Publicado el 18 de Octubre del 2013 por Rukia-K en Series
Hell on Wheels, el capitalismo nunca fue limpito

Hace dos semanas que AMC emitió el episodio final de Hell on Wheels, pero los que la hemos seguido todavía podemos sentir el olor y el sabor a tabaco, whisky, humedad, barro, suciedad, sangre y enfermedades que ambientan este realista y atractivo western.

No en vano, la serie toma su nombre del campamento itinerante compuesto por tiendas de campaña, vagones de madera, salones de juego, prostíbulos e iglesias ambulantes que sirvió de cobijo y acompañó a los obreros que construyeron el primer ferrocarril transcontinental de Norte América en 1865, recién terminada la Guerra de Secesión que se saldó con 600.000 muertos y millones de damnificados social y económicamente.

En “Hell on Wheels”, Cullen Bohannon, exsoldado confederado que no sólo ha perdido la guerra, sino también a su familia, intentará comenzar una nueva vida como capataz de las obras de Union Pacific, en la que inmigrantes irlandeses y ex esclavos se ven obligados a competir en productividad con los inmigrantes chinos de Central Pacific, la única empresa que le hace la competencia.

Bohannon contribuyendo a la explotación de los obreros

A cargo de Union Pacific, y como jefe de Bohannon, se encuentra el empresario explotador y sin escrúpulos Thomas C. Durant, personaje histórico que protagonizó el escándalo Crédit Mobilier al malversar fondos públicos e inflar y manipular el precio de la construcción del ferrocarril, a cargo de dinero público del gobierno de Estados Unidos.

La corrupción política y judicial, el racismo nada encubierto tras la reciente y obligada abolición de la esclavitud, el machismo, el fundamentalismo religioso y el capitalismo salvaje que caracterizaron el periodo inmediatamente posterior a la cruenta guerra civil estadounidense se combinan de manera muy hábil y realista en esta serie, que, además, no tiene ningún reparo en mostrar el genocidio de los nativos americanos como tal, si bien éste, en la época en la que se ambienta, ya estaba prácticamente consumado.

"El Sueco" y el reverendo en un momento decadente y lúgubre

Así, Hell on Wheels engancha por su naturalidad a la hora de presentar la atmósfera de degradación y suciedad de postguerra en la que soldados sociópatas se jactan de arrancar cabelleras a los indios amparándose en todo tipo de supercherías y pseudociencias como la frenología. Una atmósfera en la que conviven asentamientos y fortificaciones de mormones armados hasta los dientes e iglesias cristianas móviles siempre dispuestas a hacer proselitismo para alienar a los obreros, todos ellos mal pagados y sin ningún derecho de los que hemos gozado nosotros y que ahora intentan quitarnos los nuevos Durant que pueblan la CEOE.

El corrupto Durant, en el fango como pez en el agua

El realismo de la serie se muestra también en los personajes, que se ven fuertemente condicionados por su entorno, con puntos de inflexión que, a pesar de su gravedad, se encuentran perfectamente integrados en la trama.

Entre todos los caracteres destaca especialmente “El Sueco”, que ni siquiera es sueco, sino noruego, aunque recibe ese apodo porque los habitantes de “Hell on Wheels” son incapaces de distinguir un país de otro. Este camaleónico personaje, que sorprende en los primeros episodios por su caracterización de villano, presenta una trayectoria tenebrosa y juega un papel fundamental en la serie.

Otra personalidad de peso es Eva, cuyo personaje está basado en Olive Oatman, una joven de 14 años que, tras ser secuestrada y esclavizada durante un año junto a su hermana por la tribu india yavapi, fue vendida a los indios mojave, que la marcaron con un tatuaje azul en su barbilla. Cuando las autoridades hallaron a Olive cuatro años después, ésta parecía contenta con su nueva vida, aunque sus historias sobre el cautiverio se fueron tornando más y más negativas a medida que transcurría su tiempo en libertad, lo que ha llevado a algunos a pensar, a posteriori, que pudo sufrir Síndrome de Estocolmo.

Olive Oatman, la Eva original

Terminada la tercera y última temporada de Hell on Wheels, y a pesar de que los únicos tres episodios escritos por John Wirth (guionista en varios capítulos del infame remake de V, entre otras pifias series) han supuesto un ligero traspiés, cabe reseñarla como serie a recomendar. Porque, sin llegar a la calidad y a la profundidad de Deadwood, a la que dedicaremos un merecido retropost (las comparaciones son odiosas, pero en este caso, inevitables), ha sabido compaginar de manera verosímil la ficción dramática con la narración de los hechos históricos y las costumbres de una de las épocas más sucias y oscuras del capitalismo estadounidense.

@RuthMartinezSch