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Publicado el 2 de junio del 2015 por Germánico en Libros
Hablemos de Libros: La Princesa Prometida

5/5

Mi nombre es Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre, disponte a morir.

Hay frases que se graban a fuego en tu cerebro, que se adsorben al alma y la moldean como, seguramente, un día la venganza moldeó al bueno de Íñigo. Muchos de nosotros crecimos bajo la influencia de películas como Los Goonies, La Historia Interminable y, por supuesto, La Princesa Prometida. Muchos de nosotros, cada vez que se presentaba la ocasión de esgrimir un florete nos imaginábamos frente al Conde Rugen, el malvado hombre de seis dedos, y repetíamos el mantra de Montoya una y otra vez: y lanzábamos una estocada al hombro, y luego hacíamos una finta y atacábamos siguiendo las enseñanzas de Agrippa, y reculábamos con un Capo Ferro… y parábamos al darnos cuenta que, al fin y al cabo, estábamos luchando contra fantasmas.

Hace una semana me enteré de que aquella maravillosa película se basaba en el libro homónimo escrito por William Goldman.

Desde la creación del beso en el año 1642 a.C., ha habido cinco grandes besos que han sido catalogados como los más puros, los más intensos, los más apasionados de todos los tiempos… El primer beso entre Buttercup y Westley los superó a todos… Esta es su historia.

la-princesa-prometida_9788427039728Como comprenderéis, no dudé en un sólo instante en comprarlo (de la editorial Ediciones Matínez Roca, una versión deliciosa que incluye la novela inconclusa que continúa con la historia) y llevármelo a casa como si fuera el mayor tesoro de todos los tiempos. No me achanté al leer la contraportada, ni la frase en mayúsculas que preguntaba al posible lector si creía en el amor verdadero. Sinceramente, a mí Westley, Buttercup, el amor verdadero (qué será lo mejor que existe, pero prefiero los bocadillos de cordero… o los caramelos para la tos) y el ránking de grandes besos me importaba un comino (por no decir otras cosas más escatológicas): yo lo que realmente quería era ver, esta vez a través de unas deliciosas páginas impresas, al gran Íñigo Montoya repetir, una vez más, su sentencia. Quería volver a escuchar una nueva rima de Fezzik. Quería aventuras, frikis míos, aventuras apasionadas, magia, fuerza, amistad, venganza y amor. Quizá lo que realmente quería era volver a ser un niño.

Pero no sólo nosotros volvemos a ser pequeños, frikis míos. Además de envolvernos con su manto de historias y cuentos de gigantes, duelos, peleas y ratas gigantes en los Pantanos de Fuego o en la cima de Los Acantilados de la Locura, Goldman recuerda su infancia, aquella en la que su padre  le leía (omitiendo las partes aburridas sobre la historia, monarquía y costumbres de Florín) las historias de un escritor florinés muy prominente llamado Morgenstern  mientras él se recuperaba de una grabe neumonía. Goldman va incluso más allá y, durante la propia novela irrumpe para hacer comentarios del porqué de sus decisiones de cortar por aquí, o por allá, y de sus reacciones cuando era pequeño.

Todo una gran mentira, por supuesto, pero una mentira adorable, hay que reconocerlo.

He de reconocer que durante su lectura me he sentido como ese jovencito Goldmand al que su padre, todos los días, le lee partes del libro que cuenta la historia de una joven y bella dama llamada Buttercup y de su amor verdadero Westley, de cómo el taimado príncipe Humperdinck del poderoso  reino de Florín busca la forma de entrar en guerra con el vecino Guilder y recurre a tramas malévolas y maléficas en las que se ve envuelta Buttercup. He sentido el horror de La Máquina del Conde Rugen, hombre de confianza de Humperdinck. He creído escuchar las historias y recuerdos del maestro espadachín que busca al hombre de seis dedos, del gigante amigo suyo, proveniente de Turquía, cuyo nombre es Fezzik y de ese astuto siciliano que respondía al nombre de Vizzini.  Qué diablos, si hasta he buscado un carretillo, sí, exacto, ese que estaba junto al cuerpo del albino.

El libro es una delicia, un viaje a otra época en la que quizá necesitábamos menos y seguramente fuéramos más felices. La historia no es grandiosa pero cuenta con los mejores secundarios de cualquiera pueda soñar: Montoya, Fezzik e incluso Humperdinck, superan con creces a los aburridos Westley y Buttercup. Es divertida, amena, tiene todo lo necesario para una gran historia y, curiosamente, a pesar de conocer el final, hay momentos en los que vuelves a sentir esa angustia al creer que, al final, la vida no será justa. He disfrutado  mucho, frikis míos, he sentido cosas que hacía tiempo que no sentía leyendo un libro y el sabor final es de añoranza, melancolía curiosamente alegre y también de un poco de tristeza.

En fin, me despido de vosotros mientras ato mi negro antifaz con fuerza, envaino mi espada y comienzo la gran escalada que suponen los Acantilados de la Locura.

Sólo me resta decir:

Como desees.