Publicado el 31 de Enero del 2014 por Capitan_Melenas en Cine
[RETROCRÍTICAS]: Déjame entrar

Vuelven las retrocríticas, chavales, que las teníamos un poco perdidas en el limbo. Y por la puerta grande, que os proponemos un ciclo. Partimos de un leit motiv claro; la idea de crecer, de hacerse mayor, ese momento en el que se deja atrás la infancia y el ser humano empieza a dibujar el adulto que un día será. Pero claro, aquí, en Frikisreconocidos, lo hacemos con estilo, así que se nos ha ocurrido que una manera especial de recorrer ese camino es a base de monstruos, los más clásicos. Una de vampiros, otra de hombres lobo y, como final de fiesta, no podía ser de otra forma, la de zombis. Porque, al final, esos mosntruos no son más que la representación de los miedos que atenazan el alma humana desde que tenemos capacidad de bucear en nuestra conciencia.

Empezamos con los vampiros. Es posible que sea el ser fantástico peor tratado de los últimos tiempos, reducido a interés romántico para cuentos de memez adolescente, gracias, entre otras patadas al estómago, a engendros literarios como “Crepúsculo”. Antes ya tuvimos a Ane Rice y su interminable saga de chupasangres existencialistas, que tampoco es que hiciese mucho bien a la imagen clásica del nosferatu. Un ser surgido de las pesadillas post mortem de pueblos anclados en la superstición y el miedo, remozado por Bram Stroker como imagen de poderosa sexualidad perversa, en una época en la que la sífilis campaba a sus hanchas.

Ahora, es una criatura llorona y domesticada, propio de novelas de Corín Tellado.

Primer encuentro

Primer encuentro

Por suerte, de cuando en cuando aparece un producto que te reconcilia con los desgastados mitos engullidos por la maquinaria empresarial. Hoy os ofrezco uno de esos mágicos momentos en los que descubres que, efectivamente, se puede construir una película emotiva, especial y humana alrededor de temas tan básicos como el amor y la amistad, protagonizada por un ser que es la antítesis de la vida. Sin caer en convencionalismos, ni en tonterías para forrar carpetas de niñas de instituto. Eso es “Déjame entrar”, un oscuro cuento de hadas y nieve perpetua.

La película nos cuenta la historia de Oskar, un muchacho retraido, inteligente y sensible, inmerso en este terrible momento en el que se es aún niño, pero el mundo te exige que seas otra cosa, estés preparado o no. Está claro que Oskar no lo está, y se ha recluído en un mundo propio, solitario y seguro. Porque lo que le espera fuera de su burbuja no es para dar aplausos. Su madre pasa la mayoría del tiempo fuera de casa, una luchadora que hace lo que puede para salir adelante. Su padre es una figura ausente y poco fiable, a pesar del aparente refugio que ofrece a Oskar el hecho de que viva fuera de la ciudad. Para remate, se ve acosado de manera constante por un pequeño hijo de un chacal y sus compinches, que han visto en la debilidad de Oskar un objetivo claro en el que volcar su versión del fascismo de patio de colegio.

Pero todo cambia el día en el que llega una nueva vecina al edificio donde vive el chico con su madre. Eli es extraña, esquiva y misteriosa. No se parece en nada a otras niñas. Además, la llegada de Eli coincide con una serie de crímenes que llenan de miedo a los habitantes del barrio. Y es que Eli guarda un secreto. Uno de los gordos, de los que dan miedo, de los que cambian lo que crees acerca de cómo funciona el mundo. Eli es un vampiro. Necesita matar para vivir.

Por supuesto, Eli y Oskar encuentran el uno en el otro esa pieza que faltaba en su rompecabezas vital. Ambos, aunque por razones muy distintas, son marginados, están fuera de la gris linea de la normalidad. Nace una historia hermosa, tierna, violenta y cruda.

Hablar con la mirada, definición gráfica

Hablar con la mirada, definición gráfica

No reduce conceptos como el amor a romanticismo lleno de clichés. Lo presenta como un sentimiento humano, lleno de matices, que van más allá de los convencionalismos que marca el camino recto y evidente. Se muestra con naturalidad, con entrañable evolución desde la amistad de dos niños perdidos al contacto físico, lleno de inocencia preadolescente. La curiosidad, el descubrimiento, los cambios, el enfrentamiento a un mundo de sensaciones que ninguno de los dos conoce, toda la magia de lo irrepetible de una época definitoria en la ruta emocional de cualquier persona, eso es lo que contiene la historia de Oskar y Eli. Comedida, sí, pero sin resultar castrante o envuelta del misticismo barato con los que sub productos rancios llenan sus páginas o fotogramas. Las cosas suceden de manera natural, porque es lo que los personajes sienten, y la historia es tan orgánica que tú, espectador, eres capaz de captar esas emociones, y sentir el estómago un poco encogido.

Pero las grandes películas no se centran en un tema. Buscan más, son trascendentales porque te muestran la vida en toda su complejidad, sin forzar su evolución con artificios narrativos o casualidades sacadas de la chistera. En “Déjame entrar” se habla de la soledad, de la familia, de la amistad, incluso de la amistad por supervivencia e higiene mental. Es una fábula sobre la violencia, acerca de la naturaleza y del valor de la vida, del sacrificio y la pérdida. De cómo un depredador como Eli puede ser tan tierno e inocente como cualquier cachorro humano.

Porque Eli es un triunfo de personaje. Atrapada para siempre en una niña de 12 años, a pesar del tiempo que lleva en este mundo, realmente es tan inexperta y llena de curiosidad como Oskar. Ha permanecido distanciada de la sociedad humana, su rebaño, y es con su recién descubierto amigo que empieza el mismo camino que cualquier chica de esa edad.

El trabajo que hace Lina Leandersson es impresionante. Es, de lejos, una de las mejores actuaciones infantiles que he visto en mi vida. En un mismo personaje recrea la curiosidad adolescente, el terrible peso de los años y la esencia del monstruo sanguinario. A veces, tan sólo hace falta su mirada para que todo eso se condense en un plano. Magistral, terrorífica, capaz de transmitir ternura y repulsión con una naturalidad vibrante.

Pero claro, todas estas maravillas no se consiguen si no hay un capitán de barco capaz. Tomas Alfredson da una lección en cada una de sus soluciones. Es inteligente, perturbador, exponente de una idea de belleza calmada. Hipnótico, pausado, de los que se recrean en cada plano, pues todo tiene sentido, transmite, es necesario para que se conjugue el guión con la propuesta visual. Nada se deja al azar en un impresionante lirismo trágico, sangriento, grotesco y extrañamente hermoso. La manera con la que trata el momento del climax, en la recordada escena de la piscina, disfraza de impactante explosión de violencia un plano fijo, tenso, un juego con el sonido y el movimiento que, si no fuese por la bestialidad interna de la idea, me atrevería a llamarlo poesía.

Alfredson trata a su monstruo y al espectador con la misma elegancia. No le hace falta ahondar en largas divagaciones narrativas acerca de la relación de los personajes. Muestra. vive en el presente. No es necesario que sepamos más. Dice más con una caricia que con una explicación.

Creo que se nota mi absoluta devoción por esta película. Me fascina como funciona todo el engranaje, desde la integración de los paisajes helados como escenario imprescindible para la historia, pasando por las actuaciones sobresalientes, o el comedido uso de elementos que, en otro tipo de producciones, se usan sin filtro, como la banda sonora. Cuando suena, que es poco, es porque lo pide el momento.

Un precioso relato del fin de la infancia, que tiene un final demoledor y especial, melancolía del adios a una época de nuestras vidas que nunca volverá. única en su especie, devuelve algo de dignidad a la figura del vampiro, y nos regala uno de los mejores momentos del cine fantástico de los últimos años. De hecho, cómo no, tuvimos réplica americana. He de decir que está sorprendentemente bien adaptada, con respeto casi religioso. Pero bebe demasiado de su referente sueco, tan redonda que es complicado superar su ejemplo.

Una delicia. Para los que aman el cine fantástico, para los que aman el cine en general. Para los que, de cuando en cuando, miran su foto de aquellos días lejanos, y son capaces de reconocerse en ellas.

@SantiagoNeg