Publicado el 7 de Septiembre del 2013 por Capitan_Melenas en Cómic
Deadpool: Que corra la chimichanga

Aclaración: A lo largo de este artículo, se nombrará a Deadpool como Deadpool o Masacre, dependiendo del efecto del valium que he mezclado con mi dosis habitual de Cola Cao regado con “Four Roses”. La gente del arte, que somos muy sanos. Hala, al lío…

“¿No me tienes miedo? Deberías. Llevo los calcetines desparejados, atropello ballenas y “Frod Fairlane” me pareció una peli de arte y ensayo. Además… ya has visto mi cuerpo, las cicatrices, los tumores…¿Te imaginas lo que hay bajo la máscara?”

Lo mejor que ha salido de Canadá después del Wonder Bra

Lo mejor que ha salido de Canadá después del Wonder Bra

Con ese “cariño” se refería a sí mismo Wade Wilson, alias Deadpool, AKA Masacre en estas tierras. El mercenario bocazas, convertido por arte de merchandising en el personaje recurrente de Marvel por antonomasia, con permiso de cierto arácnido, protagonista de tantas colecciones que es un tanto complicado seguir el rastro a nuestro bocachancla favorito. Nos proponemos hoy, queridos frikis, un viaje por el desquiciado mundo de Mr. Wilson, ya que estos meses se pone en marcha el reinicio de la colección regular de este anti héroe en el contexto de Marvel Now. Personaje que se mueve entre las atribuladas aguas de la comedia más desatada y el drama descarnado, lo cierto es que, a pesar de su enorme popularidad, son pocos los guionistas que han sabido dotar al mercenario de una profundidad digna de la tragedia personal en la que vive, más allá de la anécdota y el chascarrillo recurrente de su inestabilidad mental. Como siempre, y para empezar, un poco de historia.

El bueno de Masi ha estado siempre ligado de una forma u otra al mundo de los mutantes. Nace de la imaginación (me parto) del dibujante (más risas) Rob Liefeld, un terminator enviado desde el futuro para acabar con el mercado de los cómics USA. Fue la punta de lanza de ese montón de estrellones que surgieron en Marvel a principios de los 90, como Silvestry, Mcfarlaine, Jim Lee y demás endiosados dibujantes, que decidieron dinamitar el mercado y montar su propia editorial, Image Comics. Pero esa es otra historia, hoy nos quedamos con ese momento a principios de los 90, cuando Rob estaba encantado de la vida garabateando enormidades antropomórficas de musculatura imposible y armas muy, muy, muy, pero que muy enormes en sus poderosas y fornidas manos (Freud aplaude desde la tumba, niños y niñas). Trabajaba por aquel entonces en los Nuevos Mutantes, una de las mejores colecciones de toda la historia Muti, en manos de Fabian Nicieza. Liefeld apareció en la mesa de Nicieza con su último boceto para un nuevo maloso, a ver si el orgulloso Papi Fabian colgaba el dibujo en la nevera. Lo que dijo el bueno del guionista fue…”!Pero si es Deathstroke!”.

Efectivamente, otro de los talentos de Liefeld, aparte de ignorar las proporciones humanas, es la alegría por el cariñoso homenaje, siempre en la linea ardiente y llena de minas terrestres que lo separa del plagio. De sus colecciones favorita,  Teen Titans (por lo menos, admitamos que tiene buen gusto en sus referencias), se “inspiró” en el diseño para el impactante exterior de nuestro mercenario favo. Nicieza siguió el juego y llamó a su nuevo retoño Wade Wilson, clara alusión al nombre real del Deathstroke de la DC, Slade Wilson (¿Os suena, fans de Arrow?). En sus inicios, Deadpool era un esbirro al servicio de Toliver, que envió al bueno de Wade a eliminar a ese incordio mesiánico llamado Cable. Tras ese encontronazo, Wilson se convertiría en un villano recurrente en Nuevos Mutantes y en su colección heredera, X-Force. Con el paso de los puñetazos, descubriríamos el trasfondo detrás de la máscara. Otro de los fallos de Liefeld es emocionarse mucho con la carcasa de los personajes, pero dotarlos de la complejidad emocional de un cactus. Nizieza fue el encargado de fabricar una buena historia, consolidando la enorme popularidad que Deadpool empezaba a ganarse entre los seguidores de la franquicia de los bebés X. Se revelaría el origen de sus poderes de regeneración, producto de los experimentos nada simpáticos del gobierno canadiense, que no tuvieron bastante con Bryan Adams, y se empeñaron en llenar el mundo de engendros mutantes. Arma X se llamaba el proyecto. Sí, chavales, el mismo que forró los huesos del bueno de Lobezno con Adamantium. Víctima de un cáncer incurable, Wilson aceptó someterse a un infierno a cuenta del proyecto secreto más célebre al norte de las rocosas. El proceso no fue, precisamente, un éxito. Wilson consiguió frenar el desarrollo de la enfermedad y generó sus poderes de curación, pero a cambio se le quedó el aspecto de una pizza barbacoa. Resentido, lleno de rencor y odio hacia sí mismo, comenzó su carrera como mercenario.

Uno de los momentos estelares de la etapa de Jo Kelly. el desternillante homenaje a Spiderman

Uno de los momentos estelares de la etapa de Jo Kelly. el desternillante homenaje a Spiderman

 El siguiente paso, no podía ser otro que una limited serie. Algo muy común eran estos experimentos donde se tentaba el mercado para posibles series regulares protagonizadas por personajes que gozaban de un particular afecto del público. Algunas fueron el comienzo de algo mucho más grande, como en el caso de Lobezno o Cable; otras se quedaban en intentos poco fructíferos de explotar el carisma de personalidades apabullantes dentro de grupos más conocidos, como el caso de Gambito (tipo que ha quedado relegado a un merecido segundo plano en todos los aspectos. Que engañifa que eran algunos personajes, medre mía). Fabian Nicieza se hacía cargo de la primera serie del Mercenario Bocazas, acompañado por un primerizo Joe Madureira. Wilson había evolucionado de un carácter taciturno y calmado a un experto en sacar de quicio por no saber lo que es una boca cerrada. En esta ocasión, Nicieza aprovechó para establecer la personalidad definitiva de Deadpool, mercenario sin escrúpulos de ética tambaleante, capaz de volar un autobús escolar mientras hace un chiste de niños muertos. A cuenta del testamento del ex jefe de Masacre, Toliver, Nicieza regalaba al lector uno de los cómics más desmadrados que se han visto bajo el sello de Marvel. Todos queríamos a Masacre. Queríamos MÁS Masacre. En Marvel son muy majos, escucharon nuestras plegarias, y decidieron que era buena idea una segunda mini serie con Wade Wilson de protagonista.

Para esta segunda puesta de largo, al frente del equipo creativo se encontraba Mark Waid, hoy guionista estrella de la Casa de las Ideas (no os perdáis su Daredevil, porque es de lo mejor que publica Marvel en la actualidad), con Ian Churchill de fiel escudero a los lápices. Serie menos borrica que la anterior, pero  nos demostraba que, aparte de ser un hijo de perra desalmado, Deadpool escondía un ser humano tras la máscara. Más chistes malos, más acción a raudales, un poco más de intimismo, y Wade Wilson con la armadura derrumbándose ante la aparición estelar de una de las chicas X que ocupan un puesto muy alto en mi top ten personal; Siryn, hija de Banshee, miembro muy irlandés de los X-men. Y con Banshee de por medio, el malo de la historia no podía ser otro que Tom el Negro, alarmado por un problemilla de muerte prematura. Cuatro números que certificaban el potencial de Deadpool como protagonista de su propia serie regular. Por supuesto, no tardó en llegar.

Masacre Corps

Masacre Corps

A lo mejor, mi objetividad se tambalea a partir de este momento. Nunca he negado mis filias y mis fobias, jamás me he escondido o he andado con medias tintas, pero me gusta guardar cierto grado de equilibrio entre el fan irredento que soy con el crítico serio que pretendo ser. Cuando hablo de la colección que construyó Joe Kelly, acompañado la mayoría del tiempo por Ed McGuinnes, uno de mis dibujantes favoritos desde la viñeta número 1 del número 1 de la colección regular de Masacre, ese equilibrio se marcha de bares y no vuelve. Adoro esa colección. Era mi favorita de aquella época, por un millón de razones. La vuelvo a leer de cuando en cuando, y me resulta tan fresca, emocionante y divertida como aquella lejana primera lectura a mediados de los 90. Aquellos cómics con el precio de portada en pesetas son los que me convirtieron en el lector voraz que hoy escribe estas líneas, y el Deadpool de Joe Kelly es bastante culpable de eso. ¿Qué hacía de especial aquella colección? Los 90 no fueron una buena época para los cómics. La revolución promovida por las desbandada de las estrellas de Image dio como resultado una nefasta era de efectismos, palos de ciego, tebeos tan hinchados como los pechos de una tronista, y cosas como la saga del clon de Spiderman, la “muerte” de Matt Murdock y el Daredevil con armadura, el Superman eléctrico y unas cuantas cosas insustanciales más (por no hablar de la serie de copias descaradas que se perpetraron desde Image). Entre medias de tanta necedad, había cómics que se transformaban en un oasis en el desierto. Cosas como el Hulk de Peter David (básicamente, cualquier cosa escrita por Peter David), algo de DC, que iba a su rollo, sobre todo en Vertigo, eran una tabla de salvación ante la mediocridad visible. Lo habitual en Marvel era que esas colecciones por encima de la media estaban al borde de la cancelación, y se mantenían por una sustanciosa base de seguidores que aseguraban la regularidad en unos números razonables para no cerrar definitivamente la serie. Esto se traducía en una libertad creativa poco frecuente en las grandes colecciones de la casa, más encajonadas en las cifras y caprichos de los editores de turno. Vamos, que los autores tenían tabula rasa para hacer lo que les saliese de las mallas. Deadpool, desde el principio, se alimentó de ese espíritu. Joe Kelly se tomó muy en serio su trabajo, tan en serio que los demás no podíamos dejar de carcajearnos ante la enésima ocurrencia del genial escritor. Dotó a Wade de un gran plantel de secundarios que daban mucho más empaque a su personalidad. Seguía apuntando maneras de macarra deslenguado lleno de ira, armado de un rollo pasivo agresivo que le situaba por encima de una conciencia taladrante. Comprobábamos que era capaz de establecer relaciones humanas, muy lejos de la normalidad y más centradas en el dolor físico, pero humanas al fin y al cabo. Al final, era entrañable el día a día con Al la ciega, su prisionera/voz de la conciencia, Comadreja, su Q particular, y, en especial, nos comíamos las uñas por saber si se llevaría a Syrin al huerto o no. Conocíamos la Casa Infernal, el estercolero humano donde Deadpool conseguía trabajitos de “vuele usted ese país pequeño por los aires”, que hacía parecer Moss Eisley un parque de juegos infantiles. Kelly ofrecía un esquizoide viaje del héroe, embarcado Wade en un proceso de redención que le pondría al mismo nivel del resto del plantel Marvel. Soñaba con un nuevo estatus alejado de la espiral destructiva en la que transformó su existencia, a sabiendas de que su propia alma estaba en juego. Era la gloria, o la locura. Bueno, a estas alturas, todos sabemos como acabó la cosa. Lo importante es que Kelly supo jugar con maestría con los distintos tonos que pedía una historia así. No se quedó en la anécdota, ni se conformó con la gracia de tercera división. Nos ofreció un montón de números antológicos, llenos de grandes momentos, con tensión, giros inteligentes, diálogos chispeantes, secundarios llenos de significado, un protagonista con alma e historias con sentido de la épica. Entre medias, referencias a la cultura popular, chistes sobre la agente Scully, y la búsqueda incesante del significado de la palabra héroe.

Smells like chimichanga spirit

Smells like chimichanga spirit

La serie amenazaba de cierre casi desde el número uno. Kelly, tras una etapa brillante, abandona la serie, se da un paseo por distintas colecciones, prueba en la distinguida competencia al frente de Superman, y deja los cómics en busca de pastos más verdes. Funda su propia productora de dibujos animados. De su cabecita sale un pelotazo como Ben10, así que mal no le ha ido al chico, y yo que me alegro, por regalarnos una lectura como su Deadpool.

La marcha de Kelly produce la muerte paulatina del interés por el personaje. Los autores que continúan al frente de la cabecera no consiguen salvar Deadpool de la quema, y acaba por desaparecer. Continúa en una cosa rara llamada Agente X, juguetona colección con Gail Simone al frente, donde se insinuaba que el protagonista era Deadpool, pero que al final no, o yo que sé. Un patinazo de cuidado. Tuvo que ser el papi de la criatura, Fabian Nicieza, el salvador del personaje, y juntó en una misma cabecera a dos personajes en teoría irreconciliables: Masacre y Cable. Así se llamó la siguiente locura protagonizada por Wade Wilson, una colección bastante potable que recuperaba parte del encanto de la serie regular de Joe Kelly. Nicieza es un clásico, y sabe hacer las cosas. Pero todo tiene un fin en esta vida, y más en los cómics, que se editan con calculadora en lugar de con corazón (Snif, snif).

Tras mil vueltas de campana, se decide que es un buen momento para que la colección regular de Masacre regrese de la tumba. Responsable, Daniel Way. Resultado, diré que irregular, porque hoy me siento flex. Way está a mil años luz en intenciones de la idea sobre la que jugaba Kelly. En este enésimo intento de dar a Masacre identidad por sí mismo, se potenció la esquizofrenia galopante de la que siempre ha hecho gala Deadpool, hasta el punto de que el protagonista dejó de ser un personaje y se transformaba en una excusa. Como Wade Wilson está loco, podemos hacer mil y una locuras. Mucha gracieta sin demasiada chicha, mucha acción, pero poco circo. Way se esforzaba tanto por ofrecer una comedia pasada de rosca que olvidó lo más importante: contar una historia. Al final de su etapa, la cosa mejoró bastante, pero era demasiado tarde para un arreglo total del desaguisado. Una pena, porque se quedó en las puertas.

Entre medias de la colección regular, hemos tenido Deadpool hasta en la sopa. Parece ser que la ubicuidad era un poder secreto, porque es increíble la capacidad de omnipresencia que ha mostrado el personaje en el universo Marvel. Por un lado, le hemos visto al frente de los Masacre Corps, una especie de cuerpo interdimensional formado por distintas interpretaciones de Deadpool, incluyendo un perro y una cabeza Zombi. Escrita por Victor Gischler, buen divertimento bastante más interesante que la serie regular. Lo único criticable, el dibujo de (atención, redoble de tambores) Rob Liefeld, el creador gráfico de nuestro protagonista, que cada día dibuja peor. Ya es decir. Figuras estáticas, simplismo estético, personajes con la misma cara… Rob, te queremos, no te retires nunca. Con Gischler al frente también pudimos disfrutar de Masacre, el Mercenario Zombi, encontronazo con el mundo Marvel Zombi muy divertido, correctamente dibujado por Bong Dazo, poseedor de un estilo dinámico y atrayente, adornado todo con unas portadas a cada cual más molona. Por cierto, esta colección sería el entrante a Masacre Corps. Digo.

Entre el amor y el acoso, Wade se pone romántico son Syrin

Entre el amor y el acoso, Wade se pone romántico son Syrin

No nos quedamos aquí. Masacre ha multiplicado sus apariciones a niveles de disfuncionalidad creativa (hola, señores ejecutivos de Marvel, ¿Cómo va esa medicación?). Realidades alternativas varias protagonizadas por Masacre: Masacre MAX, versión “adulta” (y el entrecomillado es a propósito) del personaje en manos de David Lapham (un día os hablaré de “Young Liars”) en modo bruto, con los lápices del muy muy muy genial Kyle Baker (BIS: Un día os hablaré de “Por qué odio Saturno”). Por otro lado, la ida de olla ideada por Duane Swierczynsky (diga usted ese apellido al revés y con la boca taponada por un chusco pan), y dibujada por Jason Pearson, “La Guerra de Wade Wilson”, una fantasía delirante, estructurada a partir de la idea de que la locura de Wade Wilson es un poco más locura de lo que pensábamos ( y pensábamos que era mucha). No se vayan todavía, aún hay más, porque Deadpool ha formado parte hasta su reciente disolución del equipo clandestino de Lobezno conocido como X-Force. Una excelente colección donde el personaje ha sido muy bien tratado por el excepcional Rick Remender. “Must Have” en toda regla.

Con esto y un bizcocho de peyote, llegamos a la más rabiosa actualidad de Deadpool. Marvel Now sirve de revulsivo en la casa de las ideas, ante el puñetazo en la cara de la distinguida competencia. Se numera desde 1 todo lo relacionado con tipos en pijama, con la sana intención de que miles de nuevos compradores pierdan el miedo a las imposibles numeraciones de las series decanas de la editorial. Masacre no podía ser menos, además de que se estrena equipo creativo con el cambio. Apunten estos nombres, caballeros y señoritas: Gerry Duggan Y Brian Posehn en los ripios y chanzas, Tony Moore en garabatos y caricaturas. El segundo os suena un poco más, seguro, porque es el primer dibujante que tuvo “The Walking dead”. No es que sea Greg Capullo, pero tiene un estilo muy personal, adecuado al tono del ciclo argumental que estrena la colección, con Wade Wilson dándose de palos con un montón de presidentes arrancados del más allá por una ración de magia imprudente. Por lo leído hasta ahora, la serie promete. Es divertida, es ingeniosa, y es más comedida que lo perpetrado por Daniel Way. Esperemos que siga una linea ascendente, dedique un poco de tiempo a ahondar en el protagonista, para acercarnos al espíritu de aquella maravillosa serie noventera.

Bueno, vais que chutáis. Esta es la presentación de un tipo que considera los conceptos “Diplomacia” y “Discreción” un par de nombres guays para un Rottweiler. Si queréis saber más, buscad a alguien menos vago que yo. Por mi parte, me voy que es viernes. Y me han prometido que habrá chimichanga.

Me parto. La que vuela es Kitty Pride

Me parto. La que vuela es Kitty Pride

 

Twitter: @SantiagoNeg