Publicado el 27 de Junio del 2013 por Capitan_Melenas en Cine
Man of Steel: El héroe y la nada.

Pongámonos en situación. Han pasado unas 24 horas desde que salí del cine cuando empiezo con la primera palabra de esta crítica. Lo cierto es que siempre me gusta dejar un tiempo entre el visionado y la opinión, porque muchas veces me puede la histeria de fan. Pero en esta ocasión, esto del enfrentamiento con la página en blanco es un desafío. Aún no sé que es lo que pienso realmente de esta película. No tengo claro si me ha encantado o la odio con vehemencia furibunda. No acabo de equilibrar la cantidad de sensaciones encontradas que me produjo “Man of Steel” durante la proyección, y me cuesta horrores poner en orden la miriada de ideas confusas que se agolpan en mi cabeza friki.

A ver si aprendo a volar de una vez, porque esto es un coñazo

A ver si aprendo a volar de una vez, porque esto es un coñazo

Aunque, si lo pienso detenidamente, eso dice mucho acerca de la película que voy a comentar en los siguientes párrafos. La dificultad está en la coherencia misma de lo que he visto, en lo imposible que me resulta aceptar este film como un todo. Me veo obligado a diseccionar cada una de sus partes para que algo positivo cobre forma de opinión. Y eso, para empezar, no es bueno. Pero vamos a ver como acaba mi viaje a través de la propia experiencia cinematográfica que ha sido Man of Steel. Porque no puedo negar a la producción de Nolan esa categoría, la de experiencia. Y eso, para continuar, no es malo.

Pero como digo, este nuevo Superman ha conseguido que las partes negativas de su propuesta me resulten muy evidentes, sean tan identificables en un espectáculo tan luminoso. Esa incapacidad para el camuflaje de debilidades convierte esta película en un ejemplo brutal de “lo que pudo ser y no fue”. Si alguien me pregunta ahora mismo sobre este filme diré: Me ha gustado tanto como me ha sacado de quicio. Por muy contradictorio que resulte.

Y ahora me toca explicar por qué.

Me temo que Man of Steel es un enfrentamiento de ideas tan opuestas que no sé en que momento creímos que podría funcionar. Los implicados en su producción son creadores con unas propuestas tan personales por separado, que la conjunción de visiones dispares acerca del producto final, construye una extraño viaje acerca del concepto de héroe. Hablar de esta película es hablar de sus perpetradores, por su nombre e influencia.

Yo seré malo, pero mi peinado es peor

Yo seré malo, pero mi peinado es peor

Por un lado tenemos a Nolan, transformado en productor, con todos los matices que encierra esa palabra mágica en el mundo de la creación cinematográfica. Más si tenemos en cuenta que Nolan es un tipo obsesivo y minucioso, uno de esos directores que conjuga un aspecto visual sublime con el amor por la historia que cuenta, sabedor de que es tan importante la forma como el fondo. Me declaro fan incondicional de este señor desde ya, que quede claro. Incluso con sus fallos, que los tiene, me parece uno de los realizadores más personales que tenemos en el cine comercial actual. Una mezcla de visionario y artesano, que nos ha regalado la película que metió al género de tipos en mallas en una edad adulta, “The Dark Night”, aparte de la colección de excelencia que es su filmografía (Y repito, con sus fallos, que sé que los tiene. Mi admiración no está reñida con la objetividad).

En la otra esquina, David S. Goyer. Un escritor que no es santo de mi devoción, que es capaz de lo mejor (el libreto de la trilogía del último Batman ha salido de su pluma) y de lo peor (como ese infierno conceptual que se atrevió a escribir y dirigir llamado “Blade Trinity”. Y pensar que fue Westlie Snipes el que acabó en la trena…). Lo bueno es que conoce el medio en el que se mueve; proviene del mundo de la viñeta, y durante años ha trabajado para DC. Entre otras cosas, deja para el recuerdo una entrañable etapa en JLA, junto a otro de los niños mimados del cómic USA actual: Geoff Jones. Y ahí está el quid de la cuestión. Me da la impresión de que sus mejores trabajos son, curiosamente, aquellos en los que forma equipo, ya sea con Jones, o con Nolan, o con quién sea. Sus obras en solitario suelen ser una colección de clichés y evidencias sin emoción ninguna. Sus trabajos más exitosos están pulidos y pasados por el tamiz de autores más profundos y complejos, que dan forma a ideas más o menos válidas y funcionales, pero que están muy lejos de esas historias más grandes que la vida esperadas en películas como Man of Steel. Me temo que, en este caso, Nolan y Snyder han jugado un partido de frontón con el libreto de este pobre tipo.

Ostras, mi mundo peta. Jamás sabré como termina Breaking Bad

Ostras, mi mundo peta. Jamás sabré como termina Breaking Bad

Y en medio de todo esto, Zack Snyder y su bolsa escrotal superlativa. Pero como de Snyder hablaré largo y tendido en próximos párrafos, ahora mismo prefiero el silencio.

Así que ahí tenemos, tres mentes pensantes con el fin de ubicar al primero de todos en el siglo XXI. Efectivamente, lo han conseguido. Es confuso, excesivo, barroco, con tantas cosas que decir que al final no dice nada, con un discurso interno entre lo histérico y lo inmanejable. Amigos, creo que estamos ante la primera película bipolar de la historia. Post modernidad en mallas, señores.

El comienzo no puede ser más bestial. Jamás, y digo, JAMÁS, habíamos visto Krypton con esa magnitud, con tanta viveza. Orgánico, hostil, tecnificado, sometido a su propia tradición. La tecnología kryptoniana brilla por su extraño arcaísmo, la fauna del planeta se nos muestra en esplendor, algo que yo no veía desde el universo vivo de la saga Star Wars. Los primeros 20 minutos dejan sin aliento, metidos de lleno en el drama de un planeta moribundo y su lucha por la supervivencia. Cuando Krypton desaparece, Snyder consigue un lirismo que roza la poesía: la belleza violenta de la destrucción inevitable se refleja en el triste rostro de Lara, la madre de Kal-El, sabedora de que su fin es el comienzo de algo más grande e inabarcable como será la vida de su hijo, producto de su desafío a lo establecido. Un principio que deja roto, y nos regala alguno de los mejores minutos de la película.

Lo que esa mirada quiere decir es "¡Madre mía nene, como estás! Menos mal que he traído muda limpia

Lo que esa mirada quiere decir es "¡Madre mía nene, cómo estás! Menos mal que he traído muda limpia

A partir de ahí, empiezan los problemas. La película navega peligrosamente en aguas tormentosas, incapaz de encontrar su ritmo, mezcla de emociones e intensidades sin mucho acierto. Creo que ni los implicados entienden muy bien sus propias reglas, y se diluye en un choque frontal de intenciones. Nolan juega de nuevo al héroe atribulado, quizá pensando que la filosofía aplicada a su Batman es válida para cualquier héroe de la viñeta. En este caso, la película se torpedea a sí misma, porque no encuentra el equilibrio entre las vacías secuencias de intimismo a todos los niveles y el desatado espectáculo de mamporros que es en esencia. Ahí es donde vemos la lucha de ideas para que al final no prevalezca ninguna. Snyder saca de la chistera todo su arsenal para que la nulidad de las escenas más intimistas no sea demasiado evidente. Las relaciones entre los personajes son vacías, a pesar del artificio engañoso con el que se disimula. Una cuidada fotografía, un uso inteligente de la luz, la naturaleza de la América profunda; los maizales, la sencillez de las gentes trabajadoras de sol a sol, el empaque emocional que envuelve el ambiente por el cual  Clark  se transforma en el hombre que es por encima de su naturaleza extraterrestre. Todo muy bonito, si no fuese porque son fuegos artificiales que desvían nuestro interés de la confusa relación entre Clark y su padre, que no aclara del todo su discurso acerca de la grandeza futura de su hijo adoptivo. Una relación que se nos presenta de manera precipitada, sostenida por el esfuerzo visual de Snyder más que por la auténtica emoción o empatía con el espectador. E incluso en esos momentos, Snyder es incapaz de manejar la cámara sin parecer una versión puesta de Speed de Terrence Malick.

Ocurre lo mismo con casi todos los personajes, que tampoco esto es “Guerra y Paz”. Con cuatro clásicos, vamos tirando. Lois Lane es, durante unos veinte minutos, la intrépida reportera sin pelos en la lengua que todos esperamos. Pasados ese rato, se transforma en una excusa, un personaje desaprovechado que de repente pierde todo su carácter, y queda para el interés romántico del héroe y como excusa para el guionista, relleno de sus necesidades narrativas, sin mucha más explicación. Zod es un proto Nazi de carácter genocida, fruto de la sociedad Kryptoniana, que defiende una idea bastante platónica sobre el individuo y su funcionalidad respecto al servicio que cumple para la ciudadanía. El fin justifica los medios, y en eso basa su esencia este personaje, malvado de manual, aunque contradictorio en términos. Uno no sabe si le mueve el honor, el deber, el amor a su patria, o simplemente es que es muy hijo de mil padres, así sin más. Tampoco me convenció mucho. Daba para más.

Así que en esos lodos se mueve la película. Snyder se viene arriba, y disfruta como un enano en las escenas de acción. Eso es el meollo de la película, un final de casi una hora, porque cuando se pega el primer guantazo, se abre el tarro de las esencias, y no se para hasta que el nivel destructivo roza lo apocalíptico. Una batalla campal de ruido, luz y cámara cercana a la esquizofrenia, que resulta en Metropolis convertida en una escombrera. Snyder pasa entonces de la luz natural y de su poesía tensa en Kansas, saca todo el poderío de sus filtros digitales, y hace de Man of Steel su película. Pero, aun así, Nolan mete el hocico. Planos cerrados en exceso para momentos que piden algo más grandilocuente y panorámico, explicaciones innecesarias en medio de la acción que no llevan a ninguna parte ( el mundo, según Nolan, es un tutorial), regado todo ello con algún momento que roza el ridículo por sí mismo, o por esa cosa que le pasa a Goyer por la cabeza y el llama sentido del humor.

¡Llamas a mí!!! Ah, no, que ese era otro...

¡Llamas a mí!!! Ah, no, que ese era otro...

En la traca final, me decís que Superman es Goku, Zod, Freezer y Metropolis, Namek, y yo me lo creo. Los edificios caen; el cristal y el acero son corchopán ante el poder desatado de los Kryptonianos. Snyder monta una pesadilla post 11s con una alegría preocupante, y deja el término “destrucción de la propiedad” a un nivel nunca visto en un cine. Roland Emmerich llora. Michel Bay se siente sucio, y se hace monje cartujo. Zack Snyder se hace con la corona de la destrucción masiva, una de sus demostraciones de lo que significa cine para él. Quizá la más innecesaria de toda su carrera. Tanto es así que renuncia a sí mismo. Olvidaos del Snyder pictórico de largos planos estáticos, de sus transiciones entre cámara lenta y rápida. En esta película vuelve al pasado, y se disfraza del documentalista exaltado de imagen granulada que vimos en sus comienzos. Realmente, el tío sólo se recrea en esas escenas plagadas de lluvia de cristal, con una asepsia criminal. Olvida el drama humano, el sufrimiento de las gentes de metrópolis, una masa en estampida que no queda tan hermosa en la retina como el baile catastrófico de los rascacielos. Es una pena que uno de los tipos más talentosos con una cámara tenga, al mismo tiempo, el nivel narrativo de un esquizofrénico que ha olvidado su medicación. Todo es tan sutil como un ataque nuclear, envuelto el paquete, para encima, con el halo del misticismo mesiánico. Un Superman de 33 años es enviado por el fantasma de su padre muerto (Sheakespeare se revuelve en su tumba, chavales), literalmente, a salvarlos a todos. Entonces, nuestro héroe se deja caer hacia el planeta Tierra con los brazos en cruz. ¡Toma ya| Una imagen que se pretendía icónica se queda en forzada tirando a ridícula.

Ahí el gran fracaso de Nolan como productor. Su tarea consistía en pulir el guión de Goyer, atar en corto a Snyder, pero al mismo tiempo manteniendo la personalidad de los implicados, sin resultar castrante. No lo consigue. La película avanza sin saber muy bien como, por falta de claridad y tono. No es un Superman para toda la familia. Es todo tan sombrío y serio que el carácter universal del héroe queda escondido por la ceniza de las ciudades que caen, las luces que aturden. En la sala donde vi la película había dos niños, y ambos estaban asustados, superados por un árbol de navidad demasiado iluminado. De repente, el héroe es el payaso siniestro. Ahí te va un trauma, pequeñajo.

Superman lo flipa, aunque la cosa no acaba como ocurre en su cabeza

Superman lo flipa, aunque la cosa no acaba como ocurre en su cabeza

Después de leer esto muchos os preguntaréis qué es lo que realmente me ha gustado de Man of Steel. Pues muchas cosas, de verdad. Pero para esas partes, necesito cierta labor de cirujano que extirpe esas partes buenas, esos instantes de genio fugaz, que si hubiesen sido la constante, habrían convertido Man Of Steel en algo sobrecogedor.

Hay momentos memorables. Ya he hablado de los 20 minutos iniciales, de ritmo vertiginoso y derroche imaginativo. El punto en el que Clark descubre su origen y toma conciencia de su poderes, es emocionante y entrañable. Sentimos el vértigo con el héroe, la adrenalina por nuestras venas. Superman aprende a volar delante nuestro, y es extraño que, precisamente, cuando consigue lo imposible, sintamos esa empatía con un ser de otro mundo. Es bonito y cercano, casi consigue la intimidad buscada en otros momentos del filme.

Lo cierto es que es Sumerman lo mejor de la película. Después de 75 años de historia es muy forzado hablar de un personaje auténtico, tras mil reinvenciones y reescrituras. De hecho, la última es de hace apenas dos años, donde vimos por primera vez en viñeta el traje/armadura que el kryptoniano luce en la película. Pero hay una esencia, un canon, que esta historia respeta a rajatabla. Una mezcla entre iluminado Zen y perfecto boy scout, la representación de un bien puro, sin tacha e inocente, basado en unos supuestos un tanto maniqueos. Unos valores rozando lo rancio de la cara más amable del sueño americano; tan yankee como el pastel de manzana, las hamburguesas de 5 pisos, los coches grandes que consumen mucha gasolina y los saques de honor en un partido de baseball (Sí, ya, el mismo sueño que ha traído el neo liberalismo, el imperialismo, el Klu Klux Klan y la NRA. Pero Superman NO es eso). En una escena se define perfectamente ese carácter de barras y estrellas. El bueno de Clark regresa a la granja familiar a ver a mami (hasta los súpers van de cuando en cuando a por tuppers. Lo que hace que me sienta bien conmigo mismo… ejem), y mientras se toma un merecido descanso tras un periplo a lo largo y ancho de la América profunda, se pone a ver el football y se abre una budweiser. Con esa tontería tan cotidiana, viajamos al alma del héroe, que en el fondo es un tipo grandote de una granja de Kansas. Sí, el guión, resulta, tiene sus momentos, no es una simple colección de disparates. Es una pena que momentos así, tan sencillos y eficaces, sean anécdotas entre tanto ataque directo al hipotálamo.

Tenemos renovación de conceptos, como lo citado acerca del traje (producto de una necesaria puesta al día y de un asuntillo de derechos de autor con la familia del creador original), la Kriptonita  (que desaparece como tal, pero no… que la veáis, leches), el propio devenir del héroe, más turbado y oscuro de lo esperado…

Mi comandante, otro inmigrante ilegal. ¿Le quitamos la tarjeta sanitaria?

Mi comandante, otro inmigrante ilegal. ¿Le quitamos la tarjeta sanitaria?

Un tiro contra el poste. Una colección de grandes emociones con otras que te dejan al borde del esguince de cerebro. Una película tan enorme como vacía; tan pretenciosa que decepciona por su simpleza final. Incapaz de creerse a sí misma, sin tono, sin equilibrio. Algo que está a punto de ser muy grande, tanto como el héroe que aparece en su cartel promocional,  pero resulta en épica de segunda división. Queríamos más. Más elevado, más auténtico. Al final, queda en una especie de tragedia griega sobre conflictos paternofiliales poco claros, con el exceso visual, a veces innecesario.

Los últimos 70 segundos dan un vuelco a la película. De repente, aparece esa ligereza colorista que se espera de esta producción. Todo lo que estás deseando encontrar en una historia de Superman, se presenta ante ti, te da la mano, y se come tus palomitas. ESO es lo que queríamos, señores Nolan, Snyder y Goyer. Aplíquense el cuento para la inevitable segunda parte. Lo mismo, si no se toman tan en serio a sí mismos para nada, consiguen, por fin, un Superman definitivo.

Twitter: @SantiagoNeg

Y de postre para vosotras, nenas (y algún que otro nene, claro)... profusión de babas en 3,2,1...

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