Terry-Pratchett
Publicado el 12 de marzo del 2015 por Germánico en Libros
Adios, Sir Terence David Pratchett!!! Adiós, Maestro!!!

¿Qué será lo que ocurre en el Disco, en esa gran Pizza geológica (pero sin anchoas), que hasta la gran A´Tuin llora? El gremio de Asesinos viste más negro que de costumbre mientras que el de Alquimistas aún sigue en su sitio. Lord Vetinari ha declarado luto oficial y se ha saltado su dieta de pan y agua para beberse un buen wishkey mirando al cielo. Los ladrones y costureras de Ankh-Morpork se han encerrado en sus casas, desganados hasta para sus propios negocios. Enanos y Trolls se consuelan mutuamente, mientras los demonios de las Dimensiones Mazmorra, junto a los Auditores, parecen más distantes que de costumbre. En el Tambor Remendado no hay risas, sólo gente silenciosa que bebe su cerveza aguada sin demasiadas ganas; los magos no cantan, no se emborrachan, ni tampoco celebran ningún banquete, ni un mísero pastelito ha sido pedido por ninguno de ellos; Rincewind no huye hacia ningún lado, y el Bibliotecario mira una estantería con gran pesar. Húmedo von Mustachen no tiene réplicas graciosas, Zanahora no se siente con fuerzas para ser amable y Adorabelle Dearheart no las tiene para ser cínica. Vimes lee un libro al pequeño Sam mientras fuma, distraído y melancólico, y mira por la ventana a un apesadumbrado Y Voy A La Ruina Escurridizo arrastrando los pies por entre los desgastados adoquines de la ciudad con un triste panecillo con salchicha dentro, al que mira desconsolado.

Todo cerrado, todo silencioso. Todo triste. En Ankh-Morpork, en Klatch, en Lancre, XXXX y en todo el Disco.

¿Qué será lo que ha ocurrido, que hasta ha requerido la presencia de Muerte, Binky y Susan? Ha ocurrido lo que muchos temían: Sir Terence David Pratchett, el Hombre del Sombrero, el Maestro, ha muerto. Y le han hablado en mayúsculas.

Ha dejado este mundo hoy, 12 de Marzo del año 2015, un día antes de un Viernes 13 (Se podría decir que ha sido su última broma), a los 66 años, en su casa, con su gato durmiendo en su cama y rodeado de su familia.

Con más de 50 libros en su haber, con una fantástica saga de la que tanto os he hablado por aquí, frikis míos, Pratchett ha sido y es uno de mis escritores favoritos. Recuerdo aquél verano en el que me decidí por fin a leer a tan insigne figura y me puse delante de sus libros diciendo: por dónde empiezo. Ahí llegó el consejo: Mort. Y Mort fue leído. Y lo disfruté, y lo viví. Y reí. A parte de ese momento devoré sus obras con hambre infinita, me gané las miradas extrañadas de otros pasajeros en un tranvía en Alemania, un aeropuerto en Suiza y un Metro en España cuando no podía contener la risa y una estruendosa carcajada me envolvía junto a las palabras de este hombre.

Pratchett no sólo se convirtió, para muchos de nosotros, en un escritor, autor de Buenos Presagios (junto a su amigo Neil Gaiman), ni de la Saga de Mundodisco, ni de la trilogía de los Gnomos o la teatrificada Nation. Pratchett se convirtió en algo más, un consejero, un Maestro, aquel que me (nos) enseñó tantas cosas que sería imposible enumerarlas todas. Nos dio grandes consejos, como que era mejor encender un lanzallamas que maldecir la oscuridad; nos instó a no fiarnos de los gatos, ni de las armaduras mágicas y que, por mucho que nos quisieran hacer creer, la pluma sólo era más fuerte que la espada si ésta era corta y la pluma era afilada. En mi caso, sus consejos fueron algo más allá. Porque él me enseñó que podía escribir grandes relatos e historias sin renunciar al humor, al cinismo ni a mi propia humanidad. Me enseñó que en el peor de los panoramas, que en el peor de nuestros momentos, una sonrisa y un chiste malo pueden curar todos los males o, al menos, ignorarlos lo suficiente como para seguir hacia adelante. El sentido del humor, frikis míos, eso que tanto escasea y que haría del mundo un lugar mucho más feliz.

Así que no, no tengo intenciones ningunas de derramar mis lágrimas; no hoy, al menos, frikis míos: Pratchett no se merece nuestras llantos. Pratchett se merece otra cosa, claro que sí, se merece nuestras risas, desde la sonrisa tímida que en ciertas ocasiones aflora a las escandalosas carcajadas que resuenan por toda la calle, pasando por esa sonrisa tonta que nos desdibuja en el rostro unos rasgos un tanto perturbadores  y que, de prolongarse el efecto, necesitaríamos cual Nobby Nobbs un papel que justificase nuestra pertenencia a la raza humana.

Ríamos, entonces. RÍAMOS EN MAYÚSCULAS, si llega a ser necesario. Cenemos hoy una salchica con panecillo y para después reservemos ese postre de banananananana (uno sabe dónde empieza pero nunca dónde acaba) que habíamos guardado para alguna ocasión especial, porque lo es: la Muerte no es como los impuestos, ella viene sólo una vez.

Y un huevo duro.

Qué diablos, bebamos algo de licor de manzana, o de casi manzana, mientras recordamos algunas de sus verdades, grandes como puños, y de su sentido del humor. Porque el cuerpo de Terry Pratchett habrá podido morir en este plano, pero no morirá para siempre. No mientras su recuerdo y sus obras sigan aquí para hacernos reír, disfrutar y soñar. No mientras una parte del disco permanezca con nosotros.

Que Muerte te haya hablado en mayúsculas, Maestro, y que Ío el Ciego te tenga en su gloria.

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