Publicado el 17 de Septiembre del 2013 por Capitan_Melenas en Cómic
Cuento de Arena: El guión perdido de Jim Henson

Jim Henson era un genio. Supongo que con esta rotunda afirmación no descubro nada nuevo a nadie. Doy por supuesto que todo el mundo que visita asiduamente este rincón entiende la trascendencia del creador al que hoy dedico estas líneas, su importancia por encima de la eterna etiqueta de “de culto”.

El desierto habla

El desierto habla

Henson, para empezar, ha formado parte de la infancia de varias generaciones, gracias a su hábil combinación de material educativo y diversión pura y dura en “Barrio Sésamo”. Decenas de personajes que han provocado una sonrisa a millones de niños en todo el mundo han surgido de la imaginación de Jim Henson. La versión adulta, “El Show de los teleñecos”, es un clásico de la televisión USA. Famosos de todo tipo se pasearon por sus escenarios de la mano de la rana Gustavo (siempre recordaré el episodio de Johnny Cash. Siempre). También nos regaló el esperpéntico mundo de Fraggle Rock, una serie con la que, literalmente, pretendía extender la paz mundial.

Su grandeza no queda ahí. Perpetró clásicos del cine de aventura, sin perder un ápice de personalidad, construyendo historias repletas de seres imposibles al mismo tiempo que continuaba su trabajo como marionetista. Surgen “Cristal Oscuro” y “Dentro del Laberinto” dos de las cintas más aclamadas por crítica y público de la década de los 80. De su compañía saldrían bocetos y colaboraciones para decenas de películas o manipuladores de marionetas como el mítico Frank Oz (el tío que manejaba a Yoda antes de que fuese un engendro CGI). La influencia de Jim Henson en el mundo del entretenimiento es de esas herencias enormes, imposibles de medir por su magnitud y calidad.

Pero antes de todo eso, de las letras escritas en oro para los anales de la industria del espectáculo, Jim Henson fue un joven creador interesado en el cine de vanguardia, la expresión artística experimental, la música, la animación… un artista completo deseoso de impregnar folios en blanco con las ideas más fabulosas y fantasiosas, con la sana intención de llevar a cabo un proceso de descubrimiento que germinaría en una mente brillante e inagotable. De esa época, de esa visión rompedora, nace la obra que hoy tenemos entre manos.

Este proyecto surge a finales de los 60, el momento en el que la carrera de Henson está a punto de explotar de manera definitiva. Durante esta época, Henson colaboraba de manera especialmente productiva con su compinche Jerry Hull. Ambos escribieron varias versiones sobre la misma idea, que resultaría en una marcianada a la que llamaron “Un cuento de arena”. Dedicaron tiempo y esfuerzo a matizar el torbellino de ideas que en un principio era este cuento, pero el éxito fulgurante de Henson propició que éste abandonara muchos de sus proyectos para dedicarse en exclusiva a su faceta más conocida. Tras una época volcada con bastante éxito al cine experimental, con varios premios en su haber, decidió enfocar su carrera hacia la creación y explotación de personajes más que se convertirían en la marca de la casa. “Un cuento de arena” quedó sepultado en un cajón, y se convirtió en el único largometraje que Henson no llegó a rodar.

Copazo místico

Copazo místico

Los años pasan, y The Jim Henson Company decide rescatar el proyecto, con Lisa Henson, hija del artista, de cabeza visible del proyecto. Lo interesante del proceso es que la obra, finalmente, no ha visto la luz en forma de película, formato en el que inicialmente se pensó el guión. La criatura se ha encarnado en un híbrido intermedio entre el Story Board, el cómic y la narrativa experimental, resultado tan poderoso en lo visual como el mismo Henson hubiese deseado.

Cuento de arena es definido por su propio creador como un drama cómico surrealista, y, desde luego, no se me ocurre una definición más exacta de lo que guardan estas páginas. Historia de aventuras, en las que los sucesos ocurren de manera disparatada y sin conexión aparente, experiencia cercana a lo onírico, caeremos prisioneros de una lectura dinámica y sensorial, que trasciende a base de trucos de magia imposibles la idea básica de cómic.

Cuento de arena nos narra la historia de un protagonista sin nombre, que se ve atrapado en medio de la más absurda y frenética carrera por su vida a través del desierto, perseguido por un mefistofélico personaje, dispuesto a todo con tal de dar caza a nuestro confundido héroe. En su huida por los áridos paisajes, encontrará todo tipo de situaciones a vida y muerte, al mismo tiempo que se enfrenta a enemigos tan inesperados como una tribu bereber o un equipo de fútbol americano. Homenaje al western incluido, Henson mezcla en el mismo viaje todos los géneros posibles, al mismo tiempo que encontramos lugares comunes de su cine.

Tanto “Dentro del laberinto” como “Cristal Oscuro” nos hablan de un viaje lleno de peligros, llenos de símbolos poderosos y reconocibles, que son, al fin y al cabo, un canto a la imaginación y a la infinita capacidad del ser humano como ente creativo. Era un defensor de la magia en un mundo gris que se encarga de matar cualquier atisbo de ruptura con la realidad, confinados en un sistema determinado por lo que eres capaz de producir, no de soñar. Henson confiaba en nuestra habilidad de ensoñación como el último baluarte de individualidad definitoria real. Esto es lo que ocurre en “Un cuento de arena”, que no hay ningún límite. Aunque todo está estructurado de una manera más o menos lógica, la apuesta de Henson sólo tiene lógica en cuanto a que estemos dispuestos a jugar su juego. Divertido, loco, desatado, y lleno de detalles que convierten su lectura en una experiencia única.

Todo esto hubiese quedado en una grandilocuente nada sin un artista capaz de plasmar la identidad propia de esta obra. Hablamos de un guión en el que apenas hay diálogo, que se pensó para ser rodada en un lugar determinado (El desierto del sudoeste de USA), con ideas muy claras y concisas respecto al protagonismo del sonido. Al no tener una base en las conversaciones entre personajes, el espacio sonoro estaba protagonizado por el colorido plantel de sonidos que regala el desierto. El viento sibilante, las serpientes que se arrastran por la arena, las rocas que caen abrasadas por el calor y la erosión, la honda respiración del protagonista bajo el calor infernal…y la música, porque también es una pieza elemental para el compendio de juegos sensoriales que “Cuento de arena” propone.

Precioso homenaje a Henson con sus criaturas

Precioso homenaje a Henson con sus criaturas

Ramón Pérez consigue dibujar el mundo que Henson tenía en mente haciendo gala de una colección inagotable de recursos gráficos, para que nuestra experiencia sensorial, pensada para el cine, no pierda intensidad. La composición de página es atrevida y espectacular, muta según las exigencias de la historia, pero nunca esclavo de éstas. El color, protagonista absoluto, como referente visual que abre nuestras percepciones al diálogo con la obra, sirve de guía emocional por el particular escenario cambiante de nuestro héroe. La facilidad de Pérez para manejar decenas de personajes, convierte las situaciones más alocadas en un referente visual que nos retrotrae a las comedias más clásicas. El manejo de la anatomía de los personajes, expresiones faciales llenas de significado, talento comunicativo más que necesario en una historia en la que el personajes no habla, hacen de Pérez el dibujante soñado para este cuento. Ni siquiera tenemos un diálogo interior. Nada. Acción, acción, y más acción. Pero escucharemos las explosiones, sentiremos el olor de la pólvora, y nos sentiremos sobrecogidos por la velocidad en las persecuciones en coche. Pérez ha hecho auténtica magia, en uno de los trabajos gráficos más agradecidos que he visto en mucho tiempo. Incluso cuando la página luce enorme blanco, es sobrecogedor. Bravo.

El desierto es un escenario poderoso. Lleno de significado, de espejismos, promesas de cambio místico, totémico, que ha inspirado grandes momentos. Me viene a la cabeza el impactante comienzo de la genial “Paris, Texas” dirigida por Win Wenders en 1984, con el protagonista de la historia, confuso y sin pasado, saliendo del desierto acompañado por la sencillez atronadora de la guitarra de Ry Cooder. Aplaudid, chicos.

La edición es español es una auténtica preciosidad. Además, como extra, nos acompaña el guión original escrito por Henson y Jhul, para que comprobemos el fabuloso trabajo de Pérez a la hora de volcar las intenciones de los escritores.

Mirad que bonica ha quedado la edición de Norma

Mirad que bonica ha quedado la edición de Norma

Henson murió demasiado pronto, como todos los grandes genios. Su compañía ya no es la fábrica de ilusión de antaño, y es más otro logo corporativo que vende muñecos parlanchines. Pero hubo un instante en el que Jim Henson pensó que podría cambiar el mundo. En cierto modo, así lo ha hecho. Ha fabricado ilusiones y experiencias para que la realidad no nos devore. La pasividad y el estatismo cercenan nuestra esencia misma como seres humanos. Soy de los que piensan que la raza humana empezó a serlo cuando alguien contó la primera historia delante de la hoguera. Nos hace fuertes nuestra capacidad de soñar, los héroes nos muestran la mejor versión de nosotros mismos, la necesidad de fantasear nos eleva, nos hace mejores. Henson peleó por conservar esa esencia. Luchó para que nuestro niño interior no agonice y desaparezca.

Pero si algo nos enseñó esta historia, es que nunca salgáis sin un mechero de casa.

Ya lo entenderéis (Guiño guiño, codo codo)

 

@SantiagoNeg