Publicado el 23 de Enero del 2014 por Kurtz en Cine
El Lobo de Wall Street: El exceso, en su justa medida

Atención, este despropósito está basado en un hecho REAL.

Estamos en los años 80, entre el auge del synth-pop, las bases programadas y el New Age, está surgiendo una nueva clase social: los yuppies; jóvenes que acaban de salir de la universidad y se hacen de oro en el mercado de valores. Entre ellos está Jordan Belfort, inteligente, con labia e increíblemente ambicioso, tres virtudes que le van a hacer llegar a lo más alto. Antes de cumplir los treinta años  ya es multimillonario, su empresa se revaloriza casi cada día y además está casado con una mujer despampanante. Todo parece catapultarle al éxito masivo pero Jordan tiene un gran defecto y es que no sabe cuando parar ni en los negocios, ni en las mujeres, ni en los excesos.

Pocos tipos hay como Martin Scorsese a la hora de meterle ritmo a una película, de eso no hay duda. Es la única manera de explicar cómo tres horas se pasan en un suspiro. Ciertamente llevar una vida como la de Jordan Belfort ayuda pero aún así, tiene que haber alguien con sentido de la dirección porque todo el proyecto tiende a escorarse peligrosamente hacia el exceso. Y precisamente de eso, de excesos, está sembrado el film. Hay dinero, yates, prostitutas, cocaína, fiestas desenfrenadas,  enanos lanzados en dianas gigantes, drogas, más dinero, más prostitutas y más cocaína. Y así durante unas tres horas. Es como las fiestas de la “trama Gürtel”, pero a lo bestia. Hasta el punto de que en un vistazo superficial podría meterse muy tranquilamente en el género “yates y putas”. Pero no es sólo eso, además es una película muy inteligente y bien llevada en todas sus facetas.

Tiene aún más mérito cuando además en el film apenas hay momentos de respiro y todo se muestra a degüello, sin tapujos y de una manera casi obscena. Este desenfreno parece, junto a la narración en primera persona del protagonista, el hilo conductor de la crónica de un ascenso y su posterior caída. Digo “parece” porque la película tiene mucha más miga de la que se ve a primera vista. Entre despiporre y despiporre se nos ofrece una historia llena de ambición y sembrada de personajes lamentables. Es la historia de cómo unos ególatras, incultos, adictos a casi cualquier cosa y que venderían a su madre por un euro de madera, se convirtieron en el modelo del éxito. Y todo con un guión ágil que no escatima a la hora de mostrar las claves, las motivaciones y los intereses de cada uno de los individuos que aparecen. Esto es lo que queda por debajo constituyendo el armazón sobre el que se levanta este monumento al descontrol y lo que hace que se capte perfectamente el carácter decadente de toda la obra. La manera de tratarlo oscila entre dos puntos, o se pone “seria” y ofrece momentos dramáticos, o se pone bestia y empieza a disparar a base de humor corrosivo en extremo. Porque “El Lobo de Wall Street” es una película dramática disfrazada de comedia. O tal vez una comedia con alma de drama. O simplemente estos tipos (que por desgracia existieron en realidad) estaban tan podridos que la mejor manera de mostrarlo es o haciendo que nos den pena o consiguiendo que podamos llegar a reírnos de las que lían. Incluso alguno de los momentos es decididamente un “sketch” (toda la secuencia entre la llamada telefónica y las “espinacas”, por ejemplo). Pero en cualquiera de sus dos facetas llega a estar muy arriba. Yo, entre fiestas idas de madre, diálogos disparados e historia, apenas pude tomar aire. Cuando quise darme cuenta habían pasado tres horas.

En cuestión interpretativa tiene las mismas virtudes. DiCaprio se come la película. Antes también levantaba mis aplausos (especialmente cuando se ahoga en “Titanic”), pero ya hace años que tiene poco que demostrar. Aquí su vertiente jeta y pícara puede recordar a “Atrápame si Puedes” con una pizca de Tony Montana. Su papel no se limita al de un tipo ambicioso, también hay evolución, sube, sigue subiendo, baja, tiene dudas, pero en ningún momento chirría. Tiene momentos enormes y muchos matices distintos. No perdáis detalle de cada vez que coge el micro en la oficina, es totalmente un telepredicador pirado. Su segundo en la película es un muy sorprendente Jonah Hill cada día más metido en su lucha por salirse del rol de “comedia guarrota”. En esta película sin duda cae en eso (y muchas veces) por un personaje que lo exige, pero vean su actuación y juzguen, para mí lo borda y resulta tan repelente y lamentable como se le pide. DiCaprio y Hill son las actuaciones más destacadas, ellos llevan todo el peso y aparecen durante casi todo el metraje, pero no puedo dejar de pensar que si Matthew MacConaughey llega a salir cinco minutos más, hubiera sido lo más destacado. Tengo que admitir (y me duele decirlo porque me cae como el culo) que está increíble, transformación física incluida. No parece él. Tampoco faltan algunas caras conocidas como Jon Bernthal (Shane en “The Walking Dead”), Ethan Suplee (Randy en “Me Llamo Earl”) o Rob Reiner, ese genio que dirigió “This is Spinal Tap” haciendo un papel tela de divertido. Incluso si estamos atentos veremos a Steve Buscemi por medio segundo.

En resumen PELICULÓN. Para gustos colores, como siempre, y sé de gente a la que no le han gustado ni el carácter tan bipolar de la película ni el que parezca que haga chanza y cuchufleta de un tema tan serio. Siempre es respetable, claro, aunque estoy muy poco de acuerdo con ellos. Parece ser que causa extrañeza que Scorsese haga una cosa así, cuando se le asocia siempre a otro tipo de films más “retorcidos” y oscuros y no a cosas tan “ligeras”. Bien mirada esta no es una obra ligera para nada, y a su manera es oscura, retorcida y llena de personajes tan extremos y decadentes como los que hizo Joe Pesci en “Uno de los Nuestros” y “Casino”. Repasando la filmografía de Scorsese, uno se da cuenta de que ha hecho de todo, casi siempre muy bien, que lleva más de cuarenta años en forma y que su asociación con DiCaprio pocas veces decepciona. Se dice pronto, pero lo suyo es de un mérito enorme.

Kutz