Publicado el 30 de Marzo del 2014 por Capitan_Melenas en Cine
300, El origen de un imperio. Corta, pega y colorea

Hay cierto tipo de película que me enerva. Películas que, según terminan, me hacen pensar en nuevas secciones para esta web, como “Cine que cabrea”.

De verdad, que soy poco exigente. El cine palomitero me encanta, soy capaz de contextualizar las películas en cuanto a sus pretensiones, y entiendo que hay un tipo de producciones construidas únicamente con la sana intención de entretener. El problema empieza cuando los perpetradores de ciertos mojones entran en el peligroso juego de todo vale, ya que, desde su perspectiva, el espectador es retromonguer y se va a tragar sin sal ni nada cualquier cosa infecta que les lancemos al hipotálamo.

Y no. Hay cosas a las que no juego.

El Jamón York me lo cortas finito, que nos conocemos

El Jamón York me lo cortas finito, que nos conocemos

Además, es una secuela, y hay material para comparar. Entonces, el delito es aún más flagrante y doloroso, porque se ve a la legua que esta segunda parte de 300 es un enorme timo de la estampita con abdominales.

La primera 300 no es arte y ensayo, en eso estamos de acuerdo. Pero se mantenía, avanzaba sin problemas por una trama simple como el mecanismo de un chupete, jugaba de manera eficaz con las emociones del espectador y nos daba hora y media de épica y sacrificio. Metes un par de discursos de dudosa catadura moral para satisfacer al fascistilla que llevamos dentro, y lo envuelves todo en un delirio visual con un tipo que saca ventaja de ese problemón que tiene para distinguir lenguajes. Ya hemos hablado seriamente de Zack Snyder en esta página, y del aque todavía no sabemos muy bien que pensar. Tiene un talento bestial, pero el autocontrol de un gremlim cocainómano. Además, para él existe una especie de todo narrativo, donde cabe el cómic, el cine, el videoclip y, a veces, un extraño sentido de lo poético, pasado por el prisma de un niño de 9 años. Al final, sus películas, son el equivalente cinematográfico de una sesión de yoga con Mario Vaquerizo.

Con 300, El origen de un imperio, los productores se marcan una jugada ruin, despreciable y funesta, que trata muy mal al espectador, la enésima versión siniestra del peor Hollywood. Si funcionó una vez, se repite la fórmula y a tirar. En cierto modo, me parece hasta lícito, por muy pesetera que sea la idea. El problema es que se molestan tan poco en camuflar esas intenciones que me siento estafado, engañado y ninguneado por esos señores con corbata que dicen que hacen cine.

No sabes lo que agota tener siempre la misma cara

No sabes lo que agota tener siempre la misma cara

Todo en esta película es débil e inconsistente. El manejo del tiempo es confuso, y al cabo de un cuarto de hora no sabes si estás en Atenas o en Seseña. Hay un patético intento de situar al espectador, que se resuelve en una sucesión de flashbacks inconexos, flashbacks dentro de esos flashbacks o explicaciones vacías e inoportunas. Continuo retorno a escenas y momentos que ya han sido presentados, insistiendo en la necedad de un guión que no se sabe si avanza, se estanca, o es que se ha perdido buscando aparcamiento. Para reafirmarse en esa sensación de pesadez, tenemos por encima la voz en off de la reina, que acaba convirtiéndose en un molesto ruido de fondo. En la primera parte existía ese mismo recurso, pero usado con mayor comedimiento y con más fortuna, un cariñoso homenaje a la transmisión oral, que es la base espiritual de cualquier mito. Aquí, la misma herramienta es abusiva, porque además se empeña en demostrar que el espectador es tonto y necesita que le lleven de la manita.

Entiendo que es una película de acción, y que la historia no es más que la excusa para el espectáculo de mamporros. Pero, ya que nos vamos a vengar sin piedad de aquel destructivo profesor de la secundaria, un poco de estilo, señores.

Al final, resulta que las diferencias entre atenienses y espartanos no existen. En la Hélade, todos son máquinas de matar de torso desnudo, que tienen como única seña de identidad el color de su capa. Los refinados y políticos atenienses se transforman en unos bicharracos ansiosos de sangre, que se pintan calaveras en la cara. No soy un experto en historia antigua, pero me gustaría conocer al mamarracho que pensó que algo así podía quedar bien. Y no vale la excusa de que “esto es una película” o “hay que potenciar el lenguaje del cómic”. Porque decisiones poco serias como esa demuestran que los responsables de esta película son la clase de personas que se ríen nerviosamente cuando alguien eructa en la mesa, o tienen que pelear contra si mismos para no troncharse y mondarse en ese momento en el que se acuerdan de un chiste verde en un funeral. Así de triste.

Y es que ahí esta el tema. En la primera 300, aunque era un espectáculo exagerado, no percibíamos esa falta de cariño por el producto final. Había intenciones; con sus fallos, salía satisfecho de la experiencia brutal de ultraviolencia increíble e irreal. Aquí, han sacado la calculadora. Corta, pega y colorea, a ver si no se nota.

¡Rápido, mis hombres! ¡La dignidad está sobrevalorada!

¡Rápido, mis hombres! ¡La dignidad está sobrevalorada!

La coherencia se ha ido de copas, no sabemos muy bien quién es quién,  qué relación tienen los personajes, porque tanta explicación en off no sirve para nada. En medio de la confusión, se nos incrusta una mala para ver si entre tanta testosterona nos ganamos al público femenino. La damos un contexto más visto que los chistes del Luisma, y a correr, nena. Eso sí, se llamará Artemisa, y de esta manera demostramos que el guionista se ha leído un diccionario de mitos grecorromanos antes de morir de asco. No contentos con tanta chorrada, y ya que tenemos a una mala buenorra, nos marcamos la escena erótica más innecesaria desde el cutrepolvo de “Alone in the Dark”.
Pero no era suficiente. Introducimos el enésimo esguince cerebral cuando damos una respuesta marciana al origen de Jerjes. Ahí, en ese preciso instante, descubrí que, efectivamente, 300 era una broma de mal gusto.

A nivel técnico, 300 es un intento iluso y triste de acercarse al estilo que imprimió Snyder en su propuesta inicial. Para tan miserable labor, tenemos al director mercenario número uno. Noam Murro es un pobrecillo, que hace lo que puede, pero mal. Queda engullido por el exceso gore y las mutilaciones de dibujo animado, y repite paso por paso todo aquello que en 300 funcionaba a las mil maravillas porque, entre otras cosas, no lo habíamos visto antes. En esta secuela ya sabemos el truco, ya hemos visto la carta escondida en la manga. Como decía al principio, la constante de esta película es la fe ciega en que si funciona una vez vale para siempre. El problema es que Murro no es Snyder. No es tan valiente, ni tan intuitivo, y desde luego no tan talentoso. Apenas abre plano, a ver si camufla un poco las vergüenzas, y cuando lo hace, es para que los productores puedan demostrar el pastizal que hay invertido en efectos especiales. Ante la duda, más barcos. Y si existe la sensación de que estamos perdiendo a nuestro público, ¡pues convirtamos en anécdota irritante la icónica patada de Leónidas!

El nivel de desfachatez alcanza su cenit cuando se introduce el concepto “caballo galopando por en medio de un barco que bucea y todo”. ¡Va por vosotros, chavales adictos al Monster! La catadura moral de los implicados queda retratada en el hecho de que entienden como personalidad e identidad de la película el cambiar los colores cálidos de la primera parte por tonos fríos y azulados. Bravo. Ahora dirigir películas consiste en usar con alegría los filtros de instagram.

Todo en esta secuela roza el desastre. Porque no es una película, es un producto, con toda la connotación negativa que pueda llegar a tener esa palabra. Es repetitiva, estúpida y despreciable, porque no respeta ni por un segundo a la persona que se ha gastado sus euros, que últimamente no está la cosa para ir regalando a seres mefistofélicos como los productores de Hollywood.

La cosa es que es líder de taquilla. Lo peta de manera bestial. ¿Malas críticas? Son geniales como sustituto del papel higiénico, allá en Los Angeles. Así que no hace falta preocuparse. Habrá tercera parte.

Venga, todos al cine.