Publicado el 6 de Agosto del 2013 por Capitan_Melenas en Cine
Expediente Warren: ¿Jugamos a las palmas?

Han pasado 24 horas, y todavía estoy agarrado a mi peluche de Bob Esponja. Me pasa a mí en mi kelo lo que a esta familia, y movilizo a Los Vengadores, troncos.

Venga mamá, juguemos a las Tortugas Ninja

Venga mamá, juguemos a las Tortugas Ninja

James Wan, amigos, el tipo que se ha convertido en una oda viviente al director de género, ha vuelto, por la puerta grande, y dejando al que suscribe con una sensación que hacía tiempo que creía perdida… el miedo. A ver, que no me voy a tirar el pisto rollo Juan sin miedo. Cuando hablo de terror no me refiero a la sensación que nos proporciona la vida real con su cara más amarga. Con este término invoco a esa sana diversión que ha formado parte del noble arte de narrar desde que el ser humano se considera tal. La sensación artificial, que cumple una importante labor social; enfrentarnos de manera controlada a nuestros temores, una especie de simulador agradable y seguro de los “monstruos” mucho más terribles y de muy distinta cara o naturaleza que las grotescas  caricaturas de la gran pantalla. No voy a entrar en análisis de uno de los géneros por antonomasia de la historia del cine, que ya hay muy sesudos ensayos acerca de este tema. Pero hablar de género es hablar de sus directores, los que escogen una vía muy clara y concisa para expresar su idea temática y estética. Autores que han consagrado su carrera a una forma de contar historias. Una larga tradición con nombres tan importantes como Carpenter, el primer Cronemberg, Romero, Craven y un sin fin más de autores que son leyenda.

La familia y tal

La familia y tal

James Wan es el heredero directo de todos ellos. Así de claro. Y lo certifica de manera brillante con este Expediente Warren.

No sólo porque provocó en mí reacciones que daba por perdidas en una sala de cine. Desde hace años, el cine de terror es un sub producto de tres al cuarto que no hace más que repetir ideas explotadas hasta la saciedad sin ningún respeto por lo clásicos. En el mejor de los casos, el engendro no hace especialmente el ridículo. En el peor, somos testigos de una especie de comedia involuntaria de proporciones lamentables. Se salvan de la quema unas cinco películas, como mucho, de las producciones del género de los últimos diez años, y me temo que no estoy exagerando.

James Wan, hasta el momento, se mueve en las turbulentas aguas de la irregularidad. Pero reconozcamos sus méritos. Lo cierto es que ha puesto al día el género slasher con la enésima vuelta de tuerca, gracias a su acertada “Saw”, al mismo tiempo que iniciaba una saga que ha caído en los mismos errores de sus célebres predecesoras, alargando hasta el cansancio los supuestos cimientos de su primera parte. Ha continuado su carrera con una serie de películas donde deja claro que, al menos, es un director con personalidad y mundo visual propio, junto con una forma de trabajar casi artesanal, un escape al engaño digital y exceso de hemoglobina tan propio del cine actual. El problema es que estas propuestas estaban muy lejos de ser redondas, a pesar de ofrecer experiencias bastante trabajadas. Lo más cercano ha sido “Insidius”, una suerte de cuento sobrenatural que pasa del terror a la fantasía onírica en un acto final que, personalmente, me dejó muy frío.

Entonces, James Wan construye su Expediente Warren sobre el mismo esqueleto que ha servido de modelo para casi todas sus películas. Ofrece el mismo punto de vista visual, obsesivo, detallista, ingenioso e inteligente, lleno del artificio de truco de feria propio de las películas más clásicas del género. Crea un ambiente magistral y creíble, un contexto en el que cualquiera puede sentirse implicado en todos los aspectos como espectador. Reconstruye una época, una forma de vivir, con pequeños detalles. Los peinados, el vestuario, los programas de televisión, la música que se escuchaba, las relaciones entre las personas, se tratan con la sutileza adecuada para que resulten creíbles en su contexto con la actualidad.

Wan nos arrastra hacia una historia de casas encantadas, de pasados oscuros y tenebrosos, de espacios malditos por las fuerzas maléficas más reconocibles. Un cuento que nos han contado mil veces, cosa que el director sabe de sobra. Por eso, elige la mejor manera de narración; la clásica.

¿Soy yo, o el fantasma ha dibujado aquí una po...?

¿Soy yo, o el fantasma ha dibujado aquí una po…?

Presenta personajes de manera pausada, pero sin necedades que resten ritmo a la película. Nos mete de lleno en el día a día de la familia Perron desde que pisan su nueva casa. Somos testigos, junto con ellos, de la sucesión de fenómenos que les empujan a confiar en los Warren. Por otro lado, tenemos a la joven pareja de investigadores paranormales. Ahí está la gracia: una familia normal y atea como los Perron se enfrentan a lo paranormal, mientras que somos testigos del extraño día a día de los Warren, una normalidad diferente, ya que se dedican a dar conferencias sobre su “trabajo”, que no es otro que el enfrentamiento contra seres demoníacos.

La casa es un protagonista más, claro. Wan se mueve de manera fluida, natural, roza de manera intencionada los elementos del documental, su ojo es el nuestro, extenuado ante la maraña de sucesos imposibles que se desatan sin descanso. Es de las pocas películas es las que he agradecido la presencia de momentos de calma y respiro, porque el ritmo que impone Wan desde el minuto uno es una prueba para nuestra presión sanguínea. El corazón va a mil, os perderéis por las habitaciones del enorme caserón. Wan renuncia a las posibilidades digitales, y apuesta por la realidad de los trucos de magia más reconocibles. Efectivo y poderoso, al final se apoya en una idea: “Si lleva funcionando toda la vida, ¿Por qué no?”. Y funciona. Con movimientos de cámara simples, con abracadabras básicos, Wan nos lleva a su terreno de manera magistral, nos empuja hacia la montaña rusa que son los últimos 50 minutos de película, un arrebatador acto final donde no hay respiro ni un segundo. Una película clásica en todos los aspectos e intenciones, que nos retrotrae a maravillas como “El final de la escalera” (la película de terror favorita del que suscribe) o “Poltergeist” (esta última, con homenaje). Una renovación de ideas, con todos los clichés del género manejados de una manera tan auténtica que parecen nuevos.

Soy de los creen que hay dos tipos de cine de terror. Os pongo en situación: Una escalera interminable y oscura. Un objeto es lanzado desde el punto más alto, y rebota hasta caer en tus pies. Hay dos opciones: o es una cabeza cercenada y sanguinolenta, o es una pelota. En mi opinión, da mucho más miedo la pelota. Esa es la opción que elige Wan. Es más, fijaos en la escena con la que abre la película. Wan se monta un espectáculo en el que para “ACOJONARNOS” (buscaría un término menos prosaico, pero es que esa es la sensación exacta, sin matices), no necesita más que una caja de ceras rojas.

...Y así, chicos, trabaja el FMI

…Y así, chicos, trabaja el FMI

Otra cosa que necesitas en una película de este calibre es un cuerpo actoral que se crea tu historia. Aquí todo el mundo está fenomenal, pero en especial se merecen una ovación las señoras de la película. A estas alturas, no creo que nadie dude de la profesionalidad y talento de Lili Taylor, una actriz que nunca tendrá el reconocimiento que se merece. Pero Vera Farmiga, en el papel de Lorraine Warren, está espectacular.

Un triunfo de película. Puede que mi listón sea muy bajo, si se tiene en cuenta el estado del cine de terror en el siglo XXI. Pero creo firmemente que no me equivoco con mi entusiasmo por esta cinta. Por su huida de todas las reglas del juego, por, precisamente, recordarnos que antes se hacían las cosas de otra manera, mucho más efectiva, divertida y redonda. Tono y ritmo, dos premisas básicas de toda buena película, se respetan en esta diversión de honesta vieja escuela.

Wan nos ha regalado un “Poltergeist” para el siglo XXI.

Twitter: @SantiagoNeg