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Publicado el 25 de mayo del 2016 por Germánico en Libros
Hablemos de Libros: La Corona del Pastor.

La-corona-del-pastor-Portada - copiaHay libros difíciles de leer. Esta dificultad no reside en un vocabulario extraño, una historia pesada o un tema incomprensible; no, no es eso, frikis míos. Hay libros que se hacen difíciles de leer porque son los últimos. Cuando la novela nº 41 de Mundodisco escrita por Sir Terence David Pratchett salió a la venta, no dudé un solo instante en ir a mi librería habitual y comprarla para sentirla entre mis dedos.

Y eso fue lo que hice, sentirla. Durante unos segundos que pudieron parecer eones observé la portada protagonizada por Tiffany Aching los Nac Mac Feegles, el gato de Ceravieja y las montañas de la Caliza o de Lancre. Casi con miedo comencé a abrirlo, pasé la primera página y me encontré con unas palabras de despedida de parte de autores como Gaiman, Martin, Abercrombie, Sanderson, Rothfuss y Brooks.

Leí aquellas palabras dedicadas al maestro y he de seros sincero, una lagrimilla rebelde atentó contra mi control y quiso escaparse de mi férrea (de hierro para evitar la sucia magia de los elfos, el Glamour) voluntad. Con las mismas, volví a cerrar el libro. Al día siguiente volví a él y llegué hasta la dedicatoria:

Dedicado a Esmeralda Ceravieja. Ojo por dónde andas.

No pude continuar. Hice el intento de leer el prólogo, al menos el título, pero no pude. Era imposible. Aquello que tenía entre mis manos era el último libro de Pratchett, la última entrega de esa saga que me llevó a sentir mío aquel mundo loco y revuelto. Era su último regalo, el final de un camino que no estaba dispuesto a dejar de recorrer. Sí, podría releer antiguas novelas, ir poco a poco coleccionando todos aquellos extras como el Atlas del Mundodisco y, por supuesto, me quedarían los sueños. Pero no volvería a ir a la librería con la ilusión de tener en mis manos lo último del Maestro, no habría novedades, no habría más historias ni de Tiffany ni de Vetinari, Vimes, Susan (Ay, mi Susan) ni Rincewind. No al menos escritas de su mano.

Era un hecho que no estaba dispuesto a enfrentar. No quería. No podía.

Así que dejé el libro sobre mi mesilla y todas las noches, cuando me acostaba, dejaba caer mi mirada sobre la portada; había días en los que incluso llegaba a sostenerlo entre mis manos a punto de darle comienzo pero, al final, no conseguía salir de ese bucle en el que me encontraba.

Hasta hace un par de días. No sé si es que me encontraba con los ánimos suficientes o que la valentía había venido a mí perdida y tras darle cobijo y marcharse dejó virutas de bravura remanentes en mi alma, pero me decidí a leer La Corona del Pastor.

Y aquí va la última reseña del último libro de Mundodisco.

La Corona del Pastor es el desenlace de la saga de Tiffany Dolorido (Aching, Weh, que ya no sé ni en qué idioma leo), la cumbre de la saga de las Brujas (porque esta novela estará protagonizada por Tiffany pero es una novela, sin lugar a dudas, de esa Bruja que hacía que los enanos fueran por la otra parte de la montaña, aquella mujer que enamoró a un Archicanciller de la Universidad Invisible, la misma que escribía “No estoi muerta”, la que mantenía a raya a elfos, trasgos, fantasmas y hadas madrinas: Esmeralda Ceravieja) y de Mundodisco en general. Me encantaría contaros todo lo que he sentido leyendo, todas las tramas, todos los puntos que se van sucediendo pero habría tantos spoilers… Así que resumiré la trama en dos: Tiffany Dolorido ha de consagrarse como bruja y como la líder que las brujas no tienen. Esa chiquilla que un día ya muy lejano se adentró en el Reino de las Hadas armada con una sartén de hierro y una voluntad tan robusta como su tierra,  debe aprender a seguir su propio camino, a confiar en ella y a liberarse de todas las dudas… porque ella es la arpiña de los Nac Mac Fleeges, es la Bruja de la Caliza. Ella es, simplemente, Tiffany Dolorido, la que puede invocar a Trueno y Relámpago,  aquella que hemos visto crecer en las cuatro entregas anteriores y, cada vez, erigirse como alguien a tener en cuenta. Porque esta vez tiene que, simplemente, convertirse en lo que ya es.

Por otra parte, los elfos, esas criaturas que hemos ido conociendo a lo largo de los libros de Mundodisco y a los que no les hemos ido teniendo aprecio precisamente (Yo le pedí a Jason Ogg que me hiciera una herradura de hierro, para proteger mi casa), están decididos a regresar y darles a los humanos lo que se merecen. Si bien su reina aún se lame las heridas de su último encuentro con Tiffany, uno de los lugartenientes, Flordesguisante, está empecinado y trama la entrada triunfal en Lancre y la Caliza ahora que parece ser que las defensas están bajas.

La historia arranca con una muerte. Muerte aparece como en todas las novelas anteriores (Salvo Pequeños Hombres Libres) y habla en mayúsculas. Charla con su víctima como si fuera una vieja amiga y a la vez un admirador y en esta escena, de una fuerza increíble, no pude pensar que, de algún modo, aquella despedida era la despedida de Terry.

Pero igual que hay quien muere, asistimos también al nacimiento de un personaje que podría haberse convertido en protagonista de, si no de una saga propia, de al menos otro par de novelas. Os hablo de Geoffrey, una especie de reverso de Eskarina puesto que él, que bien podría ser mago, lo que quiere ser es bruja. Y no nos olvidemos de su curioso carnero, ese que sabe contar e ir al excusa él solito.

Durante las páginas de la Corona del Pastor volveremos a saber de Preston (chico que se fue a estudiar medicina a Ankh-Morpork y con el que parecía que Tiffany tenía un entendimiento), sabremos de nuevo de personajes como Ceravieja, Margrat, Tata Ogg, Mustrum, Hex y Ponder, la señora Proust, Petulia, Verence, la Kelda, Rob Cualquiera… viajeremos de Lancre a la Caliza, y de allí haremos una pequeña incursión en Ankh-Morpork. Incluso se mencionará en algún momento a Lord Vetinari y a la Guardia. Mientras lees sientes que todos los personajes revolotean alrededor de cada palabra, como si en el fondo el Maestro supiera que después de ésta no habría más, como si fuera su propio adios.

Hay nostalgia, muerte, despedidas y la sensación de que uno se queda sin tiempo. Hay inquietud y tranquilidad, paz interior. Si bien las anteriores novelas del Maestro hablaban de una Oscuridad, sí, en mayúsculas, de la bestia que crecía en todos, de espíritus que buscaban controlar tu cuerpo y tu alma, aquí hay serenidad. Hay aceptación.

Señora Ceravieja, la echaremos de menos.

Señora Ceravieja, la echaremos de menos.

No es una novela divertida, no al menos al nivel al que estamos acostumbrados. El humor queda en un segundo plano; las carcajadas dejan paso a sonrisas tristes y repletas de melancolía. Es un adiós o, mejor dicho, es un hasta luego. Porque si algo sabemos todos los que amamos al Hombre del Sombrero es que, a pesar de el sabor agridulce que La Corona del Pastor puede dejar en nuestro paladar tras disfrutar de todo lo que ella supone es que ésto, ÉSTO, jamás será el final.

Y feliz Glorioso 25 de Mayo.