Crimeportada
Publicado el 28 de octubre del 2014 por Capitan_Melenas en Cómic
Jack Kirby y Joe Simon: Crime

Hoy hacemos un poco de arqueología en viñetas, gracias a este estupendo recopilatorio. Y es que hay que ver lo mucho que ha cambiado el negocio del cómic americano desde aquellos años dorados, donde la concepción del medio era radicalmente distinta a la que tenemos hoy en día. El cómic es un negocio, un arte, una forma de narrativa con lenguaje propio… una definición compleja ganada gracias a mil cambios y reinvenciones que han otorgado a la narración secuencial su estatus actual.

Uno de mis casos reales favoritos contado por Simon y Kirby

Uno de mis casos reales favoritos contado por Simon y Kirby

Por supuesto, esta identidad se ha ganado con esfuerzo y trabajo de muchos implicados, incluyendo el excepcional aporte de grandes pioneros que dejaron para la posteridad las bases narrativas y artísticas con las que sus sucesores construirían universos enteros. Ahora toca rendir homenaje a dos de esos genios, que tanto hicieron por esta forma de contar historias, sencilla en apariencia, pero llena de matices y posibilidades. Hablamos de Joe Simon y Jack Kirby. No digo más que Kirby ha quedado para la historia del cómic con el sobrenombre de “El Rey”. Eso no se consigue dibujando grabatos, chicos y chicas.

De hecho, todos los aficionados con un mínimo de bagaje a sus espaldas reconocerán a estos dos autores como los creadores del primer Capitán América, antes incluso de que Marvel fuese conocida con tal nombre. Es más, Kirby, junto a otra leyenda de la industria, Stan Lee, se sacó de la manga lo que años después se conocería como La Edad de Plata de los cómics. Primero, los 4 Fantásticos; luego, Hulk, Thor, Los Vengadores, Silver Surfer, X-Men… todos los personajes y conceptos que significaron un nuevo modelo para entender el cómic de superhéroes, vigente  a día de hoy.

Pero antes de ese momento clave, Kirby ya era un reconocido dibujante, que con un estilo dinámico e impactante; recogía las innovaciones narrativas que en ese periodo daban mayor consistencia a las historias que se contaban en formato cómic. Técnicas extraídas del cine sacaban a los tebeos de su estatismo primigenio, y permitían a los artistas una libertad compositiva a la hora de plantear sus escenas, que convertía la lectura de un cómic en la trepidante experiencia en imágenes que hoy reconocemos.

El mercado del cómic, en aquellos años 50, poco tenía que ver con lo que conocemos hoy en día, como avisaba en la introducción. Aunque parezca un imposible para el lector actual, los cómics de superhéroes eran un género minoritario, que no gozaba de una gran acogida por parte del público, lectores que en nada se pueden identificar con el aficionado del siglo XXI. En aquellos tiempos, el cómic era un medio de gran calado social, con una diversidad inabarcable de revistas, colecciones y géneros destinados a distintos estratos de la sociedad. Por encima del sempiterno tipo enmascarado en pijama, el lector dirigía sus preferencias a historias de corte aventurero, romántico, bélico, de ciencia ficción o cómico. Eran decenas las editoriales dedicadas a la producción de cómics, y las tiras de prensa sindicadas eran auténticos fenómenos sociales.

Una ración de humor macabro marca de la casa

Una ración de humor macabro marca de la casa

Este modelo de negocio, abierta a diferentes tipos de historia dirigidas a públicos muy concretos, tuvo su reflejo, por ejemplo, en la boyante industria del cómic español durante la postguerra y el Franquismo. Sí, cuesta creer que este país el cómic tuviese algún éxito social o económico, pero ahí están los Capitán Trueno, Guerrero del Antifaz o hazañas Bélicas para recordar un tiempo dorado (a la sombra de un régimen fascista, pero esa es otra historia que molaría revisar en otro momento).

Aunque, si había un género que contase con los aplausos (y los dólares) de los lectores, era la reconstrucción de crímenes reales. Ahí es donde dieron en el blanco Simonson y Kirby.

Kirby sorprendía en cada viñeta gracias a la impactante mezcla de crudeza, movimiento y elegancia.El diseño de personajes y un ritmo bestial convertían al maestro en un dibujante todo terreno, capaz de adaptarse a cualquier género. Un dibujante soñado para cualquier guionista, en este caso Simon, encantado por esa confianza ciega en su compinche a la hora de elaborar sus guiones.

En este tomo se recoge la faceta de estas dos leyendas como narradores de historias truculentas de olor a pólvora y tugurios poco recomendables. La mayoría de estas historias son recreaciones de crímenes que conmocionaron a la sociedad americana, pero adornados para la ocasión por el buen hacer de Simon a la hora de dar vida a guiones que poco tienen que envidiar al más amarillista de los periódicos. Siempre con la sana excusa del divertimento, Simon y Kirby llenaron páginas de horribles crímenes, delincuentes comunes, mujeres fatales y ríos de sangre derramada. Para la sociedad de la época, los cómics de crímenes, entre ellos los perpetrados por esta pareja, eran la quintaesencia de los males de una humanidad decadente.

Kirby y Simon, genios trabajando

Kirby y Simon, genios trabajando

La popularidad de estas historietas sirvió para que las mentes bien pensantes de turno encontrasen en la violencia ficticia de la viñeta la cabeza de turco ideal para señalar con el dedo, como motivo desencadenante de la violencia real en las calles. Suele pasar que, en lugar de un análisis concienzudo de la problemática, el feliz encuentro con el culpable perfecto se salda con un episodio de censura que nunca soluciona la problemática, pero calma conciencias y gana votos. Ha pasado con el cómic, el cine, el rock… gente más aburrida, de verdad.

Una auténtica caza de brujas se instauró contra los cómics de crímenes y horror. En especial, el ensañamiento con los primeros, no dejaba de ser ridículo, porque detrás de esas historias llenas de tiroteos y muertes, se encontraba un mensaje bastante moralizador acerca de los peligros de una vida de crimen. Sin embargo, los inquisidores de turno ignoraron este hecho, y resolvieron el conflicto con la creación del infame Comics Code Authority, autocensura creada por la propia industria para evitar males mayores, que ha sido una lacra creativa hasta bien entrado el siglo XXI.

Esta censura fue importante motivo del despegue de los superhéroes de la edad de plata, ya que otros géneros más populares, quedaron lastrados por la nueva realidad de la industria y sus rígidos códigos morales. Por suerte, tantos años después, podemos disfrutar de aquellos cómics que escandalizaron tanto como divirtieron a una generación.

Quizá, a ojos del aficionado actual, más cercano a los estilizados modelos que vemos en los cómics modernos, el trazo de Kirby resulte un tanto tosco, pero detrás de esa aparente rudeza, se esconde un narrador de primera, que daba al cómic, en un momento de expansión, la identidad y la fuerza que necesitaba. Mirar las páginas de Kirby es tan enorme como el visionado de una gran película en blanco y negro. Por supuesto, sabes que en cuestiones técnicas está a años luz del cine de hoy, pero ahí están las grandes decisiones que han hecho de la producción cinematográfica el séptimo arte. Con Kirby, “El Rey”, y con otros tantos de sus contemporáneos, pasa lo mismo. Reconoces su magia en muchos de los autores que dieron la campanada en épocas posteriores, armados con todas esas herramientas artísticas ideadas por el bueno de Jack  para el medio.

Es una suerte que Diábolo Ediciones decidiese rescatar este gran tomo, una lección de clase y riesgo, prácticamente desconocida para los nuevos lectores (entre los que me encontraba). Ahora, a disfrutar.