Johan-Pirluit
Publicado el 17 de febrero del 2016 por Capitan_Melenas en Cómic
Johan y Pirluit: La flauta de los seis pitufos

A ver, queridos y queridas, que levante la mano el que no conozca a los Pitufos. Así me gusta, que tengamos claros los referentes culturales. Ya son varias generaciones las que han contado con estos simpáticos duendecillos como parte de esos inevitables recuerdos de infancia. En los últimos años, han sobrevivido gracias a las horripilantes películas perpetradas en Estados Unidos, con el CGI más hortera de la historia reciente del cine, triste legado para estos personajes, merecedores de mejor suerte como uno de los estandartes del cómic europeo. Sí, amigos, porque aunque su fama esté ligada a las series de dibujos y las películas, lo cierto es que los Pitufos tuvieron su génesis en el mundo de la viñeta. Y hoy, chicos y chicas, os invito a otro viaje en el tiempo de los que me marco de cuando en cuando, y nos trasladamos al lejano 1958, año en el que el mundo conoce la existencia de la famosa creación de Peyo.

¡A pitufar!

El tomo publicado por Dolmen que recoge esta aventura

El tomo publicado por Dolmen que recoge esta aventura

Ya he soltado el nombre de Peyo, el nombre con el que firmaba sus obras Pierre Culliford, creador de alguno de los hitos más recordados del cómic belga. Sin duda alguna, la escuela más importante y reconocida de origen europeo en esto de las viñetas, con estandartes del medio como Tintin entre sus aportaciones a la historia del cómic. En 1958, Peyo ya era un artista reconocido con bastante éxito gracias, sobre todo, a Johan Y Pirluit, las aventuras de dos jovenzuelos en un mundo medieval bastante amable, heredero de las novelas de aventuras, y del amor absoluto de Peyo por Robin de los bosques, la legendaria película de Michael Curtiz protagonizada por Errol Flynn. Lo que se convertiría en una de las obras maestras del cómic franco belga comenzó como una tira cómica protagonizada por el joven paje Johan, muy lejos en estética y pretensiones de lo que en unos años se transformaría en pieza clave del universo de Peyo. El autor publicó la primera tira de Johan con 17 años, y se inicia un periodo de aprendizaje y formación de el estilo propio que caracterizaría el personal y reconocible trazo del creador de los Pitufos.

Vamos a dar un salto en el tiempo. En 1958, Johan ha dado el salto al formato álbum, y sus aventuras gozan de una complejidad muy diferente a las simpáticas pero simplonas tiras en las que el personaje se dio a conocer. Tras 8 aventuras completas, las cosas han cambiado bastante para el joven paje Johan, ya que comparte cabecera con una nueva creación del genial dibujante belga, el travieso Pirluit. En el tercer álbum de las aventuras de Johan, El duende del bosque de las rocas, este divertido personaje se cuela en la vida de este valiente joven, y sirve de contrapartida cómica al héroe clásico que representa el paje. Pronto, precisamente por la capacidad para el gag de un narrador de primera como Peyo, Pirluit se ganó el corazón de los lectores y casi que quitó protagonismo al propio Johan.

A esas alturas, el estilo de Peyo había llegado a su momento álgido, dejando muy atrás aquellas primeras incursiones en el mundo de la viñeta. Trazo más definido y expresivo, el dibujo muestra la madured de un artista que había conocido no pocas dificultades en el camino (entre otras, una invitación de Herge, creador de Tintin, a visitar una escuela de arte tras ver algunos de los dibujos del Peyo principiante). Además, con esa notable mejora a lo largo de los años, el autor había conseguido trasladar a sus cómics otra influencia primordial en su formación, las películas de animación de Disney. Su época como proyeccionista de un cine de barrio durante su juventud también se dejó ver a lo largo de los años, puesto que su pasión por el cine formaba parte de su puesta en escena y del dinamismo de su propuesta, con una intuición sobresaliente a la hora de elegir planos y puntos de vista. Peyo se mostraba como un narrador superlativo, un auténtico maestro en el arte de contar historias en imágenes, habilidad que acrecentó en su dominio de todos los aspectos del lenguaje del cómic a la europea. Tan seguro estaba de las posibilidades de su estilo, que rompió incluso con la clásica composición de página “en gofre”, y se atrevió a jugar con las viñetas de manera audaz para le época. El atrevimiento se traducía en un aspecto mucho más atractivo en el resultado final, rompedor con la composición casi uniforme del cómic belga. Por si esto fuera poco, estaba a punto de dar la campanada definitiva a su carrera, con la creación de unos extraños duendes azules, que se comunicaban en un no menos particular lenguaje, y que convertirían a Peyo en un autor conocido a nivel mundial. El octavo álbum de las aventuras de Johan y Pirluit ha quedado para la historia como el nacimiento de los Schtroumpfs, como fueron conocidos en su bélgica natal. Aquí, en nuestro terruño, quizá os suene más el nombre de pitufos.

Un lugar muy pitufo

Un lugar muy pitufo

La Flauta de los seis Pitufos es una sencilla historia con objeto mágico de por medio, una flauta que tiene la habilidad de hacer bailar a cualquiera que escuche el sonido del instrumento. En esos momentos, Pirluit ha descubierto su vocación por la música… vocación que, por desgracia para el resto de los habitantes del castillo, no se acompaña del talento necesario. Los terribles ruidos que arranca a los instrumentos que caen en sus manos traen por la calle de la amargura a las víctimas de sus delirios artísticos, y todo empeora cuando, por casualidad, la flauta mágica se convierte en su nuevo juguete. Si o tenían suficiente con los ensayos, los desgraciados habitantes del palacio se verán ahora castigados por las travesuras de Pirluit, armado con el mágico instrumento. Pero, claro está, la flauta acaba en manos del villano de turno, que tiene intenciones muy oscuras para las fantásticas posibilidades del instrumento. Johan y Pirluit se ven obligados a viajar al país maldito para encontrar a los legendarios Pitufos, los auténticos creadores de la flauta, para así desmantelar los planes del malvado Tochesac.

Los Pitufos de entonces poco tenían que ver con los dulces personajes que han quedado en la retina de los espectadores y lectores de todo el mundo. El diseño era más tosco y carecían de personalidad, ya que el único que parecía marcar la diferencia era el Gran Pitufo (que se conocería con el tiempo como Papá Pitufo). Eso sí, desde el primer momento su particular idioma queda como esencial para entender el éxito de los duendecillos, y, por supuesto, como base para la mayoría de los gags ideados por Peyo durante las páginas en las que Johan y Pirluit visitan el pueblo Pitufo. Por cierto, situado en un lugar bastante hostil llamado el País Maldito, nombre nada evocador y que con los años dio lugar a un entorno bastante más amable, cuando estos entrañables personajes consiguieron un título propio.

Los héroes pitufadores

Pirluit y su “genio” musical

Auténtico clásico del cómic infantil, La Flauta de los seis Pitufos supuso un éxito fulgurante, que incluso fue llevado a las pantallas de cine con un clásico animado del mismo nombre. En aquella época, la industria belga de la animación aspiraba a competir con los mercados punteros de Estados Unidos y Japón, pero, a estas alturas, ya sabemos que quedó todo en un hermoso sueño (aunque con algún éxito que otro, aparte de los Pitufos de marras). El éxito de sus creaciones azules significó el empujón definitivo a la fama de Peyo, pero como contrapartida, la fama de los Pitufos vampirizó al autor, que abandonó la mayoría de sus creaciones en manos de otros artistas, incapaz de mantener el ritmo de trabajo si quería capitalizar el éxito de estas criaturitas clónicas. Peyo se embarcó en un sueño de juventud, su propia revista de historietas, capaz de competir con los clásicos incontestables de la viñeta belga, como Spirou, al mismo tiempo que empezaba a publicar las primeras aventuras en solitario de los Schtroumpfs. El éxito eclosionará años después, con la emisión de la célebre serie de dibujos animados, que extendería la fama de los duendecillos belgas a nivel mundial. El resto es historia.

Por suerte para los lectores, la editorial Dolmen lleva tiempo rescatando algunas maravillas injustamente olvidadas del cómic centro europeo, entre las que se incluye Johan Y pirluit. Editados en tomos de auténtico lujo, la labor de los editores de Dolmen va más allá del simple recuerdo nostálgico. Los tomos que nos ofrecen son un auténtico encuentro entre generaciones, ya que sirven para aficionados a la historia de las viñetas para contextualizar la obra, gracias a sus magnífico trabajo en los estudios teóricos que apoyan la edición, al mismo tiempo que lectores de todas las edades pueden disfrutar del magnífico universo de Peyo. Imprescindibles, llenos de cariño y amor por el cómic, espero que sean algo más que una excusa para volver a ser niños para los que ya no cumplimos los 20 (ni los 30, me temo), y que los lectores de cómics del mañana tengan también aquí su punto de arranque.

Más allá de la anécdota pitufil, Johan y Pirluit merece ser redescubierta por sus propios méritos. Es divertida, entrañable y llena de la fuerza del universo de Peyo. Un tipo que fue el creador de los pitufos, sí, pero que, sin duda, es algo más.

En estas páginas descubrirás la razón.