Hobbit portada
Publicado el 22 de diciembre del 2014 por Capitan_Melenas en Cine
[CRÍTICAS] El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos

Sabemos que es navidad porque, entre otras cosas, nos visita un tipo regordete y barbudo, venido de tierras lejanas y rodeado de elfos y duendes. ¿Qué? ¿Santa cómo? No, hombre, no; hablo del inefable Peter Jackson, que nos trae bajo el brazo el cierre de sus andanzas por la tierra media. Por supuesto, se despida a lo grande. Tan a lo grande que La batalla de los cinco anillos se transforma con cada segundo de metraje en una especie de comparsa de carnaval demasiado iluminada, un exceso absurdo basado en la cerrazón de un director que no ha entendido su película, y se empeña en dar a su historia una categoría que no tiene, y que además no pide en ningún momento.

La batalla de los cinco ejércitos es el más maravilloso ejemplo del TIMO DE LA ESTAMPITA hecho cine.

¡Dame tu fuerza, Pegaso!

¡Dame tu fuerza, Pegaso!

Sólo hay una cosa en mente de los perpetradores de esta trilogía, y es el vil metal. Desde la concepción del proyecto, se adivinaba la megalomanía de los implicados, y que tarde o temprano las cosas se les irían de las manos. El Hobbit es un libro pequeño, con un pensamiento radicalmente distinto al que imprimió Tolkien en su posterior El señor de los anillos. Aunque los referentes narrativos son muy parecidos (el viaje del héroe y las tradiciones celtas), el famoso escritor se propuso el viaje de Bilbo de una manera mucho más ligera que la dramática saga en la que derivó toda esta historia. Para Jackson, no hay distinción posible. Se empeña en imprimir el mismo tono que en su anterior trilogía. No entiende lo que Tolkien, o el propio desarrollo de la aventura, pide como pilar básico.

Así que, para empezar, la saga del Hobbit es un fracaso absoluto como adaptación, alejada totalmente del espíritu de Tolkien (un modelo narrativo que, lo mismo me gano enemigos con esto que digo, debió nacer y morir con su creador). Voy más allá de enanos que parecen modelos de Calvin Klein o de historias de amor rarunas. Con eso puedo jugar, si a cambio me ofreces una gran película. Por desgracia, no es el caso.

Como decía al principio, la saga del Hobbit es un error de concepto. El material original en el que se basa no da, ni de lejos, para tres películas de tres horas más o menos. Así que, para que la cosa quede más o menos creíble, hacía falta la invención de subtramas, giros imposibles, y el estiramiento de momentos que, en otras circunstancias, apenas habrían tenido protagonismo. Esto conduce a una sucesión de rellenos y mucha paja narrativa, que el bueno de Peter Jackson nos quiere colar a base de lo que el entiende como magia del cine. El problema es que ya nos hemos visto todos sus trucos, vemos los conejos antes de que entren en la chistera, y la repetición de esquemas nos lleva a la sensación de deja vu constante, traducida en un tostón de mucho cuidado.

Lo nuestro no da ni para canción de Pablo Alborán

Lo nuestro no da ni para canción de Pablo Alborán

Ojo, que con todo, La batalla de los cinco ejércitos es mucho mejor que su predecesora, la infumable La desolación de Smaug (pocas veces en un cine he tenido tantas ganas de que se acabe de una vez una película). Jackson va más directo al grano, y una gran parte de la película se sostiene en una batalla que, por lo menos, mantiene el ritmo (a ratos). Pero que mejore respecto a la densa nada que ofrecía en su anterior entrega, no salva de la mediocridad a una película. En esencia, se cree mucho mejor de lo que es.

Para empezar, víctima de sus propios excesos, empieza con lo que debía ser el final de su anterior entrega. Después de casi tres horas de ir a ninguna parte, Jackson nos despedía el año pasado en pleno climax. Una jugada que corresponde a motivos comerciales que nada tienen que ver con la coherencia interna del filme. Podía haber quitado mucho del indigesto relleno para cerrar el conflicto contra Smaug, pero eso hubiese sido jugar limpio con los espectadores, y, amigos, Jackson no tiene el más mínimo respeto por nosotros. Es mejor ser un tipo muy chungo, de los que quitan caramelos a los niños, y deja en evidencia las vergüenzas del desastre que es el Hobbit desde el primer minuto de su primera parte. Tanto con el dragón, y se ventila el asunto en 15 minutos.

De traca.

Así que sumergido en pleno anticlimax por el tremendo tiro al poste que es la resolución del tema del dragón, te espera el resto de la película, que no remonta ese bache inicial ni con miles de orcos dándose para el pelo con la mitad de la Tierra Media. De nuevo, Jackson se mete con alegría en los mismo problemas que lleva arrastrando toda la trilogía; a nivel básico, que no hay material suficiente.

Jackson tira de dramatismo, de épica, de soluciones tan fantásticas como infantiles para lucimiento de sus pizpiretos elfos. Hace lo que parece que es lo único que sabe, y que proporciona la misma sensación que al beber dos litros de gazpacho. Escenas extendidas hasta la desesperación, sometidas a los designios de un director acomodado, incapaz de mirar más allá de su recetario habitual, hacen el trabajo sucio para que esta fenomenal chusta se mantenga agonizante durante dos horas y media. Cuando uno está aburrido de que cosas que se pueden solucionar en cinco segundos duren veinte, el director aprieta el acelerador, y empieza el recital de travellings, planos aéreos y panorámicas con mogollón de bichos en pantalla. Hacen de la batalla de los cinco ejércitos experiencia más cercana a una tarde de Playstation que a una película de verdad. Un plano rasante más, y me arranco las córneas.

El reno Rudolf puesto de esteroides

El reno Rudolf puesto de esteroides

El gran fallo de Jackson reside en pensar que lo válido para El señor de los Anillos, es aplicable a esta saga del Hobbit. Resulta que es imposible, porque la historia de Bilbo es mucho más pequeña. En lugar de aceptar esta condición, Jackson se monta un batiburrillo sin tono ni medida, que deriva drama innecesario y épica de más. No sé si el director se ha dado cuenta, pero con toda esta grandeza y excesos, banaliza hasta el ridículo todo su trabajo en El señor de los Anillos. Si a la escaramuza de esta película la vas a dar el mismo rango que a una bestialidad como la batalla del abismo de Helm, dice mucho del respeto con el que tratas a tus historias, me temo, y no es nada bueno.

Peter Jackson jugando al Civilización

Peter Jackson jugando al Civilización

Encima, aprovechamos la coyuntura para fliparnos más que nunca con Légolas, hasta un extremo en que nuestro rancio rubiales parece Luigi (que va de verde, tú) dando saltitos. Casi toda la película es una batalla que, como digo, no aporta nada a la imaginería que Jackson propuso en El señor de los Anillos. Remata la jugada con clichés, lugares comunes y la percepción por mi parte de  Jackson  como un niño grande jugando con sus juguetes.

Otro de los goles en propia puerta son las subtramas e invenciones del bueno de Peter para que su película no sea una sucesión de planos innecesariamente largos, que a veces parece que esto lo ha dirigido Isabel Coixet. El asunto del Nigromante, resuelto deprisa, corriendo, mal narrado, sin mucho sentido como entidad dentro de la película a no ser que te hayas leído el libro, y con más caca visual de la acostumbrada. Mucha “droja”.

Añadamos a la mezcla la relación más enfermiza de la historia del cine fantástico; el rollo elfa/enano, que da para categoría del Youporn, queda en otra espantosa idea mal resuelta, gasolina para poco inspirados discursos acerca del amor y de la pérdida, que a mí me dieron muchas ganas de potar. No hacía falta. De verdad que no.

Luis Cobos a tope

Luis Cobos a tope

Insostenible, dramática sin necesitarlo, sin tono y sin rumbo, repleta de personajes sin carisma ninguno que se atropellan en una trama en la que molestan. Porque esta última aventura de Bilbo se podía haber llamado Un montón de peña cabreada y un Hobbit que pasaba por allí. El pretendido protagonista de la historia se diluye entre tanto conflicto interior y viejas rencillas. Que en el libro hay un poco de eso, sí, pero Jackson lo acrecienta de tal manera hasta que Bilbo deja de ser un personaje y se transforma en una excusa para que la trama avance. Muy triste el trato que un personaje tan básico en la literatura universal recibe por parte de un director al que le importa muy poco lo que pase con sus caracteres.

Comodidad de director autocomplaciente, feliz en sus excesos aunque sean estos los que revientan una película que pedía a gritos ser más pequeña. Si eres muy fan de Tolkien, perdonarás sus pecados y disfrutarás del espectáculo. A mí, esta saga me ha convencido de lo escaso que es Peter Jacson en recursos. Es una suerte que en El señor de los Anillos los viésemos por primera vez, y no destrozase nuestra experiencia con sus repetitivos ticks. A estas alturas, ya no cuela. Peter Jackson es de la peor clase de director de cine, de esos que ignoran su historia, sus personajes, y los cambian por un vistoso envoltorio. Hay muy poco amor por el cine en esta película, más fórmula de la que estoy dispuesto a admitir.

Para lo que hago en esta peli, me quedaré aquí, viendo crecer le hierba

Para lo que hago en esta peli, me quedaré aquí, viendo crecer le hierba

Esta semana, el señor Jackson, en un acto de fariseismo sin igual, ha cargado (precisamente él), contra el modelo de Blockbuster, afirmando categóricamente que él nunca dirigirá una película de Marvel. Mi suspiro de alivio se ha oído hasta en Tombuctú. No le necesitamos, señor Jackson. Siga usted con sus mierdas. Yo me voy a ver Las Dos Torres, un recuerdo de esos momentos en los que este tipo era capaz de arrancarme alguna emoción distinta al aburrimiento.