Publicado el 15 de Junio del 2013 por Capitan_Melenas en AniManga
[RETROCRÍTICAS]: Akira

Se acaba el viaje, compis. Con el capítulo de hoy cerramos nuestra pequeña trilogía del Cyberpunk venido del país del sol naciente, y nos despedimos por la puerta grande; hoy toca Akira, la película que lo cambió todo. Suena bastante rimbombante, pero es que es así. Pocas obras han conmocionado de tal manera las ideas preconcebidas sobre un género, extendiendo su influencia a niveles que hasta ese momento eran terreno vedado para la animación japonesa.

Y así, chulamente, te conviertes en icono

Y así, chulamente, te conviertes en icono

Es cierto que las series de animación venidas de oriente no eran unas desconocidas en las televisiones de medio mundo. La cultura popular televisiva española, por ejemplo, está invadida por cientos de referencias culturales de origen nipón, desde las primigenias Heidy, Mazinger Z o comando G, pasando por culebrones ochenteros como Candy Candy (si tenemos lectoras de treinta para arriba, acabo de provocar un retorno a la infancia brutal), a la explosión de principios de los 90, cuando podemos hablar de todo un fenómeno catódico ante la llegada de “Los caballeros de Zodiaco”, “Campeones” y su generación de acróbatas del balón (cuanto daño nos hicimos en nuestros intentos de realizar una catapulta infernal) y, cómo no, el pelotazo definitivo que puso al  manganime en el punto de mira del mundo occidental, “Dragon Ball”.

Términos como anime, manga, otaku, OVA, y demás parafernalia lingüística importada de la cultura nipona, se colaban en nuestro vocabulario friki, una especie de código secreto de nuevo cuño que identificaba a una nueva subespecie que daba síntomas de vida por primera vez en el mundillo. Un reflejo del hueco que la cultura japonesa se había hecho en Estados Unidos. Las editoriales americanas como Viz Cómics comenzaban con la publicación de clásicos del género, e incluso autores de la talla de Frank Miller reconocían su pasión por el manga. Es más, no ocultaban para nada sus influencias, reconocibles en el caso de Miller en su devoción por Goseki Kojima, el autor de “Lobo solitario y cachorro”, un mítico manga publicado en los años 70 (Es más, fue el encargado de las portadas de la edición americana del cómic publicada por First, junto con otros dos pesos pesados: Matt Wagner y Bill Sienkiewickz. Casi “na”). Eso, por no hablar de su tributo a la esencia del manga en su primeriza “Ronin”. El manga se abría paso a mordiscos por el mercado internacional, y más de un autor consagrado se rendía a la evidencia.

Pero a pesar del reconocimiento internacional, las series japonesas y sus animes estaban a años luz de la calidad de los estudios americanos. Además, en occidente siempre hemos tenido una idea de la  animación más cercana al mundo infantil, público al que generalmente se dirigían estas producciones salvo honrosas excepciones. La animación para adultos era algo marginal en nuestra cultura, algo que en Japón no ocurre.

El caso es que sí había unanimidad en algo con independencia de todo lo que rodeaba la inminente explosión del manga en occidente. Absolutamente todo el mundo estaba de acuerdo con que existía una obra especial y excepcional, diferente a todo lo que se estaba viendo en un lado u otro del charco, y que su autor era un genio dispuesto a dinamitar todo lo que pensaban los enteradillos acerca de la forma japonesa de entender la animación (o lo que fuese).

La versión grimosa de los niños perdidos

La versión grimosa de los niños perdidos

Hablamos de Katsuhiro Otomo y su obra magna: Akira. Y la visión de Otomo fue lo que propició la invasión cultural japonesa, ante el impacto en los espectadores de la extraña y visionaria cinta que acababan de ver. Nada de animalitos parlantes ni mensajes de dulcificado buen rollo al estilo Disney. Ultraviolencia desatada en un mundo post apocalíptico destinado a la decadencia autodestructiva. Sin concesiones, plasmaba en imágenes todos los miedos de la sociedad industrializada, de los que hemos hablado en post anteriores y que sirven de ideario a la literatura Cyberpunk. Aquí se dan todos los elementos del género. Un gobierno ineficaz que roza lo criminal, mientras en las calles la gente se parte la cara, día sí, día también, con los antidisturbios, que reparten bolazos de goma como si fueran títulos universitarios en una privada. El poder militar crece en importancia hasta que ocurre lo que ocurre, mientras la corrupción ha llevado a la sociedad al colapso, alimentado por el descontento general de la población, acosada por el paro y la desintegración del bienestar social. Ante esa perspectiva, el sistema educativo se transforma en una fábrica de corderos amansados, excepto para aquellos que no cumplen los requisitos dentro de la norma, expulsados a las cloacas del sistema, encerrados en institutos que no aspiran a convertirlos en la mejor versión de ellos mismos, si no en apartarlos de lo más parecido a un futuro. Experimentos que rozan la ilegalidad se desarrollan en secreto para la producción de humanos mejorados, posiblemente con la sana intención de convertirlos en armas biológicas.Menudo panorama. Aunque a mí me suena. Me dicen que la Cifuentes es la delegada de gobierno en Neo Tokyo, y me lo creo.

A estas alturas, supongo que todos conocéis el argumento de Akira, no me pararé mucho en explicaros una sinopsis que forma parte de la historia del medio. Porque, al final, todo se reduce a dos personajes. Los secundarios están bien, dan empaque al relato, completan las lagunas emocionales que quedan para que conectemos con la película, y ayudan a que los hechos tengan coherencia y relevancia. Pero, en esencia, la película es la historia de Kaneda y Tetsuo.

Osti, nano, la cagamos, que ese es el de Hermano Mayor

Hosti, nano, la cagamos, que ese es el de Hermano Mayor

Kaneda está muy cerca de la imagen del antihéroe. Despreocupado y con un lado canalla bastante evidente, vive el momento, aunque a base de carisma y falta de amor por su tibia y peroné, se ha transformado en el líder de la banda. Sus chicos se romperían la cara por él, y lo  hacen literalmente, en sus alegres correrías por las calles de Neo Tokyo partiéndose el cráneo contra las banda rival. La violencia es lo único que les queda a esos chicos, la demostración más extrema de su valía en unas calles donde la supervivencia es producto de la cara más amarga del determinismo de clase. A su manera, se sabe protector de los chavales que forman su manada, sabe que el eslabón más débil es Tetsuo, al que ha sobre protegido desde niños.

Tetsuo es una máquina acumuladora de rencor. Su complejo de inferioridad respecto a Kaneda le empuja a ser temerario e inconsciente, amenazado por sus fantasmas interiores. Siempre tiene algo que demostrar, sumido en la batalla absurda contra sí mismo. En el momento en que, por accidente, se hace con el poder absoluto, toda la ira y el odio se combinan para la alquimia física y emocional de Tetsuo, endiosado por unos poderes definitivos utilizados como arma contra todo aquello que ha significado una humillación en su vida.

Akira es una excusa. Ni siquiera es un personaje por sí mismo, por lo menos en la película. Es una entelequia, un nebuloso recuerdo que proporciona a Tetsuo un nuevo desafío. En plena borrachera de poder, decide regresar a Akira a la vida, como demostración de que su nuevo estatus no tiene nada que envidiar al de la leyenda. Una leyenda que proporciona más gasolina al inminente hundimiento de la sociedad de Neo Tokyo. El misticismo sectario se ha hecho fuerte entre los quebrados espíritus de una población necesitada de un rumbo, por lo que son muchos los que ven en el regreso de Akira un nuevo comienzo.

La película es un camino inevitable hacia la confrontación final de Kaneda, convertido en héroe a pesar de las circunstancias, y Tetsuo, prisionero de su poder desatado. Al final, pierde el control de la energía absoluta, la fuente de sus poderes, y causa el regreso de Akira, lo que provoca, efectivamente, un nuevo comienzo. Para que lo nuevo florezca, lo viejo ha de ser destruido.

Esa es la auténtica base de la película, la relación de amor/odio entre Kaneda y Tetsuo. Una historia mil veces contada, reminiscencias de las mitologías más antiguas, las historias de hermano contra hermano. Rediseñadas para paladares modernos, claro.

me han puesto drojas en el tripi

me han puesto drojas en el tripi

Otomo es uno de los autores más astutos que ha conocido el manga. Si por algo su cómic funcionó tan bien fuera de Oriente es porque conoce bastante bien el gusto occidental. Ese es uno de los aciertos de la película, ofrecer una historia sin localismos, con referentes visuales de primera clase. Está claro que el entorno urbano tiene su reflejo más reconocibles en “Blade Runner” (cómo no) y en toda la parafernalia descrita en los libros que dieron forma al género. Lo más curioso es que esas obras bebían, precisamente, de los iconos de la cultura empresarial nipona, así que Otomo cierra el círculo a su favor. Además, es conocida su afición por autores europeos, como Moebius (de hecho, ambos hablaban maravillas el uno del otro). Es más, recuerdo una entrevista que le hicieron en una revista española cuando editaron Akira en España, en el que Otomo confesaba que uno de sus proyectos irrealizables era una adaptación al cómic de la película “Santa Sangre” de Alejandro Jorodowsky ( Por si no conocéis a Jorodowsky, es un autor que se mueve entre lo interesante y lo canta mañanas, depende del momento. Una mezcla de Paulo Coello con Carlos Jesús, el de Reticulín, que se debió haber quedado en los 70 por el bien de la humanidad). Otomo ofrecía una historia serie, adulta, llena de matices, de referentes claros. Quizá, el formato cine se le quedó corto. La película, si falla en algo es en su intento de condensar muchas ideas en dos horas, que se quedan cortas ante el apabullante mundo que Otomo tiene en mente. El final se precipita, aunque es inevitable, y la naturaleza última de Akira queda en el misterio o en la interpretación del espectador. También es cierto que la película cobró forma cinco años antes de que el manga llegase a su final, y es que la historia completa de Tetsuo, su auge y caída, se prolongó durante diez años más o menos. Pero creo que es sano separar el manga de su versión animada. Sí, es cierto que Akira necesita más de un visionado para que apreciemos todo su valor, como pasa con otras tantas obras maestras. Con cada nuevo encuentro, encontramos matices, ideas que se habían escapado, detalles que de repente cobran una importancia brutal.

Las cosas como son, si Akira ha pasado a la historia por algo es por el salto cualitativo que se produjo en la animación japonesa. Una producción cuidada con un presupuesto más que holgado, al servicio de las intenciones de Otomo, dispuesto a demostrar al mundo que desde Japón se podía ofrecer un producto de calidad, cuidado, diferente a las referencias que el público tenía de las series que llenaban los televisores. Después, nada sería igual.

Arrrgh!!! Pablo Alborán no, joder!!!

Arrrgh!!! Pablo Alborán no, joder!!!

Ahora, el manga ha encontrado un hueco bastante importante en la cultura popular en todo el mundo. Es más, ha llegado un momento en el que los lectores jóvenes se sienten más identificados con las colecciones venidas de japón que con los héroes de USA, que sobreviven gracias al público más adulto y a los golpes de efecto, en muchos casos producto de la desesperación. Autores de cómic americano se iniciaron en el uso de nuevas técnicas extraídas del manga, y se ganaron rapidamente el estatus de mega estrellas, como Joe Madureira Pero este explosión a nivel mundial es, en gran parte, consecuencia directa de Akira y del trabajo de Otomo, reconocido como el gran renovador junto con Miyazaky. Nunca es mal momento para rescatar un clásico. Y, si no la habéis visto nunca, acercaros a una película que no os dejará indiferentes. Una historia que nos cuenta que, a pesar de todo, hay esperanza, aún en medio del desastre.

Twitter: @SantiagoNeg