Hellblazer-Azzarello
Publicado el 28 de julio del 2015 por Capitan_Melenas en Cómic
Hellblazer de Brian Azzarello: El infierno americano
El tomo que edita ECC

El tomo que edita ECC

Hellblazer es una de esas colecciones de las que todavía duele su desaparición. La reinventada DC renunció al subsello Vertigo, como tal, y algunos de sus personajes desaparecieron y otros fueron integrados al universo convencional de la casa. Ese fue el destino del bueno de John Constantine, que vio como su colección cambiaba de nombre y, además, entraba a formar parte del supergrupo de lo oculto de la DC, la Liga de la Justicia Oscura. Ya han pasado unos años para tener una perspectiva de esa adaptación del protagonista de Hellblazer a las exigencias editoriales, y podemos decir que el viaje ha sido poco menos que decepcionante. Aunque LJO ha mantenido el tipo y es una cabecera interesante, el buen rumbo de la colección se ha visto diluido por la obsesión de los responsables de la editorial con los cruces y sagas multitudinarias. Y, si hablamos de la colección de nuestro inglés favorito, lo que ya de por sí es un producto flojo queda todavía más tocado si comparamos las inocuas peripecias de Constantine hoy en día con todo lo que significó Hellblazer para el mundo del cómic americano. La impersonal serie de televisión ha acabado por deformar de manera evidente el legado de autores de primer orden que dieron sentido a una colección que siempre daba un paso más, y que encumbró a muchos escritores y dibujantes hoy considerados leyendas del noveno arte.

Hace ya tiempo que en esta web hablamos largo y tendido acerca de la evolución del John Constantine a lo largo de los años, y de manera muy inocente mostramos cierto entusiasmo por el regreso editorial del personaje dentro del Nuevo Universo DC (lo puedes leer aquí). En este artículo explicamos el origen del personaje tal y como lo planteó Alan Moore, su creador en las páginas de Swamp Thing, así que nos olvidamos de todo ese trabajo de arqueología y nos situamos en el año 2000, cuando Brian Azzarello se encarga de situar a este canalla en el siglo XXI. La cabecera, en ese momento, contaba a sus espaldas con casi 150 números, una cantidad bastante respetable. En sus viñetas se habían lucido tipos tan importantes como Garth Ennis o Warren Ellis que habían dejado el pabellón muy alto. Pero después de una andadura tan prolongada, la serie necesitaba un revulsivo que despertase el interés de los lectores, quizá ya demasiado acostumbrados a una forma determinada de entender la colección.

La carcel, auténtica jungla humana según Corben

La carcel, auténtica jungla humana según Corben

A priori, Azzarello es la última persona que debería encargarse de un cómic de contenido sobrenatural. Al fin y al cabo, demonios, ángeles, objetos malditos y oscuros hechizos son los grandes protagonistas de las aventuras siempre al filo de John Constantine. Azzarello viene del otro lado del espejo, de la realidad hiriente y salvaje. Es de esos escritores que va directamente a la sección de sucesos del periódico con el primer café del día. De ese truculento cuadro de nuestra sociedad extirpa Azzarello sus propios monstruos, inspirados en otro tipo de demonios, los que protagonizan infiernos más terrenales.

Pero Azzarello es un tipo listo. Hellblazer es algo diferente a otras series sobrenaturales, porque tiene un pie puesto en la calle. La crítica social y el devastador efecto de los años del Thatcherismo en Gran Bretaña son inherentes al espíritu de la colección. En muchas ocasiones, no hace falta mirar al abismo, puesto que el infierno ha encontrado su sitio en la niebla de los desolados callejones del Londres de los 80.

Ese es el punto de conexión entre un escritor de serie negra tan puro como Azzarello y la muy británica mala uva de la que siempre hizo gala Hellblazer. Así que el creador de 100 Balas se las apañó para que el mítico título luciese a su imagen y semejanza, llevando Hellblazer a su terreno. Para eso, arrancó a Constantine de su zona de juegos habitual, y lo trasladó a Estados Unidos, donde lo conduciría a través de un infierno personal por el corazón podrido de la América profunda. Los mitos y leyendas de un país pasan por el tamiz de un escritor sin piedad, siempre dispuesto a mirar al lado más sucio del sueño americano.

Como primer plato, Azzarello sitúa al embaucador inglés en una prisión de máxima seguridad, en la que construye un desgarrador relato carcelario en el que Constantine saca a relucir su faceta de superviviente nato. Una historia despiadada e inhumana, donde Azzarello ofrece un retrato de lo peor del ser humano. La capacidad innata para el odio y la falta de escrúpulos cuando la vida se reduce al mínimo conducen a un climax bestial no apto para mentes impresionables. Ilustrado con el trabajo de una leyenda como Richard Corben, esta saga inicial se descubre como la mejor carta de presentación para Azzarello y sus intenciones. El dibujo de Corben añade el toque de sordidez extra que acaba por redondear un espeluznante espectáculo que no deja indiferente.

Un país formado por leyendas

Un país formado por leyendas

Quizá este sea el problema de toda la etapa de Azzarello, que un comienzo tan brillante deja un tanto cojo el desarrollo del resto de la perversa odisea que el escritor propone para el legendario mago inglés a lo largo de los Estados Unidos. Lo que ocurre es que Azzarello maneja tan bien la larguísima trama principal de su propuesta que el viaje muta de manera tan radical en un momento dado que cada paso tiene sentido en la explosiva resolución de un conflicto que empezó años atrás, cuando Constantine era un pendenciero embaucador en la era punk de finales de los 70.

Lo que comienza como un viaje de redención en la búsqueda de cierta paz interior, poco a poco se transforma en una peligrosa internada en las tinieblas. La venganza se torna como el gran leit motiv de la etapa de Azzarello, hasta el punto de que, quizá, veamos unos de los momentos más desatados del escurridizo hechicero. Por el camino, Constantine se las verá con leyendas urbanas, supremacistas blancos, miseria moral y fantasmas del pasado siempre tormentoso. Azzarello dibuja con sus relatos el peso de las contradicciones de un país inmenso y lleno de claro oscuros, repleto de sombras hacia donde el escritor dirige su mirada. También viajamos a la juventud de John, donde todo el misterio tiene su origen, porque, como reza el dicho, puedes sacar al chico del barrio, pero no al barrio del chico. La visita al Londres de la explosión punk nos dará muchas pistas sobre los porqués de este viaje de John Constantine hacia el corazón de las tinieblas. El paso de Constantine por los Estados Unidos está siempre al filo que separa a los seres humanos de las bestias.

John también fue un joven rebelde

John también fue un joven rebelde

Azzarello trajo la polémica con su paso por la colección. Muchos no vieron con buenos ojos los cambios introducidos, ni encontraron interesante la reflexión sobre la América profunda que hay en toda la obra. Además, se puede achacar el que Azzarello disfrute demasiado de sus personajes secundarios y deje al propio Constantine de lado en aras de una coralidad desconocida en la serie. Los trazos de serie negra se hacen protagonista en detrimento de la densa y oscura mezcla de misticismo y realismo que definía la serie. La apuesta era arriesgada, desde luego, y, para ser sincero, he de decir que no es la mejor época de Hellblazer.

Pero es distinta, atrevida, sórdida e impactante. De esos cómics que pueden llegar a ser repugnantes, pero no puedes dejar de leer. Tanto es el espíritu destructivo de Azzarello que se atreve en el climax de la historia a un perverso juego con la propia sexualidad de Constantine, armado de ambigüedad y violencia física y emocional que dan empaque al destructivo intercambio de venganzas personales en las que se convierte la serie. Supongo que estos devaneos con el lado oscuro del alma no gustaron especialmente a aquellos que tenían ideas preconcebidas acerca del propio protagonista, pero hablamos de un tipo que no duda en tocar fondos muy turbios si la ocasión lo merece.

Como detalle, es curioso, además, la perversa decostrucción que plantea Azzarello de la mitología de Batman en los episodios finales. Los parelelismos entre el villano de la historia y el propio Bruce Wayne sorprenden, pero más lo hacen los pequeños detalles, incrustados con habilidad demoniaca por Azzarello (que seguro se lo estaba pasando en grande con el tema) para disfrute (o escándalo) del lector perspicaz.

Los límites de la pasión

Los límites de la pasión

A los lápices, aparte del trabajo de Corben en la citada saga carcelaria, la mayoría del trabajo recae sobre Marcelo Frusin, dibujante argentino que recuerda a otro compatriota suyo, Eduardo Risso (colaborador de Azzarello en 100 Balas), aunque el trabajo de Frusin no es tan arriesgado y potente. Cumple con notable su acercamiento al mundo de Hellblazer, gracias al equilibrado contraste entre luz y oscuridad. También aportan sus lápices Guy Davis o el reconocido Steve Dillon (Predicador), en una época en la que todavía ponía algo de interés en su trabajo. Mención aparte a las increíbles portadas de Tim Bradstreet, que son auténticas obras de arte.

En resumen, una etapa imperfecta, pero muy interesante. Dura, sin contemplaciones, sin esperanza. Se le puede a achacar a aAzzarello que es de los autores que más ha sacrificado de la propia esencia de Hellblazer para introducir el mundo propio del autor (quizá la misma crítica que se puede hacer de la precedente etapa de Warren Ellis). Pero por eso, precisamente, esta etapa de la legendaria cabecera es una experiencia única, con sus pasos en falso, sí, pero tremendamente poderosa. A lo mejor, el final peca de ser demasiado onírico para la bofetada de realidad cruda que ha manejado Azzarello número tras número, pero esto es Hellblazer. Con John Constantine, las cosas nunca son fáciles. A veces, no hay posibilidad de huir. Es entonces cuando todo arde. Puedes estar seguro de que John Constantine tiene la cerilla encendida.

ECC acaba de reeditar toda la etapa en un volumen único en tapa dura. Un tomo bastante voluminoso (preparad las carteras, chicos y chicas) que recoge en formato de lujo una etapa bestial (en todos los sentidos) de una colección que ya no volverá a ser lo que era.