Publicado el 6 de Noviembre del 2013 por Capitan_Melenas en Cómic
Shade: El regreso del señor de las sombras

¿Quién es Shade? El héroe, el caído, el misterio, el vividor, el aventurero, el místico… son muchos los papeles que se revelan en la única figura de este personaje casi tan viejo como la propia DC, pero que no consiguió su compleja identidad hasta la reinvención por parte de James Robinson en la imprescindible Starman, una de las mejores colecciones de cómics jamás escritas. Gracias a esa serie, en la que se convertía en algo más que un secundario de lujo, se transformó en el personaje rico, lleno de matices, luces y sombras que ha hecho las delicias de los que adoramos los tebeos bien escritos.

Sus apariciones hasta la publicación de Starman habían sido escasas y cercanas al patetismo de villano de tercera división, que significó la constante en sus primeros años de existencia. La fuente de sus poderes no estaba clara del todo, apenas pasaba por ser un enemigo recurrente de Flash, y a mediados de los 80 formó parte de la Sociedad de la Injusticia, su punto álgido en su faceta villanesca.

Shade en plan Capitán Blood

Shade en plan Capitán Blood

Entonces llega James Robinson, armado de su conocimiento enciclopédico sobre la edad de oro, con ganas de mil vueltas de tuerca sobre personajes que habían caído en el olvido. Nadie pondría el grito en el cielo por la ruptura de la continuidad, así que el autor aprovechó ese punto de libertad creativa para escribir una cabecera que es sinónimo de muchas cosas, casi todas buenas, pero me quedo con la maravillosa declaración de amor a los cómics que es Starman en el fondo.

Renovó conceptos, sí, pero realizó su trabajo con tal respeto y cariño que convirtió al nuevo Starman en una referencia, obviando el consabido ridículo que las reinvenciones pretenciosas suelen traer de la mano. Todo era nuevo, pero los lectores teníamos la sensación de haber estado en esos lugares con anterioridad, confortables y seguros en un viaje magnífico al lado de Jack Knight en su camino vital hacia sí mismo, hacia el héroe que estaba destinado a ser.

En esa andadura, como en toda epopeya clásica que se precie, Jack se rodeaba de un nutrido grupo de aliados y enemigos, entre los que brillaba con luz propia Shade, cargado de la ambigüedad moral propia de un libertino inmortal que había coqueteado de manera notable con el lado oscuro. Se nos presentaba un personaje que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de proteger el espíritu de Opal City, su gran amor, ciudad que, gracias a la narrativa de Robinson, se transformó en entorno/ personaje, a la altura de creaciones similares del tipo Metropolis o Gotham City. Es por ese amor a Opal que se alía con el protagonista, lo que da lugar a la imposible conexión que se crea entre Jack y Shade. De hecho, la evolución de este último es casi tan notable como la del propio Starman. Entendemos el avance de la historia, en parte, por la visión de Shade, cuya vida es tan intensa y misteriosa que llena páginas enteras de aventuras y desventuras, relatos paralelos, historia de Opal City, y excusas literarias de Robinson para sacar su lado más decimonónico, con el que disfruta de manera brillante.

No podía ser de otra forma, el personaje protagonizó su propia miniserie, donde se ahondaba de manera más libre en el pasado turbulento de el hombre que fue, y de la consecuencias que acarrea su desapego por la humanidad que perdió poco a poco.

Starman terminó de manera brillante, diría que es uno de los mejores finales de la historia del cómic. Todas las tramas se cerraban con entrañable acierto, aunque nos dejaba un tanto huérfanos de historias redondas y giros impredecibles. Su nutrida selección de secundarios se habían convertido en esenciales, queríamos saber más de los aliados de Starman en su lucha por Opal City. Muchos fans pedían el regreso de la colección, aunque Robinson, me temo, siempre tuvo claro que el ciclo de Jack Knigth estaba cerrado. De hecho, se alejó durante bastante tiempo del mundo de los cómics, y centraba sus objetivos en la industria del cine. Suerte para el mundo, nunca abandonó del todo su contacto con la viñeta, y hace unos años decidió volver por la puerta grande. Y menos mal, porque en su faceta de guionista, la cosa no acabó de cuajar. Por ejemplo, de esa época surge algo tan espantoso como la adaptación a la pantalla de la genial obra de Alan Moore “La liga de los caballeros extraordinarios” escrita por Robinson en horas bajas y ego desbocado (¿El Nautilus en medio de Venecia? Venga ya!!).

Shade y sus extraños aliados nocturnos

Shade y sus extraños aliados nocturnos

Robinson vuelve a casa, a DC. El sitio donde nos regaló Starman, o su intervención en la renovada JSA. Retorno del rey, que se encarga del lavado de cara de los héroes de la edad de oro en “Tiera 2”, la enésima entrada en el multiverso, con la excusa del Nuevo Universo DC.

Pero los lectores siguen con su guerra particular; exigen el regreso de Starman en todo el explendor narrativo del mejor James Robinson. Si bien era imposible, el guionista jugueteaba con la idea de una visita rápida al universo del personaje que él había reescrito. La solución ideal era cargar el peso de la historia en el gran pilar de la colección, con permiso de Jack Knight. Shade se convertía en la excusa perfecta para un nuevo paseo por la mitología propia de Opal City, tanto que incluso se planteó la posibilidad de una serie mensual permanente con el nombre del señor de las sombras en la cabecera. Robinson calmó la euforia inicial, pero aceptó una maxiserie con Shade de maestro de ceremonias. Aplauso general.

Robinson ofrece en Shade los ingredientes que construyeron su leyenda. Aunque es un personaje más domesticado que en encarnaciones anteriores, por los años y los acontecimientos, no deja de ser el mismo romántico embaucador, cargado de misterio. Ya no es el amoral superviviente alejado de toda humanidad. Ha encontrado el valor de la amistad, e incluso se ha enamorado de otro de los deliciosos secundarios de Starman, la indómita Hope O´Dare. Pero tranquilidad en el hogar no es un concepto que nuestro oscuro protagonista tenga asimilado, y pronto empiezan las aventuras, cómo no, a cargo de su nubloso pasado, los lazos familiares, las consecuencias de los pecados de antaño, y un recién descubierto sentido de la justicia, desde un prisma bastante alejado del héroe intachable enmascarado. Shade no tiene reparo en mancharse de sangre con la amputación de algún miembro del esbirro pesado de turno.

Nos espera un viaje alrededor del mundo, en busca de la enésima sombra de su pasado que intenta acabar con su vida. Robinson recoge elementos de cómic clásico, evocando su esencia pulp, donde caben ninjas, sociedades secretas, magia aborigen, vampiros piratas, espías al más puro estilo Bond, luchadores contra el crimen travestidos, y cualquier cosa que a vosotros no se os pasa por la imaginación, pero a un tío que se divierte tanto escribiendo como Robinson, sí.

Shade descubrirá mucho sobre sí mismo, sobre sus poderes. Nosotros, lectores, disfrutaremos de nuevo con un tipo que es un escritor de primera, cargado de ritmo desenfrenado y momentos definitivos de vida o muerte, pero también dueño de una sensibilidad especial para entender a sus personajes, dotados de humanidad, coherencia, esa cosa tan difícil que es dotar de alma a tus creaciones. Si no, mirad como empieza la historia. Shade toma el té, como buen inglés, acompañado por Mikaal, el azulado Starman extraterrestre de los 70. Hablan de la melancolía, de la pérdida, del futuro, ante el atardecer otoñal de Opal City. Hasta 4 páginas después no vemos un solo disparo. La acción cambia de las explosiones a la conversación de alcoba con una sencillez magistral, sin que quede forzado, como evolución natural de la historia. Los flashbacks constantes enlazan con el presente mortífero del protagonista, jugando de manera evocadora y trascendente con el paso del tiempo y sus consecuencias. Al mismo tiempo, Robinson encuentra la excusa perfecta para los malabares con el lenguaje, rebuscado y exquisito hasta la caricatura en boca de Shade, que no abandonó del todo el siglo XIX.

Era una chica muy mona, que vivía en Barcelona

Era una chica muy mona, que vivía en Barcelona

El equipo artístico es un lujo. Desde las portadas de Tony Harris (que bueno es este tío) hasta la última viñeta de la serie, es una demostración de la personalidad de los implicados, que se adaptan a las ideas de Robinson sin sacrificar sus intenciones artísticas. Jill Thompson, Gene Ha, el esquemático pero sorprendente Frazer Irving (protagonista de algunos de los mejores momentos de la serie) o el aporte patrio en las manos de Javier Pulido, encargado de una divertida historia enmarcada en Barcelona (sí, amigos, duelos a muerte en la Sagrada Familia). Un despliegue de habilidades que dan empaque a la propuesta de Robinson, con la misma libertad que esgrime al plantear sus historias.

Hay veces que leer un cómic es como volver a casa. Paseamos por las calles que han cambiado, pero que nos llevan las sensaciones de antaño, a la magia de momentos grabados en nuestra memoria. Shade tiene un poco de ese retorno. ¿Hace falta haber leído Starman para entender en plenitud la colección? Pues algo ayuda, claro, sobre todo a la hora de situar a los personajes secundarios. Pero Shade tiene tanta potencia como creación en solitario que, aunque sea vuestra primera aproximación a sus aventuras, enseguida entenderéis la grandeza de la que se nutre su leyenda. Detrás de toda esa oscuridad, hay un ser humano que lucha por conservar, precisamente, su humanidad.

Y, además, nos encantan los antihéroes, ¿Verdad, frikis?

@SantiagoNeg