Publicado el 23 de Septiembre del 2013 por Capitan_Melenas en Cómic
La maldición que cayó sobre Gotham: Batman y los Primigenios

Niños y niñas, hoy os propongo un viaje lleno de tenebrosos misterios, catacumbas mohosas por las que se arrastran criaturas de innombrable horror, libros prohibidos que os arrastraran a la locura por muchas tiradas de cordura que hagáis, gracias a (Que suene la melodía de Expediente X y mi poderosa voz a tope de reverb)… OTROS MUNDOS (os… os… os…os).

Colección de tíos feos

Colección de tíos feos

Bajo esta cabecera, ECC está publicando una serie de relatos protagonizados por los héroes de DC, pero reinterpretados desde diferentes puntos de vista, que poco tienen que ver con la continuidad de sus colecciones habituales. Hace unos meses hablaba de la maravillosa “Identidad Secreta”, el experimento perpetrado por Kurt Busiek y Stuart Immonen en estado de gracia, fantasía con Superman en el punto de mira de ambos autores, empeñados en una construcción simple pero efectiva del mito del kriptoniano de excelente resultado. Hoy toca el otro gran icono de la casa, el defensor de las oscuras calles de Gotham, transformado por obra y gracia del mítico Mike Mignola en la última linea de defensa de la ciudad ante el ataque de un ente tan viejo como el mismo tiempo.

Mignola es de sobra conocido por ser el papá literario de una de las criaturas más entrañables salidas del infierno, el inefable Hellboy. En aquellas historias, el escritor y dibujante nos sumergía en las entrañas de la más encarnizada batalla entre el bien y la oscuridad que permanece oculta y acechante. Magia, tecnología arcana, seres de pesadilla, y la sombra de Lovecraft en cada viñeta. No creo que quepa ninguna duda de la influencia del legendario escritor de Maine en la obra de Mignola, así que queda claro que se mueve como pez en el agua en las narraciones de horrores cósmicos.

Por supuesto, aprovechó la oportunidad: una historia de Batman sin ataduras para un siniestro viaje a las filias que habíamos visto en otras de sus obras. En esta ocasión, Bruce Wayne se enfrenta a un poderoso ser que permanece dormido en los confines del tiempo y el espacio, consciente de que su destino es enfrentarse a la bestia desde su más tierna infancia, cuando fue testigo del asesinato de sus padres. Ha recorrido el mundo entero, alejado de la ciudad, pero, tras una extraña operación de rescate en la Antártida al acudir al auxilio de una expedición arqueológica, descubre que es momento del regreso y afrontar el enfrentamiento con los fantasmas del pasado de su familia.

¿Qué cambios radicales ofrece esta obra respecto a la continuidad oficial del murciélago y compañía? Pues en primer lugar, el contexto en el que se mueven los personajes. Nos encontramos en los felices años 20, época en la que se sitúan las historias escritas por el propio Lovecraft, casi coincidencia con el nacimiento del personaje en las páginas de Detective Cómics en 1939. De hecho, uno de los aciertos de este cómic es la recuperación de Batman como personaje Pulp, género del que bebían muchos de aquello primeros héroes de los años 40, herederos de caracteres de novela barata como “La sombra”, “El Zorro” o “Phantom”. Mignola se recrea en la simpleza de su guión, mezcla de elementos detectivescos y mágicos, para la recreación de todo el universo Batman desde esa concepción de melodrama de principios de siglo, al mismo tiempo que introduce todo lo que se espera de un buen relato inspirado en Lovecraft. Bruce Wayne se enfrenta a versiones tan arcaicas como monstruosas de sus villanos favoritos. Mr. Frío, Dos Caras, Hiedra Venenosa, y los Al Ghul, mimetizados de manera magistral con los mitos de Tchulu, al encarnarse R´as Al Ghul en una especie de Abdul Alhazred, el escritor del temido Necronomicon, el libro inexistente más famoso del mundo mundial, con permiso del libro gordo de Petete. Ese arcaísmo del que hablo se ve incluso en el diseño del uniforme de Batman, que parece más un traje de los militares de la época que una sofisticada armadura urbana.

Etrigan apuesta por el olor a azufre para este otoño - invierno

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Por supuesto, Batman cuenta con sus aliados de siempre, maqueados para la ocasión. Versión años 20 de Green Arrow, y la aparición estelar de Jason Blood/ Etrigan, que si hay asuntos demoníacos de por medio, lo normal es ver el hocico del rimador más famoso del infierno.

Al dibujo tenemos a Troy Nixey. Se nota que disfruta con sus bichos demenciales y tal, pero se esfuerza demasiado por parecerse al propio Mignola. Problema de esto, que no es el bueno de Mike, ni de lejos. Es más, Mignola dibuja las portadas, magníficas y épicas como no puede ser de otra forma en su estilo, con lo que nos hace testigos de el tremendo “Lo que pudo ser” . No es que sea malo, pero está a años luz en espectacularidad respecto a la magnitud de la obra de Mignola, un dibujante único, especialista en hacer mucho con poco, gracias a una simpleza resultante en una preciosista oscuridad. Pero Mignola se conformó con el papel de escritor, así que es lo que tenemos. Y no es poco. Si quitamos el detalle de las odiosas comparaciones, es un cómic de calidad artística, contenido y elegante, que no estropea con artificios la experiencia de lectura, ágil y sencilla, que nos propone Mignola.

La propuesta de ambos autores es un rato sencillo que os recuerde el espíritu de las lecturas pesadillescas que nos ha proporcionado Lovecraft, autor al que, desde luego, rendimos devoción en esta página (Bueno, había uno que no, pero lo deportamos al Muro, por blasfemo). Batman se enfrenta a la enésima sepia espacial con ganas de merendarse a la raza humana. Para ello, Mignola usa la idea básica que sustenta el mito de Batman para, al mismo tiempo, dar consistencia a su alquimia con otra mitología tan enorme como es la imaginada por Lovecraft y su círculo: el sacrificio del héroe por el alma de la ciudad que ha jurado proteger. Bruce Wayne mira de frente a la informe cara de la muerte, para volver de su batalla convertido en algo más que un hombre.

Si gustáis de tan tortuoso camino, estáis invitados, cortesía de todo un maestro en el arte del horror impío, húmedo e indescriptible.

Esa clase de miedo que nos hace sentir minúsculos, al mirar al cielo nocturno, insignificantes ante la poderosa ansia conquistadora de los dioses antiguos.

@SantiagoNeg