Publicado el 16 de Enero del 2014 por Capitan_Melenas en Cine
47 Ronin: Depilación a katanazos

 

 

Me gustaría ser más amable, pero paso de tratar bien a una película cuyos responsable han pensado que soy imbécil. 47 Ronin me da asco.

Pasa que, cuando escribo esta clase de críticas, me dan ganas de terminar justo ahí, en ese gratificante momento en el que la bilis acumulada durante hora y media explosiona como magma maligno e hiriente. Es que me molesta buscar argumentos y dedicar más de dos minutos de mi vida para dar contenido a una opinión, cuando los que han perpetrado tamaña bosta apenas se preocuparon en su propia película. Tiraron del abc del kit “haga usted un guión en tres minutos”, se hartaron de clichés evidentes y dolorosos, y dejaron a Keanu Reeves jugar con espaditas. Ya tenemos peli. Lo que ocurre cuando quieres hacer mucho con tan poco es que el resultado suele ser un insulto a la inteligencia, y 47 Ronin es como mentar a la madre a un nivel extrañamente intelectual.

Obi Wan te ha enseñado bien

Obi Wan te ha enseñado bien

La historia es algo que nos han contado mil veces. Sin adornos, sin contenido, con una fe impresionante en que el enésimo viaje del héroe va a colar porque sí, porque la épica es algo que llena el alma humana, y a callar. Lo que me descoloca es que, si es algo tan simple como el mecanismo de un chupete, es tan complejo poner en orden los pilares de la narración. Los personajes son tan estereotipados que consiguen que confunda a unos con otros, gracias al consabido drama de tercera división sobre el honor, aderezado con toques de magia y mitlogía japonesa, que terminan por arrancar de cuajo el mínimo de seriedad que pide la película a gritos. Pero si tiene una virtud esta cinta es su capacidad para bailar al viento que sople, cual junco al borde de los arrozales (si hay que ponerse oriental, pues sin miedo). No entiendo del todo las motivaciones de los personajes, ni por qué ocurren las cosas que ocurren. Hay saltos de una escena a otra sin comedimiento, momentos que requieren un poco más de desarrollo son arrasados por las prisas absurdas, al mismo tiempo que transiciones sin mucho contenido se extienden sin necesidad. Tiene el ritmo de una orquesta de jazz experimental formada por monos titi. Es todo tan inconexo que llega un momento en el que te preguntas que narices pinta en todo el sarao el personaje de Keanu Reeves.

Él se lo pasa en grande, porque puede jugar con cosas que cortan sin forzar mucho su único registro interpretativo de héroe compungido. Pero en serio, si eliminas su rol del guión, me temo que la historia cambia muy poco. Porque resulta que es un secundario. Y gracias. Pero claro, gastar una considerable cantidad de divisa en su contrato implica que este señor y su barba de una semana son protagonistas sí o sí, aunque necesitemos un calzador del tamaño del Titanic para que cuele.

Los demás, pues si en lugar de 47 dicen que hay 103, me vale, porque no pintan nada salvo para que, en los momentos de intercambio de navajazos, la cosa no quede muy desangelada. Es que hay veces que enfocan a uno de los Ronin en plan dramático, y te quedas así como confuso, en un infructuoso intento de buceo por la memoria a ver en que momento ese nipón peleón ha hecho algo reseñable a lo largo del metraje.

Sí, tiene cierto gusto, hay un diseño de producción notable, pero no da para que tenga sentido, ni como mero entretenimiento. El sentido de la épica se rompe por su propuesta infantiloide y previsible. El tratamiento de la violencia es inofensivo, tan para todos los públicos que resulta molesto. No pido una explosión gore ni mutilaciones gratuitas, pero las soluciones por elipsis llevan auna simbología mogigata y ridícula. El momento del sepuku en el que se apagan las velitas de la habitación de Keanu (permitidme que le trate de tú) es de vergüenza ajena. Entre otros muchos. Esto es el resultado de nadar entre tantas aguas,  de querer contentar a tanta gente como sea posible para que pague su entrada, y lo que pasa es que el espectador siente que le tratan como si fuese memo.

El de atrás tiene esa cara porque le he castigado sin postre

El de atrás tiene esa cara porque le he castigado sin postre

47 Ronin es una consecuencia. No es culpa de su director, Eric Rinsch, un chaval que viene de rodar videoclips. No es culpa de sus actores, prisioneros de un producto que no da para más. Tampoco son culpables los guionistas, mercenarios que tiene muy claras las directrices de la absoluta nulidad que son obligados a escribir.

Los responsables de esta clase de veneno son los señores que se sientan en despachos, miran números, y tratan la producción cinematográfica de la misma forma que tratarían la venta de tornillos o de seguros de vida. Gente que respira dólares, y que se mueven con la única pretensión de manufacturar un producto blanco, neutro y consumible para las entrañables fechas navideñas. Gente que alimentamos gastándonos nuestros euros en excrementos como esta cosa.

No os confundais, adoro el cine comercial, y disfruto con toda clase de películas, siempre y cuando esa película tenga cierto grado de respeto por el espectador. Si hay algo terrible en esta producción es que encima hay cierto tufillo condescendiente, porque en serio vende esa imagen de superioridad, hay un mensaje de “esto es Los 7 samuráis para la generación Too fast too furious”. Nada más que por pretenciosa, esta película merece el olvido inmediato.

Como decía, 47 Ronin es una consecuencia. De la nulidad que se ha instalado en el cine comercial, salvo excepciones que parecen mucho mejores de lo que en realidad son, porque las comparamos a esta clase de coprolitos de dimensiones gargantuescas. Del moedelo despreciable de negocio que impera en los estudios, que luego lloran porque no llenamos los cines para ver las excelentes y brillantes mierdas (llevo toda la crítica evitando el término, pero ya está bien de elegancia; las cosas por su nombre) en 3D que han preparado para nosotros. Es decir, el modelo de cine de acción es la citada Too Fast y secuelas, a lo que añadimos que el modelo de épica que nos espera es esto que hoy comento y los dragones de Peter Jackson. Pues muy bien. Por mi parte, esta película me ha quitado las ganas de ir al cine en mucho tiempo. Me refugiaré en el cineclub de mi barrio, que me trata mejor, por muy cultureta miserable que suene. Porque esta porquería es la clase  de subproducto que hace que los dos canis que están detrás de ti en el cine se levanten de su butaca y suelten un “Tíooooo, que efectacos, primo” según acaba.

Yo me tiro al monte.

@SantiagoNeg

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