Publicado el 30 de Octubre del 2013 por Germánico en Libros
Especial Halloween: Siente el Terror… leyendo.

Empecemos por el principio, frikis míos: me senté en una de las sillas de la terraza con un zumito de naranja entre las manos con intenciones de observar detenidamente el despertar de una nueva noche, di un mordisco a mi manzana y seguí con los ojos a un cuervo, negro como el carbón, que volando con reluctancia fue a posarse sobre la barandilla y dijo: “Nevermore”.

Entonces, mientras el cuervo me seguía (sintiéndome así, pues, observado por el gran Odín), me dije que bien podría hablaros sobre tres autores que escribieron durante su vida grandes relatos de terror.

Si bien tenía ya seleccionados a los tres autores de los que hoy os quería hablar, una tríada de exquisita prosa (incluso verso), no consigo decidirme por quién empezar: ¿por mi preferido? ¿por el más conocido? ¿por el más friki?

Sea como fuere, el primero de estos Tres Mosqueteros del Horror Sobrenatural que he seleccionado para el especial de este año (quién sabe, podrían venir más especiales en años venideros), no es otro que Lovecraft, Lovy para los amigos, porque no está muerto lo que yace eternamente, y con el paso de los evos, hasta la muerte puede morir.

Silencio.

Bien, pues Howard Phillips Lovecraft (Providecen, EEUU, 20 de Agosto de 1890 – Providence, EEUU, 15 de Marzo de 1937) es el Príncipe Oscuro del Terror del s. XX. Sus horrores eran cósmicos, extraños dioses primigéneos y primitivos, alielígenas provenientes de sueños oníricos y universos paralelos, de naturaleza ectoplásmica. Se alejaba así, con estas criaturas tan adorables repletas de tentáculos, ojos, garras y babas (ay, qué majos Cthulhu, Dagón, Yogg Soghoth y compañía), de los clásicos del terror sobre satanismo, espíritus y fantasmas.  Si bien sus relatos (o novelas cortas) no me inspiran un gran miedo, lo cierto es que causan impresión. La turbación se apodera de ti, el inquietante mundo de los desconocido, perturbado tras evos de tranquilidad, parece amenazar tu día.

Y si no, no será el miedo, pero si la incertidumbre y la congoja lo que provoca con sus textos nuestro sacerdote Eichpiel, con su cuidada aunque a veces rebuscada y sobrecargada prosa.

Entre sus obras no sólo podemos agradecerle esa mitología que le haría famoso, sus Mitos de Cthulhu y que tantos juegos de mesa, de rol y videojuegos inspiraría (incluso cómics), si no además caben destacar títulos como Más Allá del Muro del Sueño, Celephais, Los gatos de Ulthar, El Caos Reptante o el escalofriante Caso de Charles Dexter Ward.

Continuaremos en nuestro recorrido por el mundo del terror con un amigo suyo, contemporáneo, con el que solía cartearse y al que Lovy bautizó como Bob Dos Pistolas: el gran Robert E. Howard.

Muchos conoceréis a Howard ( 22 de Enero de 1906, Peaster, Texas – 11 de Junio de 1936, Cross Plains, Texas), uno de los padres de la fantasía heróica moderna, de la espada y brujería, por sus míticos relatos sobre el héroe cimmerio Conan, o sobre el rey Kull de Atlantis. Incluso os sonarán personajes como Red Sonja y Solomon Kane. Pero hoy no estoy para hablaros de ellos, de aquellos que inspiraron cómics (mis primeros cómics fueron de Conan… qué tiempos) juegos de rol, películas de culto (con actores de leyenda) e incluso series de dibujos animados. Hoy vengo a hablaros de aquellos compendios de relatos de terror que Valdemar recopiló en dos tomos: El Valle del Gusano y otros relatos de horror sobrenatural La Piedra Negra y otros relatos de horror sobrenatural. En ellos encontramos relatos ya clásicos de la obra de Howard como Los Gusanos de Tierra, Las Palomas del Infierno, Los Moradores bajo la Tumba o Canaan Negro. 

Con un estilo cuidado, detallista y épico (con este hombre todo lo parece), sin ser enrevesado, bastante directo pero que enardece el salvajismo y la intriga del más allá, Howard cautiva con cada una de sus páginas y nos transporta a vidas pasadas, a eras precataclísticas y a mundos de fantasía por descubrir. Sentiremos lo que él siente; veremos lo que él ve; creeremos en lo que él nos muestra.

Aún cuando éstos son los relatos de horror, en Solomon Kane (de toque oscurantista, macabro y siniestro) y en Conan, podemos encontrarnos fragmentos de historias en los que aparecen criaturas que conocemos de antaño, a dioses primigénios que nos recuerda a Azoth, Cthulhu, Dagón y compañía.

Y dejamos la era Hyboria para, sin salir de EEUU,  retroceder aún más en el tiempo, frikis míos, ha una época en la que aún se estilaba la esclavitud, de unos Estados Unidos que buscaban expandirse, en la época en la que compraron Lousiana a los Franceses y en la que obligaron a España a ceder sus territorios en Florida. Me refiero, pues, a la época de Edgar Allan Poe.

Edgar Allan Poe (Boston, EEUU, 19 de Enero de 1809 – Baltimore, EEUU, 7 de Octubre de 1849) fue un escritor, poeta, crítico y periodista romántico, conocido especialmente por ser el Padre, la Madre y el Hijo de los relatos cortos. Conocido especialmente, con mucho amor y mucho miedo, por sus relatos de terror, por su poema del Cuervo y por su detective Dupin, el Sherlock primitivo.

Pero hablemos de este maestro del Terror, de este genio literario capaz de crear tal atmósfera sugestiva, sobrenatural y gótica que nos puede helar la sangre, la médula, la linfa, líquido cefalorraquídeo y todo aquello que se encuentre en nuestro organismo. Humor vítreo incluído.

Sólo con pensar en sus relatos se me erizan los pelos de la nuca, frikis míos, pues aquí, Edgar Allan Poe (de quien ahora mismo llevo una camiseta) ha sido el único en mantenerme en vela una noche entera tras leer un par de relatos, el único que ha conseguido volverme tan miserablemente loco y confundirme tanto que, entre las sombras, era capaz de observar gatos negros. Incluso oía corazones palpitantes bajo las baldosas de mi casa. He llegado incluso a oír gritos extasiados de terror puro en el silencio. Y es que Poe elevó el relato de terror a Arte, un Arte Oscuro y milenario, inspiración infernal y mordazmente psicológico.

Maldito seas, Poe. Maldito seas, digo, por ser PURO en tu estilo. Por transportarnos a la muerte y a la locura insalubre eliminando de tus relatos los sobrenatural. Maldito seas, repito, porque el terror no viene quizá de tus relatos, si no de nosotros mismos, de nuestro psique y de nuestro yo más perturbado, mas sin embargo seducido y sacado de su cripta por ti. Pero que los dioses te bendigan por ser quizá una de las causas de mis desvelos nocturnos, de mi amor por la lectura, por mi devoción por la pluma.

Recuerdo la primera vez que leí relatos como El Gato Negro (quizá sea la causa del poco cariño que le profeso a estos animales), el Corazón Delator, el impresionante relato que me enervó el alma William Wilson; el demoledor relato de El Pozo y el Péndulo, Berenice… Por todos los dioses, frikis míos, el pavor me acompañó durante semanas. Sus palabras te envuelven, te transportan y te abandonan a merced de mil secretos bizarros. No sólo la primera vez, si no todas las que vienen después.

Ya sin palabras por culpa de Poe, y como él mismo dijo, me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura.

Que el Terror sea con vosotros. Sed Felices.