Publicado el 13 de Marzo del 2014 por Capitan_Melenas en Cine
[RETROCRÍTICAS]: Deadgirl

Cerramos con esta retrocrítica nuestro pequeño ciclo dedicado al deporte de riesgo espiritual por excelencia, niños y niñas. Hacerse mayor ha sido el tema definitorio de esta trilogía que hemos propuesto para ilustrar el tortuoso camino hacia la edad adulta, plagado de descubrimiento, decepciones, encontronazos con la realidad y algunos de los momentos que conforman la persona que un día llegaremos a ser. Para ello, elegimos películas protagonizadas por adolescentes, claro, pero también centradas en los monstruos más reconocibles de la cultura popular. Empezamos con la curiosa revisión del vampiro que propone “Déjame entrar”, tuvimos el toque femenino con la mujer lobo de “Ginger Snaps”, y cerramos nuestro paseo por las miserias existenciales de la pubertad tardía gracias a esta particular visión del bicho de moda, el zombi. Sí, otra de muertos vivientes. Pero creo que ésta os va a gustar. Porque es distinta en todo a cualquier cosa relacionada con otro de los monstruos maltratados por la impenitente máquina de hacer dólares que es Hollywood.

Esa era otra de las ideas protagonistas de estas críticas, la recuperación para el género de horror puro y duro de mitos maltratados con total impunidad por la memez domesticada de los productos habituales regurgitados por las grandes productoras. El zombi no escapa de esta tendencia, y ha sido sobre explotado e idiotizado hasta el absurdo gracias a bostas del calibre de “Resident Evil” o “Guerra Mundial Z”. DeadGirl es mucho más pequeña que todas esas exageraciones vacías y repetitivas. No juega con los horrores apocalípticos de opereta, y lleva a nuestro descerebrado muerto viviente a un contexto reconocible.

J.T y Rickie son amigos desde niños. No son los más guapos del instituto, ni los más listos y brillantes. Su entorno no ofrece muchas alternativas, y su futuro se encamina hacia el fracaso. El único alivio que encuentran en una rutina asesina es escaparse del instituto, donde su máxima aspiración es permanecer invisibles, y esconderse en un hospital abandonado para beber cerveza. Por casualidad, perdidos en los sótanos del enorme complejo, se topan con una recóndita habitación. Dentro, los adolescentes encuentran lo que parece el cadáver de una joven, abandonada envuelta en plástico. Pero esa chica, tan hermosa, tan apetecible y tan encadenada, está muy lejos de estar muerta… o viva.

Así comienza una de las historias más inclasificables y escalofriantes del cine de terror independiente moderno. Porque Deadgirl no es una película amable. Para nada. Donde muchos encontrarían un filón para el humor bruto o la comedia negra, Marcel Sarmiento y Gadi Harel, sus directores, entran sin miedo en el terror urbano, ahorrándose las gracias y chascarrillos. El sentido del humor brilla por su ausencia, porque la historia es truculenta, malsana y sórdida. Imaginad “El señor de las moscas” escrito por Kurt Cobain en pleno colocón después de haber leído dos horas seguidas “The walking dead” de Robert Kirkman. Más o menos, con todo lo salido de la madre de la comparación imposible que me acabo de marcar, es lo que tenemos en Deadgirl.

J.T convierte a la chica muerta en su juguete, se adentra en un enfermizo juego de poder que deja atrás cualquier convención humana sobre los límites que definen la moral. Sabe que en su reino, nadie observa, el marca las reglas, no hay profesores o adultos que recuerden de continuo lo que está bien o mal. No hay consecuencias, ni retribución, sólo la explosión de todas las frustraciones y miedos que han conformado al pequeño psicópata sin escrúpulos, manipulador y endiosado, que moldea la fantasía necrofílicade omnipotencia y control que nos narra esta película.

Aquí, con la basca. Y no somos el Club de los Cinco

Aquí, con la basca. Y no somos el Club de los Cinco

Rickie sí que se adentra en un conflicto moral, porque establece una conexión con la chica muerta, basada en la piedad; todavía atisba los restos de un ser humano. Además, su idea de las relaciones está anclada en ideales románticos que enfoca en el amor platónico. Pero la vida no es para caballeros y princesas, y los directores se recrean en la crueldad realista del fracaso. Imaginad que tras declarar vuestro amor secreto y contenido por el decoro social, la susodicha damisela o caballerete os suelta un “maldita sea, crece de una vez”. Añadid a esa catarsis destructiva el contexto climático y resolutivo en el que se desarrolla, y tenéis una escena muy clara respecto a como funciona la película. Lo que ocurre con Rickie es que, según avanza la película, demuestra que está tan fastidiado de la cabeza como J.T, aunque desde un prisma diferente.

El dúo de directores elige un ritmo pausado, controlado; un enfoque hacia la creación de ambientes, naturales y reconocibles en el entorno cotidiano de los chicos, herrumbroso y apagado en los momentos más oscuros en los pasillos abandonados del hospital. Incluso ofrecen momentos de cierta belleza que roza la idea de poesía, que funcionan muy bien para descubrir la intimidad de los chicos, su desencanto, el degradado entorno familiar y social que marca el paso de los días.

Deadgirl bebe de aquel espíritu indi de los 90, cargado de ideas pequeñas que construyen historias reconocibles por el común de los mortales. Si bien juega con elementos fantásticos, al final Deadgirl habla del miedo. Pero no el miedo a los monstruos. Habla del vacío existencial, de la nada que crea bestias tan peligrosas como las de nuestras pesadillas literarias. Del horror que produce mirar a los ojos a un futuro abismal, mediocre, lleno de sueños muertos. Cómo no, Deadgirl es un viaje a los terrores propios de la edad, centrados en todas las dudas sexuales que cualquiera ha tenido en esos años de dar bandazos y palos de ciego. Llevados al extremo, claro, y con un mensaje poco esperanzador. Desmontan los roles habituales en el cine zombi, y en este caso, la chica muerta es la víctima de los instintos depredadores de una pandilla de adolescentes. Porque pueden hacerlo. Nadie mira. Nadie castiga. Todo está permitido en el reino de J.T. Su egoísmo infantil no es más que el miedo al rechazo, a escuchar un no que la chica encadenada en ese lúgubre sótano nunca dirá

Ahí reside el auténtico terror de esta película.

El angelical rostro de la muerte

El angelical rostro de la muerte

Deadgirl no es simpática, no aspira a tratar bien al espectador. La sensación durante su visionado es incomodidad. Hay algún momento de respiro, pero, en general, quedas reducido a un voyeur espantado ante la atrocidad imposible que sucede en la pantalla. Cuando Deadgirl acaba, lo agradeces. No hay gritos, ni sustos imprevisibles, ni efectos fantasmagóricos de magia del cine. Un realismo que apesta, personajes que asquean, feismo y suciedad, enfermedad, el monstruo que llevamos dentro paseando por pasillos mal iluminados.

Como dice el cartel promocional de la película, “Toda generación tiene su historia sobre el horror de crecer”.

Aquí tenéis la vuestra.

@Santiagoneg