Pompeyaportada2
Publicado el 5 de mayo del 2014 por Capitan_Melenas en Cine
Pompeya: Titanic de secano

El Peplum ha vuelto, chicos, pero no en forma de chapa. El género que llenó de tipos en falda los cines de los 60 y 70 se cuela de nuevo en el espectro de cosas a machacar por estudios con las misma cantidad de ideas que de vergüenza. De un tiempo a esta parte hemos tenido más de un retorno a las pelis de romanos, con cosas reguleras como Gladiator, delirios visuales como 300, cosas terribles como su segunda parte, y de remate, este mejunje infecto a medio camino entre una sauna sórdida de barrio poco recomendable y la película de catástrofes.

Sí, te he embarazado con la mirada

Sí, te he embarazado con la mirada

Y es que de catástrofes sabe mucho el director de esta bazofia, viejo conocido de los lectores de esta página. Paul W. Anderson está de nuevo entre nosotros, mortales. Sí, lo sé; ahora mismo vuestro cerebro se ha puesto a mil, y lo único que se puede escuchar de fondo es el temasco de Mortal Kombat. Por eso, este tío es un genio. Nos ha bombardeado tanto el hipotálamo con sus vomitonas audiovisuales que, como perros de Paulov, nos quedamos con el encefalograma de un calamar cuando escuchamos su nombre.

Qué tío más grande.

El caso es que, entre película horrible de Resident Evil y película horrible de Resident Evil, hace otras cosas, igual de horribles. Lo más inquietante de todo es que se piensa una especie de Kubrick maquinero, porque está empeñado en jugar con diferentes géneros. Lo mismo te hace una de infiernos espaciales, que te monta una versión retromonguer de Los tres Mosqueteros, que se mea con alegría encima de las mitologías de Alien y Predator. El tío no puede parar de crear, y tanto arte se nos atraganta. La verdad es que le falta un western para tocar todos los palos. La diferencia es que Kubrick era un genio que imprimía personalidad a todas sus obras. Este mentecato se vale de las mismas reglas en cualquier caso. Muerte, destrucción y efectos especiales, a ser posible en 3D. Paul W. Anderson sería capaz de matar a 15 osos amorosos aplastados por un arco iris gigante si le dejasen al frente de su adaptación. Cine infantil para niños con agallas, cojones (Ejem. Perdón por los exabruptos, pero es que con esta clase de pelis me vengo arriba).

Y así era el Gamonal según La Razón

Y así era el Gamonal según La Razón

Debe ser que un día se encontró en el baño una revista abierta de National Geographic, y se puso muy bruto cuando topó con la excusa perfecta para una nueva demostración de músculo. Esta vez, la orgía destructiva y humeante tendría un trasfondo histórico. POMPEYA.

Efectivamente, esta ficción propia con el señor Anderson poniendo un tronco en el aserradero me sirve de fabulosa metáfora respecto a como gesta sus películas. Soy un poeta, vivo con ello.

Cuando uno ve una película con cierta inspiración en hechos concretos del pasado, se espera que la realidad sea distorsionada y reconvertida para el espectáculo, pero lo de esta película es bochornoso. El señor Anderson piensa que los datos históricos y los hallazgos arqueológicos son cosas de ratón de biblioteca. Aquí hablamos de cine, amigos, de cosas que molan, de acción, espectáculo, de la MAGIA DEL CINE. Y si la magia consiste en provocar vergüenza ajena al profe de historia, pues adelante. ¡Escupamos sobre el mundo mientras bebemos kalimocho!

Hay ciertas cosas que entiendo y comprendo en el mundo del cine. Es más, acepto que las películas, o cualquier ficción, pretendan engañarme, gracias a esa suspensión de la credibilidad que se crea entre autor y espectador. De verdad, que entro en el cine dispuesto a creerme casi cualquier cosa. El problema empieza cuando los argumentos son tan poco consistentes y las tretas de mentiroso tan infantiles, que la sensación acaba por ser incómoda. Al final, te sientes como enfrente de ese amigo mentiroso compulsivo que todo el mundo tiene, al que acabas asintiendo con la cabeza con la mejor de tus sonrisas sociales, mientras aguantas un chaparrón de milongas y rezas por ser abducido por un crucero espacial lleno de Klingons en plena despedida de soltero.

Así me sentí a partir del minuto 2, y no fue antes porque estaba peleado con las palomitas.

Los que van a hacer el ridículo te saludan

Los que van a hacer el ridículo te saludan

No entras al trapo, no te tragas ni por un segundo una historia tan llena de clichés y cosas mil veces vista que hace que “8 Apellidos Vascos” parezca Guerra y Paz. Pones un poco de la infancia de Conan, relaciones de tensión sexual entre musculosos guerreros camufladas de camadería masculina, politiqueos imperiales, decadencia soft, y rematas la fórmula con un poco de plagio a Titanic. Y a rodar, caballeros.

Para que todo tenga un poco más de empaque, Anderson y sus esbirros se han hecho con un plantel de estrellas (aplausos y risas) que decoren la estafa. Tenemos nombres consagrados, como Kiefer Sutherland, que entre cancelaciones de series y que no se come un rosco desde que terminó 24, necesita estas bostas para pagar las facturas. Pone el modo “trabajo por un bocadillo” y se saca de la manga un malo malísimo de esos que dan entre grima, asco y risa. Tan plano y predecible que no se molesta ni en una defensa con dignidad de lo que pone en esa cosa impresa que llaman guión.

También se arrastra por ahí la pobre Carrie-Anne Moss, en un papel de madre comprensiva y preocupada. Me la imagino entre escena y escena llorando desconsoladamente en el hombro de un becario, mientras gime cosas como “¿Sabes que yo hice Matrix?”.

En el papel principal, Kit Harington. Lo mismo me gano el odio furibundo de una legión de fans, pero este tío es un desastre. Se ha acomodado en el papel de héroe compungido con cara lánguida, y es eso lo que da, pero sin pasión, sin fuerza y sin credibilidad. Eso sí, con abdominales perfectos. El asunto es que si se va a pasar la vida interpretando a Jhon Nieve en cualquier papel, le quedan dos telediarios.

La chica de la peli, Emily Browning, da la sensación de creerse lo que está haciendo, un poco más que el resto del reparto. Pero un poco.

Si, ya, pero no sabes lo complicado que es estar dos horas con la misma cara

Si, ya, pero no sabes lo complicado que es estar dos horas con la misma cara

Lo que nos lanza Anderson como si fuese un mono arrojando sus propios excrementos, es una historia de amor ridícula, forzada y sin sentido que sirve como miserable apoyo argumental a un pifostio volcánico de 40 minutos. Las leyes de la física, de la naturaleza o de la decencia se disuelven entre lava, tsunamis, barcos que se incrustan en edificios o bolas de fuego. Anderson no mete zombis porque alguien le dijo que no había maquillaje, que si no, también valen. Peleas de gladiadores sospechosamente parecidas a las de Gladiator, pues venga. Secundarios con la profundidad psicológica de un macetero, adelante; Caben y no molestan. Y así todo el rato. Hasta que te descubres a ti mismo haciendo la lista de la compra mental, a ver donde están más baratos los calabacines, presa del infame coñazo que sucede sin ritmo ni ideas hasta un final de escándalo. Cámara lenta que no viene a cuento metida con calzador en escenas de dudoso dramatismo se alterna con un montaje digno de muchas horas bajo los efectos de sustancias dopantes. Hay que decir que Anderson está más tranquilo que en otras ocasiones, pero es imposible que deje atrás años de estilo chabacano y excesivo. Las escenas de acción son dignas de estudiarse en las escuelas de cine como ejemplo de lo que no debe hacerse en una mesa de edición.

Entonces, se acaba la cosa. El final es un ejercicio de efectismo chantajista de tres al cuarto, que hace que la poca lógica que tenía la película hasta ese momento, definitivamente desaparezca sepultada por toneladas de autocomplacencia. Si lloras con el desenlace y tu pareja te deja a la salida del cine, no te sorprendas. De hecho, te lo mereces. Porque esto es de una memez hiriente tan bestia como llevar fotos de Abraham Mateo en la carpeta si tienes más de 16 años.

Cuando veo películas de Paul W. Anderson y su rendimiento en taquilla, me preocupo. Me siento dolido, porque el universo no ha puesto en su sitio a este sinvergüenza. Sus películas se traducen en éxitos, en salas repletas y cuentas corrientes llenas de dólares. Me cuesta mucho entenderlo. Y me lleva a otro debate interno sobre la capacidad que tenemos como espectadores de digerir mierda sin procesar, y que repitamos a menudo. En fin, eso quedará para otro momento.

Me da la risa porque me estáis haciendo muy rico, idiotas

Me da la risa porque me estáis haciendo muy rico, idiotas

Termino con otra ficción de cosecha propia sobre el señor Anderson, que en el fondo me inspira un montón. Me imagino una sonda espacial, de esas que de cuando en cuando mandamos a través del cosmos con la esperanza de que una especie inteligente encuentre la valiosa información sobre nuestro pequeño planeta al otro lado del universo. Sería algo genial que se mandasen las películas de Paul W. Anderson, con un mensaje añadido: “Esto es lo que algunos llaman arte. Otros dicen que es entretenimiento. Así es esta especie. Si no queréis saber nada de nosotros, lo entendemos. Si os apetece invadirno y eliminarnos como especie, también. Nos lo merecemos“.