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Publicado el 17 de abril del 2014 por Capitan_Melenas en Cine
Capitán América: El soldado de invierno

A estas alturas, no se puede negar que la estrategia Marvel ha funcionado a las mil maravillas. Con independencia de la calidad final de su propuesta, la versión cinematográfica de La casa de las Ideas revienta taquillas con alegría monstruosa. El experimento millonario se traduce en una regreso de la inversión multiplicado con creces, así que la maquinaria sigue y sigue. Los Vengadores, el mastodóntico divertimento de Joss Whedon, significó el fin de un ciclo y el comienzo de una barbaridad conceptual que está a punto de hacerse cósmica con la llegada de Los Guardianes de la Galaxia este verano. Si hacemos caso a rumores, filtraciones y declaraciones, la bestialidad que nos espera hasta, por lo menos, 2019 es de infarto.

No sé si da más miedo la metralleta o el peinado

No sé si da más miedo la metralleta o el peinado

El Capi es uno de los pilares sobre los que se sustentan la franquicia Vengadores, y, no podía ser de otra forma, se olía el regreso a las aventuras en solitario de la leyenda viviente.

La primera parte era un entretenida película de aventuras, que explicaba el origen del universo Marvel de las películas. Quizá era algo inocente, pero estaba hecha con mucho cariño, armada de una sencillez aplastante y práctica, y con adornos sacados del pulp, presentada como un ejercicio de nostalgia, que, a pesar de sus millones de presupuesto, rodaba como una película de tiempos más artesanales. A mí me gustó, y me parece de lo más potable de aquella primera fase Marvel, muy por encima de otros productos más pretenciosos y vacíos como Thor.

Lo bueno que tiene Marvel es que aprende sobre la marcha. Nunca renuncia a sí misma, pero se nota que buscan algo más que elaboradas montañas rusas que, en ocasiones, pecan de falta de consistencia. Cada película, sin dejar de ser un espectáculo de fuegos artificiales, presenta un nuevo aspecto que mejora la experiencia global de la inmensa apuesta. Así que ahora, con un nuevo universo de posibilidades encima de la mesa, llega la hora de dar pasos definitivos. Vimos algo de eso en Iron Man 3.

Así que Capitan América: El soldado de invierno, no podía ser un traspiés.  De repente, los chicos de Marvel han decidido que es hora de hacerse mayor.

Tíos, recuperar a Batroc como villano me ha parecido genial

Tíos, recuperar a Batroc como villano me ha parecido genial

Si el primer episodio del Capitán América era un divertido entretenimiento, que nos presentaba el origen del héroe en una Segunda Guerra Mundial algo fantástica e hipertenificada, esta segunda parte deja atrás toda la inocencia colorista de dibujo animado. Para empezar, la elección del arco argumental es bastante potente. Ya hicimos un extenso análisis de “capitán América: El soldado de invierno” (Que podéis leer aquí), el cómic en el que se basa el argumento de la película. En su momento, significó la entrada del personaje en un mundo más oscuro, hostil y lleno de secretos del pasado. Giro hacia el cine de acción y espionaje, escrito por Ed Brubaker, todo un especialista en el género, y que además ha trabajado como asesor de la película. Si en su versión en viñeta, nos contaba una historia de los pecados surgidos de las cenizas de la guerra fría, en su traducción al cine, Marvel ha apostado por un amalgama de ciclos argumentales que definen la historia del Capitán América, aglutinados en la presencia amenazadora de este asesino surgido del frío.

El Capitán América, por primera vez, se enfrenta en solitario al mundo real. Vemos al personaje más encuadrado en su contexto, pero que no deja de ser un viajero en el tiempo a su pesar. Lo único que le mantiene cuerdo es la creencia en los mismos ideales que lo llevaron a los campos de batalla europeos. A pesar de la distancia en el tiempo, la fidelidad, el valor, y el amor por la libertad aún definen al soldado . Aunque, en principio, estos valores resulten un tanto rancios, lo cierto es que esa convicción personal lleva a Steve Rogers a un enfrentamiento directo con SHIELD, la todopoderosa organización de espionaje mundial.

La lucha contra un sistema totalitario encubierto, basado en la vigilancia y las fantasías de control se convierten en el nuevo frente abierto para el capitán y sus aliados, que han de enfrentarse a una conspiración en la sombra capaz de reducir el mundo a cenizas. Al otro lado del ring, una pesadilla surgida de las leyendas de 50 años de espionaje. El Soldado de Invierno, un rival implacable que apenas roza la humanidad.

Y en esta sección de SHIELD mantenemos encerrados a los tronistas

Y en esta sección de SHIELD mantenemos encerrados a los tronistas

Está claro que, con todo lo que ha pasado en el universo Marvel cinematográfico, las reglas que permitieron al primer Capitán América ser lo que es ya no valen. Se acabó la inocencia, bienvenidos a la cara oculta de SHIELD. Los hermanos Russo, directores de El soldado de Invierno, agarran los convencionalismos del género de superhéroes y reescriben los códigos con su propia letra. Durante dos horas y pico, nos vemos metidos de cabeza en una película que se nutre de los grandes títulos de espionaje de los años 70, sin perder ni por un momento la idea principal de entretenimiento mayúsculo que se exige de una película como ésta. La acción a raudales se convierte en parte de un todo, no en una excusa, donde prima el enfrentamiento de nuestro héroe con un mundo lleno de secretos y mentiras. Misterios que llevan a nuevas preguntas, y la amenaza constante del peligro invisible, que siempre lleva ventaja. Rodada con comedimiento impensable para un título de Marvel, el equilibrio es la nota dominante de todo el metraje. Los personajes, repartidos por momentos individuales magistrales, son más comprensibles y están más vivos que nunca. Por fin entendemos por qué Furia es el director del circo, con Samuel L. Jackson pasándoselo en grande con sus escenas de acción urbana. Vemos a la viuda negra más allá de la espía fría e inquebrantable, entre otras cosas, porque Scarlett Johansson puede ser una actriz, aparte de lo estupenda que queda en traje de cuero. Además, tenemos a Robert Reford, un tipo que sabe como nadie meterse en esos papeles ambiguos y elegantes del mundo del espionaje.

Los hermanos Russo escogen el ritmo con elegancia e inteligencia, saben lo que quieren en cada momento. Su Capitán América ya no es un mazacote que improvisa, su estilo de lucha es más directo y real, y si no fuese por ciertas licencias necesarias, a veces parecería que estamos viendo una escena salida de Bourne. Se juega con el espacio de manera brillante, desde cabinas de ascensor (increíble ejemplo de como se prepara la tensión inicial para la magnífica resolución de una escena) hasta autopistas laberínticas donde se da rienda suelta al presupuesto para explosivos. Los Russo parten de la sólida idea por la cual es mejor mostrar que contar. No hay más que ver la impactante escena inicial, que ya nos deja pegados a la silla. Es que ni Tom Clancy se hubiese planteado algo así de potente.

Sobre todo, tenemos un malo de cine. De los que hacen una película mucho más película. Decía Hitchcock que tu película es tan buena como lo sea tu villano. Pues aquí toman nota de las palabras del maestro, y nos regalan una presencia que hace que la historia gire y tenga sentido. Un monstruo científico que parece la criatura de Frankenstein surgida de una trinchera, que además se convierte en una auténtica batalla interior para el héroe de las barras y estrellas. El enfrentamiento final entre el Capi y el Soldado de invierno tiene una intensidad emocional y física tan cruda, que me recordó, y mucho, al enfrentamiento final entre Darth Vader y Luke Skywalker en “El retorno del Jedi”, por la catarsis a la que se ven sometidos ambos personajes.

Aplausos.

Y de premio, Scarlet. De nada.

Y de premio, Scarlet. De nada.

El Capitán América, con todo lo reaccionario que puede ser su discurso en principio, se transforma en el garante del ciudadano de a pie, del trabajador medio que busca la tranquilidad y la paz en un mundo obseso del control y la vigilancia. La idea que hay detrás de “El soldado de invierno” es que, al final, hasta el soldado más valiente sueña con dejar de luchar, porque la guerra es la idea de unos cuantos que viven del miedo, de la ignorancia y de las mentiras. Steve Rogers pierde la inocencia, pero no la dignidad ni los ideales.

El soldado de invierno está a punto de ser una película perfecta. Pero algo se queda a medias. La potente apuesta inicial se emborrona cuando llega la hora de la verdad, y la película se rinde al clamor del público masivo, que exige una resolución llena de explosiones y aparatos imposibles. La emocionante trama de espionaje se reduce a la enésima demostración de músculo por parte de Marvel, cuando este película pedía a gritos a otra cosa. No es que sea malo, ni rompe la experiencia, pero hubiese sido fenomenal que se hubiese aguantado el órdago hasta el último momento. En todo caso, me gustan las montañas rusas, y el tramo final de la película es un viaje de esos que dejan el corazón palpitando.

La cosa es que este Capitán América está a punto, pero mucho, de arrebatar el puesto a “The Dark Knight” de Nolan como referente a la hora de plantearse una película de superhéroes. Pero eso, que casi.

En todo caso, sí que traza la línea a seguir de Marvel. Porque marca un antes y un después, un punto de madurez que, a pesar de los pequeños fallos y los tics propios de la productora, entramos en una nueva era en el universo Marvel. Por lo menos, eso espero, y que esta película no se quede en una fenomenal anécdota.

Yo estoy nervioso como un niño de 8 años ante la que se nos avecina. Espero que ese niño quede satisfecho.