Publicado el 19 de Enero del 2014 por Capitan_Melenas en Cómic
El Nao de Brown: Terribles cosas pequeñas, zen y lavadoras

Nao es una chica relativamente normal. Londinense víctima de su tiempo, no puede evitar cierto grado de esa modernidad tan propia de la City. A pesar de los fracasos, sigue empeñada en labrarse una carrera como ilustradora, pero como eso del trabajo está como está, acepta un empleo en una tienda de juguetes de diseño. No ha superado del todo su última ruptura amorosa, comparte piso, tiene una relación bastante convulsa con su padre japonés, y acude al centro budista de cuando en cuando. 

Además, Nao sufre un trastorno obsesivo compulsivo. No de esas chorradas que dicen que tienen los famosillos de tres al cuarto, como ordenar los calcetines por colores o colocar las latas de conservas según los números del código de barras. No hablamos de manías más o menos irritantes, en plan Sheldon Cooper. Nao sufre ataques de auténtica ira homicida, macabras recreaciones de violencia física contra, incluso, las personas que quiere. Por cualquier motivo, cualquier chispa desata un proceso mental que combate a base de pequeños rituales personales. Su mundo interior se mueve entre esas bruscas explosiones de dolor, la culpa y el miedo. Cada día de la vida de Nao es un cúmulo angustioso de obsesiones malsanas y una cotidianidad que podría ser la de cualquier chica de su edad, con sus inquietudes y sueños.

El viaje de Nao a través de si misma es un hermoso paseo por los miedos y las dudas de una chica que sufre, pero también por el amor y el valor de las pequeñas cosas que nos hacen mantener el control en un mundo de locos.

Esta obra se ha convertido en una de las grandes sorpresas del pasado año 2013. Ha arrasado a su paso con toda clase de premios y menciones, hasta hacerse con el Premio del Jurado del Festival de Angouleme, posiblemente, el salón de cómic más prestigioso de toda Europa. Lo cierto es que no es para menos tanta expectación, porque hablamos de una experiencia lectora terrible y bella, brutal pero esperanzadora, melancólica pero cargada de optimismo. Glyn Dillon ha construido un personaje redondo y entrañable, que a pesar de su circunstancias, no resulta una pedante con sobredosis de existencialismo barato. Nao podría ser una más de vuestra pandilla, incluso con la carga de su día a día, que camufla con desesperación. Es cercana y creíble, no un cliché llorón tan propio de cierta tendencia de la novela gráfica. 

Si la protagonista es un triunfo, el plantel de personajes secundarios es de aplauso. Gente que se mueve entre la normalidad gris de la masa urbana, con su propio historia, bagaje y bloqueos emocionales, que demuestran que, en el fondo, Nao no es más que la expresión a la máxima potencia de las neuras que en mayor o menor medida todos guardamos en nuestro interior. 

El apartado artístico es uno de los trabajos más bonitos que he visto en un cómic en mucho tiempo. El cuidado, el gusto por el detalle, el trabajo de planificación que hay detrás de cada viñeta, se convierte en una alegría para los ojos. El estilo de Dillon es una eficaz mezcla de influencias de distintas escuelas, de trazo preciosista, ligero, con una extraña complejidad que se traduce en una lectura tranquila y sutil, sin atosigar al lector con elementos innecesarios ni barroquismo absurdo. El uso del color es comedido e inteligente, capaz de dar la emoción que cada escena pide a base de buenas decisiones de composición. Es un cómic en el que se habla, y mucho. Es muy complejo tratar el texto en un trabajo visual sin que quede excesivo, pesado, que haga de la lectura un camino de piedras. En pocas obras he visto la narración tan fluida y atractiva, gracias a la integración del texto en escenas perfectamente estudiadas. La composición de página, atractiva sin estridencias, se cimienta en un estilo que roza lo cinematográfico, acerca este viaje personal e íntimo a experiencias visuales que no es fácil de encontrar en el cómic. 

Dillon es un maestro en la composición de plano, se recrea en la emoción que transmiten los rostros de sus personajes. Hay tanta importancia en lo que escribe, que es mucho, y lo que no dice, que también es una constante en la obra, por muy tópico que quede. Usaré otro recurso manido en el noble arte de escribir críticas, pero es de esa clase de libro en los que hay que leer entre lineas, en especial cuando Dillon usa recursos de intertextualidad o se sumerge en las subtramas (que no hay muchas, pero son potentes).

Una propuesta sensible, cuidada e inteligente. La demostración de que, para escribir sobre la vida, en todo lo amplio de su concepto, no hace falta el exceso lacrimógeno o la intelectualidad vacía de neo burgués quejica que tanto abunda en cierto sector del cómic (en especial el europeo, tengo que decir). Se hacen grandes cosas con una pizca de humor, personajes construidos de maravilla, una historia que avanza de manera orgánica, y una reflexión amable, alejada de la moraleja molesta, complaciente y condescendiente (cuantos males tiene la narrativa, chavales). Creo que todos podemos aprender algo de el camino que recorre Nao, esclava de si misma y su miedo, de los espejismos de su mente. 

Mención especial para la edición de Norma. Es una de esas editoriales que publica bueno y bonito, sobre todo en los grandes formatos. En este caso se han lucido con un precioso tomo que es chulo hasta en la contraportada. No es que esté lleno de extras y añadidos, pero lo que hay está tan bien elegido que a la belleza de la historia como tal, se une el exigente trabajo de una editorial que, creo, ofrece algunos de los cómics más atractivos a la vista que hay en el mercado, con independencia de su contenido. Muy bien.

En fin, leed este cómic, disfrutadlo. A veces, no hace falta irse muy lejos para encontrar una gran historia. La vida, y tal, que es el mejor libro de todos. 

@SantiagoNeg

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