XMEN-Alpha
Publicado el 27 de mayo del 2016 por Capitan_Melenas en Cómic
La Patrulla X: La era de APOCALIPSIS
Patrulla X en la era de Apocalipsis

Los hombres X de un tiempo extraño

Es curioso dar una vuelta por el pasado, sobre todo con obras tan controvertidas como la que hoy os traigo. La llegada de Apocalipsis a los cines ha puesto en el punto de mira a este particular villano de la mitología mutante, el más poderoso al que se han enfrentado los Hijos del Átomo en la pantalla. Pero, claro está, En Sabah Nur, nació en las páginas de X-Factor, allá por 1986, dejando claro desde el principio que no se parecía a ninguna otra amenaza a la que hubiesen hecho frente los alumnos del profesor Xavier. Su inmortalidad le ha concedido una visión bastante peculiar de cómo funciona el mundo y el papel de los mutantes en él, transformándolo en un fanático obsesionado con la idea de la supervivencia del más fuerte. A lo largo de los años, ha influido de manera dramática en la historia del mundo, y no son pocos los personajes que han visto alterado su destino al cruzarse en el camino de este ser lleno de odio. Nathaniel Essex (¿Os suena el nombre a los que habéis visto la peli?) se convirtió en Mr. Siniestro tras el encuentro con Apocalipsis, y el personaje conocido como Ángel cambió considerablemente su aspecto y estatus tras someterse al mutante inmortal y aceptar el puesto como uno de sus jinetes. Desde su creación por parte de Louise Simonson, Apocalipsis fue un villano recurrente en las aventuras de los mutantes entre finales de los 80 y buena parte de los 90, protagonista de algunas sagas definitorias de aquellos años. Hace ya tiempo os hablé de La Canción del Verdugo, donde compartía podio en la galería de malosos con el muy exagerado Discordia. Pero si hay una saga donde Apocalipsis brilló con más fuerza que nunca fue en esta macrosaga que hoy os presentamos, un antes y un después en la historia de los cómics, para bien o para mal.

Arma-X en la era de Apocalipsis

Arma-X, la versión de esta realidad de Lobezno

La Era del Apocalipsis surge en una época convulsa en la historia del noveno arte. La industria entra en barrena, las ventas se desploman, y la aparición de editoriales independientes como Image ponen en jaque la hegemonía de las grandes del medio, Marvel y DC. Especialmente en La Casa de las Ideas, la sangría es espectacular. Los cómics que editaba en aquellos años 90 nos dejan para el recuerdo algunas de las etapas más olvidables de los personajes que pocos años antes reventaban las listas de ventas. La falta de ideas y los palos de ciego eran la nota dominante en un giro claro hacia el efectismo y la mediocridad. Lo curioso es que, en medio de aquella debacle, la franquicia mutante mantenía unas cifras de ventas bastante por encima de la media. Esta rareza tenía su origen en el éxito de la serie de dibujos dedicada las correrías de los alumnos de la escuela Xavier, perfectamente orientada para nuevos lectores fascinados por las posibilidades de la mitología mutante. Eso y la habilidad de Bob Harras, el editor jefe de las colecciones mutis, para transformar en oro hasta el cómic más hediondo. La polémica estancia de Harras al frente de la oficina X dejó para el recuerdo una época mediocre en lo artístico, pero definitoria para el cómic de los años venideros. Las grandes sagas que prometen cambios definitivos en el universo de turno son un clásico del medio desde las lejanas Crisis en Tierras Infinitas de DC. Con la Era de Apocalipsis, Harras y su equipo llevaron este concepto a nuevos niveles, sobre todo en los aspectos comerciales que rodearon la edición de la saga. El universo Marvel desaparecía de un plumazo y era sustituido por una realidad completamente nueva, perpetrada para la sorpresa continua del lector a base de una reinvención de los personajes de siempre.

La historia comienza en la colección regular de la Patrulla X, en pleno ataque de ira de Legión, el hijo del mismísimo profesor Xavier. Tras años en coma intentando controlar sus inmensos poderes mentales, recupera la conciencia con una misión clara: eliminar a Magneto, auténtico culpable de que el sueño de convivencia pacífica del mentor de los X-Men nunca se cumpla. Se las apaña para viajar 20 años atrás en el tiempo, en una época en la cual Magneto todavía no respondía a ese nombre, y era un superviviente llamado Magnus. Es más, compartía amistad con Xavier, y ambos se interesaban por el entonces desconocido fenómeno mutante. El desatado joven acaba por provocar el fin de la existencia al matar a su propio padre, el profesor Xavier. Esto implica que nunca creó la escuela para jóvenes talentos, ni reunió a la Patrulla X, ni, por supuesto, concibió al propio Legión, que desaparece engullido por el nuevo universo que crea su ira.

Este incidente fatal provoca una sucesión de hechos que diferencian de manera brutal lo que conocíamos hasta ahora de la historia mutante. Lo más dramático, el ascenso de Apocalipsis al poder, puesto que nunca existieron los X-Men para detenerlo. El inmortal dictador impone un modelo de sociedad en el que los seres humanos están destinados a la escala más baja, mientras los mutantes luchan entre ellos por la supervivencia del más fuerte, tal y como deseaba el propio Apocalipsis. Los mutantes que se oponen a la crueldad de En Sabah Nur viven en pequeños grupos clandestinos, siempre al filo. El propio Magneto, inspirado por su viejo amigo Xavier, dirige a los supervivientes para derrocar a Apocalipsis e instaurar el sueño del hombre arrancado de su propia historia.

Pícara y Gambit en la era de Apocalipsis

Jo, tía, con lo que se querían estos dos

La verdad es que la propuesta era arriesgada y, a priori, espectacular. Las colecciones de Marvel desaparecieron y fueron sustituidas por títulos completamente nuevos, que nos presentaban a los protagonistas habituales enmarcados en esta realidad dirigida por el puño de Apocalipsis. Algunos de los antiguos héroes se presentaban como villanos, o por lo menos situados en posiciones que nunca hubiésemos esperado. Para los lectores de la época, se abría un mundo de posibilidades, excitante y sorprendente. Por lo menos en teoría. Las ideas que sustentaban La Era de Apocalipsis eran buenas, sí, pero si hablamos de la ejecución sobre el papel, eso es otro cantar.

El gran problema de esta saga fue el propio editor, Bob Harras, un tipo con gran olfato para los negocios, pero que ignoraba cualquier atisbo de disidencia en su feudo editorial. Obsesivo y controlador, Harras tenía muy claro en su cabeza lo que pedía el lector; según su perspectiva, los que compraban cómics se conformaban con tramas simples y efectivas con portadas holográficas. Una reducción totalmente superada, pero que condenó a las producciones Marvel durante una década entera. Lo triste es que contaba con un equipo muy competente, lleno de jóvenes talentos mezclados con gente de la casa, que conocía de sobra la franquicia. Harras impuso su criterio, coartó cualquier arrebato creativo de sus subordinados, y además imponía a su favorito, Scott Lobdell, como base del proyecto. Lobdell es, de lejos, uno de los peores escritores de cómics que se ha paseado con un procesador de textos por las oficinas de Marvel (y DC, que al loro con sus Nuevos Titanes o lo que ha hecho con el pobre Superman). Andaba por allí un plantel de lujo, como Warren Ellis, o un primerizo Brian K. Vaughan, o pesos pesados como Fabian Nicieza. Pero el peso de las historias principales recaía en Lobdell, lo que dejaba las aspiraciones de los escritores de otras colecciones afines supeditadas a las necesidades del desarrollo planteado por Lobdell y Harras desde la sombra.

En los tableros de dibujo, vemos a gente que estaba a punto de dar la campanada al lado de otros artistas ya confirmados; talentos como Chris Bachalo (posiblemente, mi dibujante favorito) o Salvador Larroca, Joe Madureira (que nos dejaba bocas a los jovenzuelos de entonces por su mezcla de cómic americano y la novedad del manga en su estilo) o Tony Daniel, que ya mostraba una tendencia irritante al dibujo de dientes apretados. Hay cosas que no cambian.

El malo de la película

El malo de la película

En su momento, la primera vez que leí La Era del Apocalipsis, me gustó. Mucho. Era algo que ponía a los cómics en nuestra sintonía, en lo que necesitaba un chaval de 15 años como era entonces. Con los años, odié a muerte esta saga, por lo que representaba, por ser tan idiosincrática de una época nefasta de ideas mal resueltas y efectismo barato. Ahora, que uno ya es abuelete reflexivo, he encontrado un punto intermedio con este huracán comercial que montó Marvel a mediados de los 90. Ni es una obra maestra, ni el horror innombrable que tenía en mis recuerdos. Teniendo en cuenta alguna de las idas de pelota que nos han ofrecido cualquiera de las grandes editoriales, La Era del Apocalipsis gana valor por su esencia pionera, a pesar de sus muchos errores. En sus páginas vemos de manera evidente el pulso de los cómics que vendrían a lo largo de la siguiente época, en la que el dibujo era el gran protagonista, en detrimento de la narrativa. La ruptura con la viñeta, el uso del texto en la página, las proporciones de los personajes, la mezcla de géneros y tendencias… la saga es un recorrido por lo mejor y lo peor de una década.

Panini edita en dos tomos la saga completa, con todas las series relacionadas con el evento y jugosos extras que harán las delicias de los fans mutantes, y de este pedacito de historia en particular. Es una buena forma de recuperar la saga para nuevos lectores, o, si eres de los que ya peina alguna cana y viviste la edición original del experimento (por la extinta Forum… que tiempos, oiga), es el momento de revisar algo que, admitámoslo, en su época nos hizo pasar un gran rato.

Los cambios que no llevan a nada son nota dominante en el género de superhéroes, las cosas como son. En aquellos días, todavía no era el lugar común donde la indsutria quedo varada. Bendita inocencia.