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Publicado el 12 de enero del 2015 por Capitan_Melenas en Cine
[CRÍTICAS] Big Eyes

 Me gusta cuando los directores abandonan el ABC de su fórmula para adentrarse en terreno desconocido. Me encanta que me sorprendan, que me desafíen, que me reten como espectador. Es genial saber que ciertos directores, con un mundo propio tan cerrado y evidente, son capaces de una vuelta de tuerca a su propia visión del cine.

Burton ha decidido salir de las tinieblas. Deja atrás los artificios de diseñador de interiores siniestro, y se embarca en una película que, a pesar de todo, es burtoniana por los cuatro costados. Big Eyes puede ser muchas cosas, unas buenas y otras no tanto, pero la huella de su director está presente en cada plano de una película que, en el fondo, no es tan diferente a lo que el despeinado realizador ofrece en la idea de cine que maneja, tan icónica y reconocible.

Síiiiiiiiii, estoy como una chotaaaaaaa

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Burton deja el atrezo habitual para trasladarse a los años 50 y 60, una época que es esencial para entender gran parte de la estética que maneja en toda su obra. La clase media americana, embutida en la felicidad forzada de la perfección del sueño, ha sido defenestrada sin piedad en ocasiones anteriores. De hecho, en esta idea se basa su esencial Eduardo Manostijeras en la mayoría de su metraje, hasta que se transforma en su tramo final en un homenaje al Frankenstein de la Universal. El hecho de que Burton abandone las tinieblas no implica que salga disparado de su mundo,  y detrás de la colorida representación del San Francisco de la época se esconden las mentiras, las sonrísas cínicas, las fantasías destructivas y la locura.

Big Eyes nos cuenta la historia real de una de esas grandes estafas que sólo pueden ocurrir al otro lado del charco. Michael Keane se atribuyó durante años la autoría de los cuadros de su mujer, Margaret, unas extrañas obras protagonizadas por niños de enormes ojos. La popularidad de estos cuadros fue enorme, y los Keane acumularon una foruna gracias a las ventas de las propias pinturas y el merchandising relacionado (de hecho, Keane fue un pionero en este aspecto, y capitalizó la popularidad de la obra de su mujer hasta niveles enfermizos).

La historia real se convierte en la excusa pera que Burton fabrique una historia a su medida, repleta de personajes extravagantes y situaciones absurdas. La realidad de base se transforma en una ficción barroca y excesiva en la que el director se siente como pez en el agua, armado con toda la pirotecnia onírica y extraña de la que siempre hace gala, pero llevada a un nuevo nivel más anclado en el mundo donde nos movemos el resto de los mortales.

Burton, sin las ataduras estilísticas, nos recuerda algo que a veces queda sepultado bajo las telarañas; es un director de cine de muchos kilates. Fabrica una película en apariencia distinta, sin renunciar ni un segundo a sí mismo. Entre esa genialidad tras la cámara y su habilidad para el manejo de actores, Big Eyes ofrece grandes momentos de buen cine.

Pero hay un problema básico con Big Eyes. Es una buena película, pero no es una película genial.

Esperaba más de Tim Burton en modo explorador de su propia obra. Cuando abandona su

Tú no te preocupes, tonta, si a esto ahora lo llaman emprender

Tú no te preocupes, tonta, si a esto ahora lo llaman emprender

fórmula y se sale por la tangente, es capaz de lo mejor y de lo peor. De esas escapadas ha surgido la que es para mí, y con muchas creces, su mejor película, Ed Wood. Big Eyes intenta el retorno a ese modelo, y, aunque consigue una película notable, está a años luz de genialidades perpetradas por un director tan personal.

Big Eyes quiere ser una fábula feminista, la reivindicación del papel femenino en una época de roles inamobibles. Margaret es víctima, no solo de los engaños y tejemanejes de su marido. Lo es de una sociedad enquistada. Sus miedos no son tan diferentes de sus sueños, apocada e invisible en su propia pesadilla de éxito insípido. Entre medias, crítica al mundo del arte, al negocio y al mercadeo alrededor de la modernidad, y un puntito de comicidad siniestra de la que tanto disfruta Burton.

El problema es que la crítica queda sepultada por lo que realmente funciona en el mundo de Tim Burton. Margaret  se convierte en un personaje menor por culpa de su marido, Walter, un psicópata con todas las letras. Un camaleón social dispuesto a cualquier cosa por el éxito, interpretado por un magistral Christoph Waltz. Histriónico, desatado y enervante, ofrece un personaje cautivador (por canalla, no equivocarse), al que, por otro lado, quieres partir la cara desde el minuto uno. El personaje que realmente le interesa a Burton para esos paseos por el filo de los que tanto disfruta; la comedia negra y excesiva que es marca de la casa.

Aún así, Amy Adams transforma a Margaret Keane en una delicia de personaje, arrastrada a la descomposición personal por culpa del engaño. La evolución de la dulce ama de casa-esclava a guerrillera por el arte es fenomenal. Pero, como digo, Burton es un niño grande al fin y al cabo, y tiene sus juguetes favoritos. Cuanto más zumbado, mejor.

A alguien se le va la pinza

A alguien se le va la pinza

Metidos en faena, con una dirección sobresaliente y unos actores en gracia…¿Qué es lo que falla para que Big Eyes no sea genial? Pues que se tambalea en exceso, y al final no sé muy bien que clase de película es. Pasa del drama familiar a la comedia de enredos, con toques de thriller psicológico, cerrando el gango con una delirante sátira judicial. Entre eso, y que me da la impresión de que es larga de más, en algun momento Burton consiguió sacarme de su película. Big Eyes gusta, pero no emociona; falta algo, una chispa, un poco de alma. Y no, no es cuestión de que falten telarañas y catacumbas. Burton no necesita eso para ser genial, oh, joven gótico con camiseta de Jack Skeleton. Pero sea lo que sea, ha puesto un poco menos de lo habítual en la receta.

Big Eyes es un soplo de aire fresco en la carrera de Tim Burton. Me alegro de que salga de la comodidad, y, sin renunciar a sí mismo, nos ofrezca otro punto de vista de su cine. Porque esta película es mucho mejor que sus últimas incursiones en Burtonlandia; por ejemplo, su sosa versión de Alicia o la directamente insportable Sombras Tenebrosas. Es bueno recuperar a un grandísimo director absorvido por su propia estética.

Big Eyes es esencialmente Burtoniana. Porque la personalidad va más allá de disfrazar como un mamarracho a Johnny Deep.

PD: Danny Elfman no luce, y sorprende para regular. De los peores trabajos que ha perpetrado para sus habituales colaboraciones con Burton. La banda sonora se complementa con dos temas de Lana Del Rey, otra que ha descubierto la fórmula de temas llorones y actitud de niña lánguida moderna. La bajuna que me da esta muchacha, oye.