Publicado el 9 de Octubre del 2013 por Capitan_Melenas en Cine
Sharknado: Bienvenidos al ULTRACINE

ATENCIÓN: Ni que decir tiene que el siguiente artículo está lleno de SPOILERS. Es más, machaco la película desde el minuto uno. Además haré gala de un lenguaje soez y poco propio en mi habitual elegancia cervantina. Hay veces que una palabra malsonante es la única solución posible cuando no acabas de creer del todo lo que está pasando en la pantalla de la tele.

 No sé hasta que punto la siguiente crítica es necesaria, porque a estas alturas son miles las páginas que se han dedicado a esta cosa. Su estreno en el canal Sy-fy ha supuesto un auténtico fenómeno social, que da sentido al sentimiento generalizado a la esencia de esta película: ES UN PEDAZO DE MIERDA DE PROPORCIONES DESPRECIABLES. Significa el estilo The Asylum elevado a sus más altas cotas de podredumbre moral y cinematográfica. Después del alegre plagio de cualquier película filmada por Hollywood (bostas con títulos como “Transmorfers” son un indicativo de la catadura moral de estos depredadores), encontraron el filón definitivo en la serie Z protagonizada por monstruos gigantescos. Sienten especial predilección por los tiburones, a los que se enfrentan aguerridos héroes como Steve Urkel ultramazas (en serio, esa película existe. Megashark VS Crocosaurus. De nada). Lo normal es que estas bazofias fuesen carne de “directo en DVD”, ideales para sábados por la noche con amigotes y litros de cerveza (a ser posible de esas de supermercado a 30 céntimos la lata). Sharknado fue diferente.

Aaaaaaah!!! Me he hecho un esguince!!!

Aaaaaaah!!! Me he hecho un esguince!!!

Me imagino a los productores en plena reunión, elucubrando el siguiente paso. Uno de ellos diría entre risas, “¿Por qué no hacemos un tornado lleno de tiburones?”. Aunque sólo se reía él. Silencio. Alguien se mesa las barbas y saca un móvil. “Estáis de coña, ¿Verdad?”, protesta el gracioso. Alguien recuerda cosas sobre cadáveres flotando en el puerto, que está mejor con el pico cerrado. Ha nacido un éxito.

Se estrenó en formato TV movie, con un impacto impredecible entre aquellos que dedicaron hora y media de sus vidas esa noche. Las redes sociales reventaron, la gente no sabía si era una enorme broma o la obra maestra del despropósito. Tanto dio que hablar, que muchas cadenas de este país dejaron las noticias sobre Ronaldo unos dos minutos para dar constancia del desbarre ocasionado con el estreno de Sharknado en USA.

Por fin cae en mis manos una copia del desastre, y me parece injusto que otras muchas páginas tengan su crítica de esta coña marinera, y FRIKIS RSA no. Por vosotros, y sólo por vosotros, me he enchufado escena tras escena, sin compañía ninguna, sin alcohol, sin palomitas. “Ná de ná”. Mi libreta y yo, en plan sesudo análisis. He sobrevivido. Pero me debéis una caña y un abrazo.

En fin, vamos al lío.

La película se llama Sharknado. Quiero decir, que es justo eso. No hay metáfora, ni literatura de baratillo. En el segundo uno, viene una racha de viento huracanado, que diría Mario Picazo, y arrastra a un montón de tiburones de especies diversas. Ya está.

A partir de ahí, todo es raro. Es decir.

Vale, la rubia está despiojando al ricitos, pero ¿Podéis explicarme que hace la peña que corre por la playa?

Vale, la rubia está despiojando al ricitos, pero ¿Podéis explicarme que hace la peña que corre por la playa?

Nos encontramos, sin mucha explicación, en un barco de lo más turbio, gobernado por el primo chungo del Capitán Pescanova, tipo siniestro cabreado porque sabe que es un cliché, con un acento en inglés que perdona cualquier traspiés lingüístico de Ana Botella. Negocia con un señor oriental, que entendemos que se dedica al noble arte del comercio ilegal de aletas tiburón. Parece ser que hay en camino una manada de 20.000 tiburones en tromba, ya que se encuentran en plena migración. No soy naturalista, pero 20.000 tiburones juntos migrando a la vez, me parece un número un poco gilipollesco. Aprovechamos la escena para un duro ataque al comercio ilegal con aleta de tiburón. Ya tenemos a los ecologistas en el bolsillo, nenes, aunque el resto de la película sea un manual de “100 maneras divertidas de matar un escualo”. Para tal estampida, las noticias dicen en algún momento que es culpa del calentamiento global. Toma, otro tanto con los ecologistas, y encima damos trasfondo científico al drama. Por dios, que saquen brillo al Oscar.

El capitán y el señor oriental no llegan a un acuerdo con eso del precio, así que acaban a tiros. Todo muy de neoliberales. Mientras, llueven tiburones. Empieza lo bueno… creo, porque esta escena no tiene ninguna, y repito, ninguna trascendencia para el resto de la película. Nada. Está ahí porque al guionista le apetecía meter un chino en la historia. Con el tornado que arrastra a cientos de tiburones, habíamos pillado de que va la peli, así que esto es el momento más innecesario en la narrativa de los últimos 50 años (y hablamos de una época en la que hemos tenido un libro de memorias de Aznar).

Pasemos a un nuevo escenario. Las playas de L.A, chavales, en las que lucen sus cuerpos serranos nuestro protagonistas, un par de surferos viejunos que, efectivamente, han sido incapaces de superar su adolescencia y madrugan cada mañana para pillar olas y ligar con veinteañeras. Como Sánchez Dragó, pero vestidos de neopreno. Al ver los escasos rizos de nuestro héroe, mi corazón y mi hígado se encogen de nostalgia, en busca del tiempo perdido (por Crom, tengo ganas de magdalenas), cuando el otrora brillante cabello de Ian Ziering iluminaba las televisiones del mundo entero cual Apolo catódico. En los primeros 90 era uno de los rostros más reconocibles de la pequeña pantalla, parte del casting de de la serie que convenció a los adolescentes de todo el planeta de la superioridad innata dentro de cada pijo miserable de los barrios ricos de Los Angeles. “90210” eran la cantidad de hostias (eh!, primera palabra malsonante. Céntimo a la hucha) que se merecían cada uno de sus caracteres principales (menos uno que llevaba gorro vaquero, pero murió). Los que andan por la treintena recordarán al bueno de Steve, un niñato de tres al cuarto con aires de Julio Iglesias de tercera división (por follapavas, digo) que era carne de tercero de diversificación, como buen simulacro de aristócrata. Pues parece ser que hizo un pacto con el diablo, porque está igualito, salvo por la evidente escasez capital (por otro lado, ya bastante evidente en sus años de éxito), y ahora se parte el lomo contra hordas de tiburones.

tormenta de vergüenza ajena.

tormenta de vergüenza ajena.

Entre ola y ola, el director se encarga del envoltorio emocional para la masacre que se avecina. Planos nada inocentes de gente tomando el sol, niños, surferos, supervivientes del FIB lanzándose agüita… oh, dios mío ¡ Cuanta carne de cañón!

Inevitable destino, aparecen los tiburones, provocando una divertida masacre de mutilación cutre. Atacan a todo lo que se mueve, excepto a nuestro prota, que huele a rancio y los bichos prefieren carne más jugosa. La gente huye despavorida, una muestra más de lo despreciable del ser humano. En lugar de ofrecer la necesaria ayuda, los amables ciudadanos de L.A escapan hacia el interior, como si los tiburones hiciesen triatlón y agarrasen una bici según salen del agua. Gentuza.

Entre medias de la tragedia, el director nos cuela imágenes del bar que regenta ricitos de mar. Una preocupada post adolescente que moja la muda por el héroe, y un señor muy grimoso que roza el acoso sexual, protagonizan otra colección de estupideces escritas por un adicto a pincharse vino tinto en pleno mono. El señor grimoso es el espejo en el que los protagonistas masculinos se miran, lo cual explica casi todo. El caso es que las post adolescente con evidentes problemas de neurosis sexual por la figura paterna, se dirige hacia la playa, mezcla de preocupación romántica e inconsciencia propia de la falta de graduado escolar. Allí, se encuentra la dantesca escena, donde cadáveres no tan mutilados caen en la arena como si los disparase un francotirador serbio. En el agua, nuestro héroe recibe la ayuda de su compi, tipo que se ha pasado con la cultura surf (y las drogas) y que anda un poco lento. En el salvamento, el compimonguer recibe el mordisco de un tiburón en la pierna. Escapan en la moto de agua, y al tipo se le ocurre hacer chistes sobre bocadillos al mismo tiempo que sangra como cochino jabalín. Pero no es nada, al llegar a la playa le ponen UNA TIRITA y a casa. Llevamos 15 minutos de peli, y he visto más testosterona que en toda la filmografía de Clint Eastwood. De mayor queremos ser como ellos.

Pero esto es América, y los negocios no se paran por masacres multitudinarias ni desastres naturales. El bar de nuestro héroe se abre, con dos bemoles. En el local, otra vez, vemos que a la gente de L.A eso de vivir en un verano constante les causa daños cerebrales. En la tele están diciendo que se acerca una tormenta que ni lo de Bárcenas, y allí permanece la gente, tomando copitas y mirando al mar. Preocupante. Empezamos a sospechar que L.A es una anarquía surfera, porque las autoridades brillan por su ausencia. Deben estar puestos hasta las cejas, que allí la marihuana es legal, así que eso de declarar alertas y evacuar la playa (por otra parte, plagadita de tiburones)es de estados policiales que no respetan las libertades del individuo (Comuniiiiinmoooo).

Empieza el baile; llega la tormenta, con su oleaje desbocado, que expulsa tiburones hacia el interior. Ahí es nada. La fuerza de la naturaleza no se conforma con lo de la lluvia de animalitos dentados. El viento de componente oeste con fuerte marejada (lo que te digo, Mario Picazo viendo esta película debe ser una risa) arrastra la noria del puerto, convertida en una rueda mortal que DESTRULLE EDIFICIOS. El bar del surfero viejuno queda hecho unos zorros, la policía por fin aparece. Mientras mueren personas, que se las arreglen, pero en el momento que hay daños a la propiedad privada, es otro cantar. Son capaces de declarar a la tormenta anticonstitucional. DIOS BENDIGA AMÉRICA.

Tara Reid y su único registro interpretativo

Tara Reid y su único registro interpretativo

Lo que hemos visto entre medias es al señor grimoso matar a un tiburón con su taburete favorito. Acto seguido, lanza un alegato sobre su estilo de vida, sobre su leyenda, sobre su silla favorita. En serio, me levanto y me cuadro a lo José Antonio, que esto es muy grande.

Los héroes (risas) escapan hacia las colinas, porque resulta que el surfero viejuno tiene una familia en un barrio pijo. Se preocupa, y tal. Agarran el todoterreno, que se gana su nombre a pulso. Flotan. Porque, si no es así, lo que ocurre en la película es ridículo. Un coche apenas levanta centímetros del suelo, pero está rodeado de tiburones de dimensiones considerables. La única respuesta posible son tiburones mutantes con los poderes de Kitty Pride, intangibles, capaces de nadar sobre el suelo. Otra teoría que me plantaré es el agua mágica, ideal cuando eres un inútil que no sabe elegir un plano decente que de credibilidad a lo que cuentas. Desarrollaré esa idea varias veces, así que tranquilos. Luego hablamos.

En el camino, otra demostración del grado de idiotez del angelino medio. Un paso subterráneo se inunda con la llegada de los consabidos escualos. La gente que está en los coches es incapaz de tomar decisiones por sí misma, así que necesitan dos surferos, un viejo gordo, y un fracaso de la ESO que les diga, coche por coche, que deben ir a un sitio elevado mientras cabezas de Barbie sanguinolienta caen sobre su parabrisas. Todos merecen morir en esa ciudad, pero palma el señor gordo grimoso del taburete. Una muerte que provoca poco más que un ligero estertor facial en el rostro y ánimo de los implicados. Eso, amigos, es contención actoral. De método, oiga. Pero lo mejor es que en plena inundación, el director nos muestra como la sangre se desliza por un SUMIDERO SECO. Viva la droja!!

Total, que escapan del atolladero, con una enorme solución por parte del director en momentos de acción y peligro. No mostrar nada excepto lo que ocurre dentro del coche. BRAVO. Encima con esos actorazos. Si lo bueno está fuera, pero cuesta mucha pasta, entonces enfoca a cámara lenta en donde no OCURRE ABSOLUTAMENTE NADA porque tus actores no aguantan diez segundos de plano. Esto, es arte y ensayo, chavales.

Llegan a la enorme mansión donde vive la familia del ricitos (recordemos que él se pudre en un bar de mala muerte al lado de la playa. Sabemos quién perdió todo en el divorcio). Resulta que la ex de nuestro prota es… TARA REID!!! Que guay, si nadie la echaba de menos. Fue el angelical rostro rubio e insulso de aquella lejana “American Pie”, y a partir de ahí, un desastre tras otro. Protagonizó la escena de sexo más innecesaria de la historia del cine en la ya de por sí innecesaria Alone In The Dark, e incluso una abominación como Uwe Boll dijo de ella que era la peor actriz con la que había trabajado. Muy duro.

Resultados de la Ley Wert

Resultados de la Ley Wert

Aquí hace de HIJA DE PUTA de libro (otros 20 céntimos. Cuando esta crítica acabe voy a poder irme al caribe). Es el compendio de las cosas malsanas que aparecen en toda pesadilla masculina. En pleno Apocalipsis, y no deja pasar al pobre prota al interior de la casa. Descubrimos que Tara Raid tiene una hija de su edad, y un novio de la edad de su hija. Un aplauso para la directora de casting. El novio en cuestión es un imbécil condescendiente al que tu mismo tirarías a los tiburones, pero el guionista es un tío majete y nos lo pone fácil. Un tiburón mágico, que respira en agua dulce, se introduce en la casa. De hecho, os invito a que deis sentido a toda la escena de la mansión, a ver si sois capaces de entender la distribución de su interior. Si lo descifráis, me escribís y me explicáis por qué hay partes inundadas en el interior y en el exterior no. Me rindo ante el genio de los creadores de este mundo fantástico.

Nova, que así se llama la post adolescente enamorada de ricitos, demuestra de nuevo que es sumamente idiota. Después de enfrentarse a un tiburón a golpes de culata, descubre que si apreta el gatillo la escopeta hace pum. La de vidas que hubieses salvado, LERDA.

Cuando escapan, vemos que la única mansión que se destruye por el torrente de agua es la de Tara. Las demás, ni una grieta. Alguien ahí arriba te odia, nena. En diez minutos te has quedado sin novio rico y sin choza. Tranquila, que Eurovegas está a la vuelta de la esquina, y el liguero aún te sienta de miedo.

Llega el momento de buscar un refugio, pero no podía ser tan fácil. Un autobús escolar en medio de una caída de agua, y nuestro héroe se viene arriba. De nuevo, vemos como el agua y los tiburones son mágicos. El volumen de líquido muta según los huevos toreros del director, y los tiburones, como son CGI, nadan a través del suelo. Es magnífico. Dinámica de fluidos, o yo que sé.

Ya no os quejaréis jamás de que las palomas se cagan en vuestro coche

Ya no os quejaréis jamás de que las palomas se cagan en vuestro coche

Después de discutir con la fría déspota y psicótica de su mujer, ricitos se descuelga por un puente hasta que se posa suavemente sobre un bus lleno de niños y su cuidador con pinta de abusar sexualmente de ellos. Lo curioso es que brilla el sol , el tráfico sobre el puente es de lo más fluido, lo normal en días de inminente destrucción, y encima ESTÁ SECO, cuando se supone que segundos antes ha caído la del pulpo. Planificación, continuidad y lógica eran el nombre de las stripers en cuyo tanga metía billetes el director la noche anterior. Eso, o quizá en L.A hay mogollón de microclimas, que es una ciudad muy grande.

Se me ha pirado decir que antes de la huída hacia el desierto, algo inteligente, parten en búsqueda del hijo del ricitos, que está en una escuela de vuelo. Ideones tiene esta gente. ¿No miran las previsiones del tiempo o qué? Claro, que, teniendo en cuenta que son idiotas, no tienen sensación del peligro. Son como los niños, o los cuñados (cuantos accidentes mortales empiezan con un “Déjame a mí que tú no sabes”).

Roban una furgo tope moderna, y son perseguidos por la policía, que para el rescate de niños de un autobús no estaba, pero para perseguir a aquellos que ponen en tela de duda el sacrosanto principio de la propiedad privada, son los tipos que andábamos buscando. De repente, la película tiene minuto y medio de homenaje a Fast and furious. Muérete de envida, James Wang.

Llegan al aeropuerto de marras, no sin antes pasar por delante de una residencia de ancianos. Más muestras del hijoputismo propio de las autoridades de la ciudad. ¿Nadie los ha desalojado? En L.A la peña no tiene alma.

Momento de tenso drama. Encuentran al nene, papi tiene una charla con su hija en plan “no me quieres nada, me vas a traumar, y me voy a pasar la vida tirándome a hombres que no me convienen por tu culpa”. Nova confiesa ante el hijo del prota sus traumas con los escualos, al mismo tiempo que vemos como se interesa de repente por la versión 2.0 del ricitos, más joven y apuesto que su progenitor. Ligerita de cascos, la amiga. En fin.

A todo esto… muchos tiburones por las calles, saliendo de alcantarillas, nadando sobre el suelo y tal pero…¿Y el Sharknado propiamente dicho? Pues a la espera de la traca final. Tres tornados marinos llenos de peces mordedores se dirigen, precisamente, hacia el aeropuerto. La única opción, lanzar bombas a su interior para que se deshagan. El hijo del prota, digno retoño de su padre, se monta en el helicóptero junto con la confusa Nova, que ya no sabe a quién dirigir sus afectos. Que conflicto a tres bandas tan intenso. No veía nada así desde Candy Candy.

Pues parece que escampa.

Pues parece que escampa.

Si algo hemos aprendido de esta película es sobre los microclimas de L.A, como decía antes. A escasos metros de donde vuelan tiburones, los vejetes de la residencia retozan y chapotean alegremente en la piscina. Parece ser que la tormenta que ha destruido la ciudad no ha pasado por esos 120 metros cuadrados de felicidad senil. Pero claro, no todo son alegrías en viejolandia, y a la piscina cae un escualo de esos que respiran en agua dulce. Bicho, que, por cierto, me suena. Efectivamente, rodaron un único plano de tiburón real que repiten en bucle, un bicho acompañado por dos peces limpiadores, que a estas alturas parecen ya Palpatine y su jodida guardia imperial. Otra genialidad, otra muestra de ruptura con el espacio, un nuevo juego con la realidad, para que parezca mierda visual, pero esto es arte. Estoy llorando. Dejadme solo un minuto.

¿Soy yo, o el viejales arrastra al interior de la piscina a su compañera de achuchones? El caso es que a la señora le dan un andador cuando sale, y ni artrosis ni nada, la tía corre como Ussain Bolt.

El bueno vuela la piscina. A grandes problemas, soluciones brutas.

Habíamos dejado al hijo del prota en el helicóptero. Pues consiguen que dos de las torres de escualos se esparzan como una bomba de caca, a alto coste… Nova muere engullida por un enorme tiburón blanco volador (jamás, y digo jamás, pensé que sería capaz de escribir una frase así). Habíamos cogido cariño a esta chica y sus entrañables problemas de aprendizaje. El hijo del prota muestra su dolor en un rostro compungido, con la misma emoción que mostraría si se hubiese meado fuera en el baño de casa de su novia. Enorme. Tengo el corazón roto. Además, el guionista se libra así de resolver la tensión sexual triangular tan enfermiza que se había planteado entre la muchacha, el ricitos y su hijo. Que siniestro todo. Esa clase de relaciones sólo se da en el porno, leches.

Queda una de las trombas. Ya ha caído hasta el tato en esta colección de muertes ridículas con mogollón de mermelada de fresa. El retromonguer amigo de ricitos, también ha caído. Un minuto de silencio, que era muy gracioso.

Vamos directamente al final, que lo demás es todo muy predecible. Lo que nadie esperaba es la apoteosis sanguinaria que nos tenían preparada para el enfrentamiento final. Nuestro héroe, en pleno homenaje a Evil Dead, pilla una motosierra y se lanza al interior de un enorme tiburón. Angustia vital para todos, que vemos horrorizados el final del aguerrido protagonista en el gaznate del descomunal escualo. Tara Reid nos muestra su único registro interpretativo, que deja a Chuck Norris a niveles de Al Pacino, al ver como ese bicho asqueroso arrebata de sus manos la única posibilidad de un futuro distinto a la barra americana.

Humor según el director. Que te aplaste un tiburón martillo. ¿Lo pillas? ¿Eh? ¿Eh?

Humor según el director. Que te aplaste un tiburón martillo. ¿Lo pillas? ¿Eh? ¿Eh?

Entonces, aparece la épica. El héroe se abre paso a través de las entrañas del monstruo. Jonás frente al Leviathan. Pinocho dentro de la ballena. Dolor, pena, sobreactuación y motosierras. Que poesía, que alegoría del renacimiento del héroe, cubierto de sangre, gritando al nuevo mundo. Pero si me dices que dentro de esa metáfora, el tiburón funciona como referente visual de la vagina, intuyo que la cultura ha llegado a su fin, que no es necesaria escribir una sola línea más, ni una canción, ni la dedicación al noble arte del ensalce de los parabienes de la humanidad. Se cierra el ciclo, y miles de años de historia del arte eclosionan en este instante glorioso. A partir de ahora, por fin, podremos dedicar todo nuestro tiempo libre a drogarnos, porque no necesitamos nuestras neuronas.

Además, bendita casualidad, ese recurso gratuito para guionistas desahuciados, era el mismo tiburón que se había tragado a Nova (cuando todo el mundo esperaba que fuese Nova la que tragase… ejem, que me vengo arriba). Nova vuelve a la vida, se da cuenta de que se lo va a montar mejor con el hijo del prota, aunque no me gustaría estar en las cenas de Navidad de esa familia. La hija del prota pone cara de “¿Pero esa perra no se quería zumbar a mi padre?”. Tara Reid saca a relucir la pasta de la que está hecha su personaje. Ha visto como perdía a su flamante novio un par de horas antes, pero ya habrá tiempo para luto. En el fondo era un cretino, así que se lanza en brazos de su fornido campeón ricitos, que aquí se perdona todo. Es eso o pelear por la mejor esquina. Pero que tía miserias.

Total, que la única que no se come un colín es la lánguida hija del prota. Es más, estoy seguro de que un tiburón de tamaño cachalote se ha merendado a su novio del insti.

FIN. Canción Ramoniana para el cierre.

 Esto es lo que da de sí esta maravilla de lo cutre, apología del disparate, falta de vergüenza a tantos niveles que sus responsables deberían pagar por sus crímenes. Pero esta clase de basura es tan necesaria que perdono todo. Sus diálogos bobalicones, escritos por un tío que firma el guión como Thunder Levin. Dirigida por un tío que usa los recursos de Michael Bay pero sin una pizca de talento y ni siquiera una quinta parte del presupuesto que maneja el de Transformers.

La ultrapelícula, amigos, que se ve con el Twitter conectado, que se convierte en una experiencia más allá de lo que ocurre en la pantalla. Ese es el sentido de la mongoloide propuesta que hoy comparto con vosotros.

Fin. Menos mal.

Fin. Menos mal.

¿Qué será lo siguiente? ¿Tormenta de arena de monos titi? ¿Sardinas mutantes que atacan Harlem en “Te espeto en el Ghetto? El tiempo dirá. Lo único que os puedo asegurar es que, ocurra lo que ocurra, estaré allí para contarlo.

@SantiagoNeg