Publicado el 31 de Octubre del 2013 por Capitan_Melenas en Cómic
Dios ama, el hombre mata: perfección mutante

Hay ocasiones en las que nos enfrentamos a obras que, incluso tantos años después de su publicación original, sentimos la fuerza de aquella época de cambio rotundo, cuando se redefinían los conceptos básicos de la narración secuencial, tal y como se conocía en el mercado del cómic USA. Se olía una revolución sustancial en sus formas, en los conceptos de las historias que manejaba, la profundidad de las ideas que defendían, se aceptaba de manera innegable el hecho de que el perfil de lector de cómics cambiaba con la época, que el único remedio era la puesta en marcha de esa máxima inequívoca del renovarse o morir.

Stryker lanzando veneno

Stryker lanzando veneno

El propio concepto de cómic de superhéroes no atravesaba su mejor momento pocos años antes de la publicación de esta obra. Tras la explosión de la edad de oro en los 40 y la renovación promovida en la edad de plata por Stan lee, Jack Kirby y Steve Ditko en los sesenta, el mercado caía en picado hasta el punto de que muchas colecciones míticas estaban al borde de la cancelación. El público pedía una renovación difícil en un mundo con unos supuestos tan cerrados, de blancos y negros morales tan definidos. Entre estas colecciones, aunque os parezca mentira, estaban los X-men. A principios de los 70, la cabecera había llegado a un punto muerto, y pasó de las magníficas ventas de la década anterior a ser relegada al olvido e ignorada por los lectores.

Surgía entonces una etapa maravillosa para el cómic “comercial”, ya que existía en todas las editoriales la idea de que no había nada que perder. La libertad creativa se hizo un hueco en el anquilosado mundo de la viñeta, lo que dio lugar a una explosión de ideas desconocida desde hacía 20 años. La renovación era la constante, y colecciones en punto muerto entraban de nuevo en la lista de los más vendidos, con máxima expectación por parte de los lectores y la crítica rendida ante el nuevo rumbo que el cómic USA tomaba, en línea recta y sin frenos hacia el futuro.

Los X-Men fueron los grandes vencedores de esa época de cambio, presentados como un flamante nuevo grupo, enfrentado a villanos clásicos al mismo tiempo que el contexto mutante se volvía más rico y complejo en su papel de metáfora de las minorías sociales. Si hay un nombre clave para entender la evolución de los hijos del átomo en aquellos días es el del maestro Chris Claremont. Por si alguno sois nuevos en esto de las lides mutantes, os diré que este tipo es una leyenda, hasta el punto de que no se puede entender la historia del cómic moderno si se ignora la cantidad de aportes, conceptos, personajes y situaciones que forman el legado de Claremont al noveno arte. Durante 20 años, fue el responsable de la evolución de la Patrulla X, convirtiendo un título moribundo en una cabecera referencial en el mundo de la cultura popular. “Días del futuro pasado” “La saga de Fénix oscura” “Los Nuevos Mutantes” “Xcalibur”… escoged cualquier momento clásico protagonizado por mutantes, seguro que nació de su excelsa pluma, tanto que, hoy en día, años después, los autores de cualquier colección de X-men se basan en las tramas ideadas por el patriarca de la franquicia.

El bueno de Logan, en plan expeditivo

El bueno de Logan, en plan expeditivo

La génesis de este cómic, como decía, tiene mucho que ver con ese ambiente de lucha contra los elementos que reinaba en aquellos primeros 80. Claremont había rescatado, junto con Dave Cockrum, a los X-men de una muerte segura, renovando el equipo de arriba abajo. Para empezar, un nutrido relevo en cuanto a miembros, con la llegada de personajes hoy imprescindibles como Tormenta, Rondador Nocturno y, cómo no, Lobezno. Aquella segunda génesis salvó los muebles, pero el talento de Claremont guardaba historias que, por razones de complejidad en todos los sentidos, exigían un trabajo diferente al que se realizaba en las colecciones regulares, cercenadas en muchos aspectos por los plazos de entrega y las continuidades oficiales. Pero en un momento donde las extravagancias editoriales eran habituales, los formatos clásicos del comic book, también recibían los efluvios de la fiebre innovadora que llenaba las cabezas de los creativos de Marvel. De la explosión de ideas surgió un concepto de cómic que marcaba la diferencia respecto al tebeo de grapa que llenaba los kioskos, basado en un proceso creativo alejado de las prisas y presiones de los plazos de entrega desquiciantes de la publicación mensual. Marvel apostó por un formato que recibió el rimbombante nombre de novela gráfica, en el que incluirían aventuras completas de los héroes más conocidos de la casa, pero sin salirse de la línea marcada por las colecciones mensuales. Esto implicaba que los autores podían dedicar mucho más tiempo a la elaboración de sus obras, lo que dio como resultado una evolución narrativa y artística que definiría el modo de trabajar tebeos. Si hubo un ganador en aquel momento, fue este cómic que hoy os presento.

Todavía quedaban algunos años para la auténtica revolución estilística que certificó la mayoría de edad del medio, pero sería muy poco respetuoso negar el trabajo previo que autores como el propio Claremont regalaron a toda una generación.

Claremont cuenta que la semilla de esta historia sobre el fanatismo y el odio, la encontró en sus viajes por Estados Unidos, cuando, en pleno estrellato, recorría el país de costa a costa y de convención en convención. En ciertas partes de la América más tradicional y reaccionaria, Claremont se fijó en el demencial mensaje de los predicadores de la zona, cargados de sus proclamas bíblicas. De aquellas horas de exposición a la palabrería habitual del cristianismo radical surgió la figura del reverendo Stryker.

Stryker representa lo cara bestial, impenitente y salvaje del pensamiento único, convencido de sus actos carniceros como fuente de un bien mayor. No es el terrible mutante descarriado, está muy lejos de los habituales villanos a los que se enfrentan los hombres X. Stryker se mueve en la sombra , carcomido por el rencor que impulsa su cruzada, sin necesidad de pomposos poderes. Su palabra ataca a las partes instintivas del ser humano, capaces de anular conciencias y transformar a la gente en una masa ardiente que exige sacrificio. Su misión es tan incontestable que se erige a sí mismo como mesías, guardián de la auténtica palabra de dios. Un dios que ha dictado sentencia y que ha condenado a la raza mutante a la extinción, por impía y diabólica.

Una muy buena muestra del impresionante arte de Brent Eric Anderson

Una muy buena muestra del impresionante arte de Brent Eric Anderson

Una historia tan potente es manejada con maestría por un narrador superlativo como es Claremont. Sin caer en polémicas de baratillo, el escritor habla de la humanidad en un contexto tan amplio que parece mentira la cantidad de ideas que maneja en apenas 50 páginas. No es un alegato anti religioso, no es un panfleto político. Es la imagen de una época, los principios de la era Reagan, periodo negro en la historia de la humanidad del que hoy día, 30 años después, aún no hemos escapado del todo. Claremont no construye un demoledor discurso acerca del opio del pueblo. Es más, la religión siempre ha sido tema recurrente para él, y muchos de sus personajes muestran una fuerte convicción en su fe, como ocurre en el caso de Rondador Nocturno, cristiano convencido, o Kitty Pride, que practica el judaísmo. Lo que maneja Claremont es la diferencia entre la creencia personal y las prácticas de cada uno en algo tan íntimo como es la fe, y la imposición radical de aquel que se escuda en algo tan difuso como es la espiritualidad para justificar actos terribles. Stryker representa ese terrorismo religioso que se sustenta en la posesión de la verdad única e inviolable, algo que, si algo ha demostrado la historia, no existe de manera absoluta.

Claremont esgrime sus mejores armas, de elegancia contundente, fina demostración de la comodidad que encontró en el formato de novela gráfica para trabajar conceptos que han quedado marcados en el imaginario mutante. Con tal vigencia que, tantos años después, por desgracia, la historia que hoy tratamos nos resulta actual de manera terrible. Un mundo en el que todavía se lleva a juicio la teoría de la evolución y contamos con gente que esgrime la biblia como única fuente de conocimiento, gobernado por individuos dispuestos no sólo a creer a pies juntillas lo que pone en sus páginas, si no a convertir a toda la humanidad incluso a pesar de ellos mismos. Ese es el mundo que representa el reverendo Stryker y que denuncia Claremont.

Lo hace con la ruptura de tópicos, incluso en el climax de su obra. En lugar del consabido intercambio de mamporros o rayos cósmicos, Los Xmen y stryker se enzarzan en su última confrontación con la palabra como único arma. Cuando Stryker pierde los papeles y los argumentos, la solución escogida por Claremont para cerrar su magistral círculo es de aplauso, completamente coherente con el discurso que ha mantenido durante toda su historia, cargada de esperanza, de la esencia de lo que defienden en realidad los hombres X.

El apartado técnico es impecable. En un principio, el elegido para la colosal tarea de ilustrar este cómic fue el legendario Neal Adams (entre otras cosas, desde mi punto de vista, el mejor dibujante que jamás ha tenido Batman), pero por diferentes cuestiones, el trabajo recayó sobre Brent Eric Anderson. Éste dispuso de tiempo más que suficiente para ofrecernos una de las historias mejor dibujadas de la época, ágil, impactante, inteligente, rupturista y espectacular. El nuevo formato invitaba a los artistas a la experimentación con nuevas técnicas, estructura de página, coloreado, secuencias, y un largo etcétera que convierten la lectura de este cómic en esencial para entender la evolución artística del medio en los siguientes años.

La potente portada de Bill Sienkiewicz para la segunda edición de 1994 de esta obra

La potente portada de Bill Sienkiewicz para la segunda edición de 1994 de esta obra

Aquí tenéis algo especial, que ha sido definido en más de una ocasión como la mejor historia jamás escrita sobre los X Men. Es muy posible que sea cierto, por la implicación emocional que exige, por el talento desatado de Claremont en apogeo, por la delicia que supone perderse entre sus viñetas. La historia, adulta y compleja sin perder la esencia de cómic comercial, llena de ese mensaje tan necesario en tiempos de paranoia y enemigos invisibles en el que vivimos en la actualidad, os cautivará por todos sus aciertos.

Un cómic que, seáis o no seguidores de los Xmen, es de lectura necesaria si entendéis el mundo con esa pizca de humanismo que gente como el reverendo Stryker nos arranca día a día en nuestra realidad mordiente.

@Santiagoneg.