Terminator-Génesis
Publicado el 14 de julio del 2015 por Capitan_Melenas en Cine
[Crítica] Terminator: Génesis
Terminator Génesis

Cómo entrenar a tu Terminator

Vuelve Skynet, la rebelión de las máquinas, los viajes temporales y los robots con mala uva. Vivimos una era cinematográfica que parece mezcla entre la nostalgia de una generación y la falta total de ideas que renueven el concepto de cine de palomitas y evasión. El mismo año hemos tenido el retorno de clásicos del taquillazo como Mad Max o los dinos de Parque Jurásico. Cómo no, otro de los mitos ochenteros tenía algo que decir al respecto, y los Terminator amenazan otra vez, a lo largo y ancho de la línea temporal.

¿Qué es lo que ha dado de sí la renovación de un concepto que ha sido machacado por secuelas infumables? ¿Ha recuperado la dignidad una saga vapuleada hasta el aburrimiento?

No. La respuesta es no. Un no irritante y lleno de hastío, las sensaciones que provocó en mí este enésimo insulto a aquel tiempo en el que se cambiaron las cosas con valentía, y, sobre todo, con buenas historias. Lo único que le voy a conceder a este Terminator es que ha conseguido algo que hace mucho no lograba una película: cabrearme (tomaros el siguiente punto y seguido como una pausa dramaticamente larga). Mucho.

Sarah Connor

Venga, haz otro chistecito sobre dragones, capullo

Terminator, la original, era en esencia la revisión del subgénero slasher que triunfaba en las pantallas de la época. En lugar de un pintoresco loco homicida con tendencia a la aniquilación de adolescentes chillones, se planteó la idea de un asesino cibernético e implacable. Además, se incluyó en la receta el viaje en el tiempo, el miedo evidente a la tecnología en pleno auge, un clásico de la ciencia ficción, y se revestía el conjunto con un apasionante contexto futurista y apocalíptico. James Cameron conseguía una magnífica fusión entre artesanía tradicional y tecnología punta para construir una pesadilla cibernética, con los efectos especiales puestos al servicio de la historia, auténtica locura mezcla de géneros. Además, se las apañaba para colarnos una historia de amor de trinchera absolutamente magistral, porque es creíble, desesperada y nada empalagosa. Un triunfo.

Terminator 2 nos daba más de lo mismo, pero encima incluía el aspecto emocional que pasaba muy por encima en la primera entrega, se adentraba en terrenos más filosóficos acerca de la naturaleza humana, e incluso permitía a Cameron ciertos momentos de lirismo violento e introspección (el sueño de Sarah Connor es de las mejores escenas que dio el cine de los 90. Así lo digo). De nuevo, deslumbraba a nivel técnico, pero, además, construía una sólida historia sobre redención basada en un oscuro optimismo. Lección de ritmo infernal del Cameron más intuitivo y menos endiosado que el actual. Obra maestra al canto.

T-3000

Efectos de la terrible ola de calor

A partir de ese punto, los productores empezaron a ver dólares en lugar de películas, y la saga se fué de las manos de manera apabullante. Terminator 3 está, sin duda, en el estercolero de las peores películas jamás estrenadas. Continuó la cosa años después con ese desastre lleno de buenas intenciones llamado Terminator: Salvation. Por lo visto, no era suficiente la pila de porquería lanzada contra dos referentes cinematográficos para el cine de acción moderno, y hacía falta un chorro más de inmundicia. Aquí está, chavales, otra decepción más a la lista. Aunque mira que soy ingenuo, porque ésta la deberíamos haber visto venir.

Terminator: Génesis pretende la renovación de todo aquello que funcionaba en la primera parte, pero sin dar en el clavo ni un segundo. Navega en aguas peligrosas, y naufraga sin posibilidad de salvación por la idea tonta de contentar a todo el mundo. La nostalgia de aquellos que crecieron con las primeras películas debe conectar con el ambiente de diseño perpetrado para el paladar de las nuevas generaciones, lo que genera un indigesto combinado de intenciones que no llevan a ninguna parte.

Reese

Soy más rápido que mi dignidad, nunca podrá alcanzarme

Lo terrible es que ignoran los grandes aciertos de sus ilustres predecesoras, y dinamitan el fabuloso pulso narrativo que caracterizaba las dos primeras entregas. Con un funcionamiento interno simple y efectivo, conseguían mucho más que esta innecesaria secuela. Todo ha sido reducido a un infantilismo preocupante, destinado al espectáculo visual vacío y burdamente autorreferencial. El homenaje al inicio de la saga queda en ridículo en el momento que empezamos a hablar de viajes en el tiempo dentro de otro viaje en el tiempo, Terminators que ya no sabes ni de donde salen, giros pensados para el impacto pero convertidos en sonoros “venga ya” por el que suscribe, y reducción al mínimo con penoso criterio.

Los personajes de la original tampoco es que fuesen caracteres extirpados de Ana Karenina, pero eran carismáticos, tenían un sentido, resultaban humanos y reconocibles. Eran ideales para lo que se requería en ese contexto. En este Terminator tenemos un Kyle reese transformado en un bobalicón calzonazos incapaz de encontrarse dentro de la película. No queda nada del superviviente desquiciado que todos recordamos. El ciborg interpretado por el tito Arnold roza la vergüenza ajena en varias secuencias que no vienen a cuento, y lo que funcionó de manera maravillosa en Terminator 2 (el ser sintético visto como figura paterna) aquí es escandalosamente azucarado y sacado de quicio. John Connor es el repelente niño Vicente, odioso de veras, y necesito una explicación urgente de la presencia del policía interpretado por J.K. Simmons. ¿Qué narices pinta en todo esto?

Si los personajes en general dan bastante ascopena, jamás perdonaré el destrozo perpetrado para la pobre Sarah Connor. Para mí, la historia de Terminator es la de Sarah. Al final, de lo que habla la saga es de una mujer que se convierte  en guerrera por amor; sacrifica su vida para que su hijo cumpla el destino que la paradoja temporal de su existencia ha decretado para él, una revisión bastante potente de la clásica historia del héroe místico vaticinado por oráculos. La evolución del personaje es de auténtico aplauso, de la despreocupada chica del montón a la madre/soldado al borde de la locura. Su viaje es la caída a los infiernos y la redención. Es lo que hace humana la trama de las dos películas originales. Y todo eso es por esos aciertos de casting que dan en el clavo por las circunstancias. Linda Hamilton no es precisamente la actriz definitiva, pero funcionaba de manera brillante como eterna chica de al lado, dando sensación de normalidad aplastante. Transformaba su aventura en algo todavía más identificable.

T-800

Con zapatillas no entras

Emilia Clarke está a años luz de eso. No hay evolución, no hay pasado, no hay normalidad ni curva de aprendizaje. Uno de los personajes femeninos más potentes de la historia queda reducido a un tío con tetas que dispara mogollón y corre mucho. Es un desastre mayúsculo, potenciado por una actriz muy limitada y cuya belleza casi extraterrestre no ayuda para nada en este caso. No me creo a Emilia Clarke en ningún momento. Podíamos salvar la papeleta si su relación con Reese fuese al menos algo intensa, pero la falta de química es desoladora. Jay Courtney está atrapado en su personaje, apenas aporta en la película salvo rebotar de escena en escena. Su sentido como protector queda desvanecido por la nueva naturaleza de Sarah. En lugar de aprovechar esa circunstancia y reconstruir al personaje, se le abandona a su suerte sin carisma ninguno y ensombrecido por sus compañeros de reparto.

El amor de Sarah Connor y Reese era desesperado, agónico. Literalmente, no había mañana. En esta película, esas emociones casi primitivas quedan reducidas a la tontería tipo Crepúsculo, en un juego con la idea de la predestinación amorosa.

Más Terminators, que tiene más modelos que una Barbie, y un adiós a aquel futuro terrible que nos vendieron. Aquel que nos presentaron en los sueños de Reese, repleto de soldados vestidos con despojos que caían atrapados por el fuego de máquinas de pesadilla. En esta película, nos topamos con el enésimo grupo de G.I. Joes hipertrofiados, con mucho filtro azul metalizado. Los recuerdos de una generación sepultados por toneladas de post producción.

¡Jamás permitiré que Cell me absorba!

¡Jamás permitiré que Cell me absorba!

Los responsables de esta película (muchos de ellos participaron en la concepción de la original) han olvidado lo sencillo que era todo, y lo bien que funcionaba. La rocambolesca complicación de la trama y los giros imposibles son el camino hacia la pérdida de la esencia de una película que pedía un retorno a las raíces mucho más serio y respetuoso que esta bobada. No hay más que ver lo que los guionistas entienden por sentido del humor y se entiende el desastre. La inexistente tensión sexual entre la pareja protagonista a base de chascarrillos sonrojantes y las tonterías a cuenta de la humanización del robot protagonista se atragantan, y acaban por enfadar más que divertir. No están acertados ni con la banda sonora . En este caso, música sobra en la mayoría de las escenas, y aporta más cantidad de nada a momentos de intrascendencia dolorosa. Algún que otro homenaje a la música original (imprescindible), pero en general  Crhistophe Beck  no ha sabido pillar el pulso a la película. Por lo visto, como todo el mundo.

Ni innova, ni ofrece la gran historia más grande que la vida que se esperaba. Ya hemos visto todos los trucos, no impresionan a nadie. ¿Otra persecución en una autopista? Por favor.

Terminator era tan grande que con una voz en off y un plano tan triste como un coche avanzando en la oscuridad hacia el futuro incierto decían más que toda esta basura tecnificada del 2015. No me canso de ver ese momento de Terminator 2. Porque me recuerda que se pretendía contar una historia. Terminator: Génesis no tiene intención ninguna de eso. Tan mal trata al espectador. Y eso no lo perdono.

Otro ejemplo notorio de que más no significa mejor.