas y herrumbrosas, pasillos olvidados llenos de suciedad mohosa, estaciones de metro laberínticas, agobiantes, amenazadoras: entornos reconocibles, convertidos en horror urbano, en cotidianeidad carcelaria y castradora. El sexo es en esta película al mismo tiempo liberación y acto de violencia supremo. La vida afectiva del personaje principal es un reflejo de sus neurosis, camina entre la demostración física y la dependencia, el miedo a la soledad, convertida en el mayor miedo en un mundo donde estamos rodeados de otros seres humanos pero somos incapaces de establecer lazos afectivos. Es curioso que la primera parte de su anatomía en sufrir un cambio visible sea el pene, transformado en una amenazadora máquina fálica. Además, asistimos con pase vip a una muestra de bizarrismo onírico: el director nos invita a un paseo rápido a la cabeza del protagonista, donde somos testigos de una de las escenas de sexo más extrañas y enfermizas de la historia del cine moderno. Aturdido lo que menos, se queda uno.

La contrapartida del protagonista es una presencia fantasmal, una especie de dios tecnológico que planea una venganza terrible y aleccionadora. Otro monstruo que ha encontrado en el fetichismo más obsesivo y demencial un nexo con su propio cuerpo, que le resulta ajeno y mutable, que alcanza su máximo esplendor en el poco esperanzador final de la cinta.

Sobre estos dos personajes recae todo el peso de la película. No necesita más. Dos representaciones de la misma pesadilla, uno de manera consciente, otro arrastrado por los manejos de una entidad ajena, pero entregados a la metamorfosis en un ser metálico de odio puro.

te voy a hacer pupita en el fistro duodenarl

te voy a hacer pupita en el fistro duodenarl

Rodada en un blanco y negro lleno de matices, envuelto en una iluminación casi natural que aumenta la sensación pesadillesca, Tetsuo es una brillante muestra de efectividad en su realización simplista pero obsesiva. Los recursos visuales quizá sean producto de la carencia de medios, pero alimenta la sordidez argumental y estilística gracias a movimientos de cámara inquietantes y premeditadamente feistas. Los momentos en los que los personajes usan una especie de súper velocidad son la marca de la casa, y el director aprovecha para ofrecernos momentos de una extraña belleza en su factura, pero que no dejan de ser agobiantes e histéricos; nos sumerge en la ensoñación del propio personaje, asistimos perplejos a la alteración de las reglas de la realidad que ni el mismo protagonista entiende. Sin romper del todo los presupuestos formales del cine convencional, el director juega con ellos a su antojo.

A pesar de cierto aspecto de videoclip de Nine Inch Nails, Tetsuo esconde un buen puñado de influencias en su propuesta. El cine de terror, puesto que es lo que en el fondo es la base argumental de su historia, el cine japonés de monstruos al estilo Godzilla, o el cine de Cronemberg (otro señor rarito muy dado a las películas con cambios horripilantes en la fisonomía humana, y experto en críticas obsesivas y enfermizas a la sociedad de consumo y  los usos nocivos de tecnologías funestas. Véase  La Mosca o Videodrome, como ejemplos básicos) y otros directores de lo que se dio en llamar “la nueva carne). La banda sonora es una colección irritante de ruidos industriales, que dan gasolina a la sensación de incomodidad que acompaña todo el visionado de esta película, que no deja ni un minuto de respiro a la convencionalidad. El histrionismo habitual de las interpretaciones japonesas es la gota que colma el vaso de la normalidad, por lo que el espectador puede caer fácilmente presa de cierto histerismo gracias a la premeditadamente enervante puesta en escena de Tsukamoto. La experiencia no es agradable, pero es que no hay nada en esta película que sea amable o esperanzador. El futuro da asco. La raza humana da asco. Las ciudades dan asco. Así que demos asco todo el rato, parece pensar el director. Incluso cuando usa algo parecido a un extraño sentido del humor más negro que el culo de un grillo, no espera la risa como respuesta. Prefiere, me temo, que nos quedemos torcidos ante la falta de sentido de la oportunidad.

Algo había que hacer con los Lordi después de Eurovisión

Algo había que hacer con los Lordi después de Eurovisión

El ciberpunk no es un género que de abrazos y reparta caramelos. Es duro, frío, anárquico, violento y despegado. Es la sentencia de muerte literaria a la humanidad de hombres y mujeres. Es un viaje a ninguna parte;  brillante, cromado, elegante y podrido. Nació como reacción a la utopía reinante en la ciencia ficción de los 60 y 70, heredera del hipismo, una alegre caravana de LSD hacia un mañana mejor. Era un jarro de agua fría a las conciencias aletargadas por sueños de grandeza. Era un adelanto a escenarios terribles que hoy son más reconocibles que nunca, sumergidos en nuestra propia pesadilla globalizada. Los miedos más visibles de este grupo de autores se hacen realidad, son la rutina de hoy que preconizaron los visionarios de ayer en sus oscuras fantasías. Porque eran lo suficientemente hábiles como para leer las señales, extrapolar las decisiones del momento al desastre futuro. Tetsuo es la parte más extrema de esa distopía, la más fantasiosa y juguetona. Sus criaturas son imposibles, sus situaciones tienen más que ver con las batallas robóticas de los mangas futuristas, pervertidos hasta la alucinación. Pero los sentimientos que produce, la alienación, la soledad, el miedo, la ira, la falta de control, la sensación de desastre, el pesimismo militante, el fracaso del sistema de producción industrial, la falta de humanidad, el espíritu punk de aquella proclama de “No hay futuro”… eso es lo que se respira en cada uno de los fotogramas de esta extraña obra que se ha ganado a pulso la consideración de “de culto”.

Twitter: @SantiagoNeg