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Publicado el 23 de febrero del 2017 por Capitan_Melenas en Cine
Galaxias a 0,60: La resaca de Star Wars

Sí, amigos, el bueno de George Lucas y su loca pandilla cambiaron la forma de hacer, ver y vender cine. La leyenda de Star Wars tiene su génesis en un proyecto por el que nadie daba un duro. Todo el mundo implicado en la producción daba por hecho el resultado catastrófico de aquel invento ideado por un tipo que acabó ingresado en un hospital a causa del estrés del rodaje y postproducción. A día de hoy en ningún sistema estelar se puede discutir que hablamos de una de las películas más rentables de la historia del cine, ya que los ingresos no venían de la taquilla en exclusiva. Juguetes, series de televisión, videojuegos, novelas, cómics o el cachibache más absurdo con el sello de Lucasfilm han contribuido a las arcas de la jubilación para varias generaciones de la familia Lucas.

Eh, que nosotros no contamos como copia cutre

Eh, que nosotros no contamos como copia cutre

Entre otras cosas, LA SAGA rompía con un viejo axioma de Hollywood: las películas fantásticas no dan dinero. La explosión de dólares que produjo la película de bajo presupuesto más cara de la historia (alguien de producción la bautizó así de manera irónica) encendió las alarmas en todas las productoras del planeta, que buscaban repetir el éxito para sus respectivos sellos. A lo largo de los años 80, y posteriores, claro, llegaron al cine decenas de proyectos, producto de los sueños verde billete de sus creadores.

Por supuesto, muchas de esas películas eran infames émulos de la original, que buscaban el mayor rédito con el menor esfuerzo. Cutrez, desgana, repetición y mucho cuento de la lechera nos dejaron para el recuerdo algunos subproductos fílmicos que bien merecen un repaso. Abróchense los cinturones, viajeros estelares, porque el cosmos de lo cutre es turbulento.

Flash Gordon: Galaxia de plastiquete

Es curioso, porque antes de Star Wars, Lucas tenía serias intenciones de llevar a la pantalla a Flash Gordon, héroe infantil del director. Este personaje de cómic creado por Alex Raymond a mediados de los años 30 era ejemplo del mejor sabor pulp llevado a las viñetas, y protagonista de las fantasías espaciales de varias generaciones.

Por desgracia, Lucas abandonó el proyecto, puesto que los derechos del personaje estaban en manos de Dino de Laurentiis, mítico productor de cine italiano y rey del cartón piedra. Comenzaba entonces la auténtica génesis de Star Wars, que, irónicamente, propició la llegada de Flash Gordon a los cines. El pelotazo en las taquillas y el avance exponencial en el uso de efectos especiales convenció a Laurentiis de las posibilidades del antiguo personaje de las viñetas en la pantalla grande. Dicho y hecho, el veterano productor pone toda su maquinaria en funcionamiento para legar al mundo un ejercicio de fantasía espacial, mezcla de la artesanía clásica de la magia del cine y las posibilidades del experimental tratamiento de imágenes que traía bajo el brazo Star Wars. Por desgracia, el resultado final queda para el recuerdo como infecto timo de la estampita.

Cejacas cósmicas

Cejacas cósmicas

De Laurentiis dejó a sus espaldas unas 150 películas bajo su sello. Esto implica una gran cantidad de éxitos y, cómo no, obras que merecen ser olvidadas en el pozo más infecto del averno. ¿Adivinan ustedes a qué categoría pertenece Flash Gordon?

A priori, no pintaba mal la cosa. El reparto incluía estrellas internacionales de relumbrón, como Max Von Sydow, Ornella Muti o Timothy Dalton. Pero el problema de la película era el tono absurdo e hilarante que protagonizaba el guión de la película, acompañado por una desafortunada estética de lo más estridente. Las cosas pasaban porque sí, sin muchas explicaciones e incidían en aspectos ridículos que infantilizaban la propuesta original de los cómics de Raymond. Los personajes deambulaban de una escena a otra como meras excusas, y los efectos especiales estaban muy lejos del vistoso resultado de Star Wars, el modelo a imitar. Algunos diálogos parecían estar escritos por un orangután puesto de LSD, rozando la vergüenza ajena. Un esperpento mayúsculo, feo, exagerado y bastante estúpido que, cómo no, resultó un rotundo fracaso. En cierto modo, tenía más que ver con Barbarella, el espectáculo erótico cósmico producido por el propio De Laurentiis en 1968, que con el héroe del cómic inspirador de la película.

Por supuesto, ha pasado a la historia con esa etiqueta salvadora, “de culto”. Muchos defienden el desastre aludiendo al tono autoparódico, pero a lo mejor es que yo soy muy serio y no pillo la gracia.

Para rematar la faena, ahí estaban los Queen completamente poseídos por el espíritu de la película, autores de la banda sonora. Todo lo malo del grupo se multiplica por mil en forma de exageración sonora, sobreproducida e histriónica. De los peores trabajos de la mítica banda, pero con creces. El tema principal, por lo menos a mí, me recuerda a un ejército de profesores de secundaria desquiciados apretando las tizas bien fuerte contra la pizarra. Que estrizo, por Crom.

Krull: Espada, brujería, o lo que haga falta, señora

El planeta Krull es invadido por una bestia alienígena y su ejército de ortopédicos soldados de asalto. Como el malo es tan original, secuestra a una princesa. Claro está, un príncipe bravido comienza su camino del héroe de baratillo a la búsqueda de su amor a lo Corín Tellado, reuniendo por el camino al típico grupo de idiotas dispuestos a morir por razones confusas.

Más o menos eso es el argumento de Krull, un batiburrillo de ideas e influencias que en conjunto es bastante hortera e indigesto. Los perpetradores de esta cosa tiraron con alegría de dos géneros muy de moda a principios de los 80, el tinglado espacial a lo Lucas y la espada y brujería que Conan el Bárbaro (sí, amigos, producción de Dino de Laurentiis también) había recuperado para la cultura popular. Con un guión que parece una partida de rol rápida escrita por el primo monguer del director de juego, cae punto por punto en todos los topicazos de las historias de fantasía. En el fondo, cuenta lo mismo que Star Wars, pero sin chicha, sin gracia y sin na de na.

La estrella de la risa

La estrella de la risa

Bebe de las mismas fuentes de la película de Lucas, es decir, el consabido viaje del héroe y sus etapas. Tenemos el mentor cansino, el objeto mágico, los secundarios arquetípicos, el villano ejemplo de mal absoluto, las pruebas, la búsqueda de conocimiento, y todos los elementos que se repiten de manera constante a lo largo de los relatos de aventuras. Pero Star Wars presentaba lo de siempre como mezcla de géneros, envuelto en un aspecto visual de primera clase. Krull es tan evidente y de bazar chino que, como mucho, os arrancará una risa cómplice. A las malas, os aburrirá hasta el punto de comprobar cuantas palomitas os caben en la boca y morir ahogados.

El protagonista, un Errol Flynn de tercera, tiene el carisma de un par de calcetines sudados, y aún así es un héroe de postín comparado con el resto del plantel. Magos ridículos, Sabios taciturnos, exóticas razas que dan colorido al universo de Krull (una, un cíclope tarugo que molesta todo el rato y SPOILER PERO TE DA IGUAL muere de forma ridícula. No hay más), y demás clichés arrancados del manual del guionista en horas bajas componen la hora y media larga de tontuna que nos arrastra con dolor por una historia en la que todo nos da lo mismo. A los cuarenta minutos lo único que deseas es que el planeta  vuele por los aires.

La estética se encuadra en el rollo medieval a la cartón piedra, hasta que saltamos a la parte final en la fortaleza del maloso. En ese momento, comienza un festival bastante psicodélico y confuso, en lo que parece la mezcla entre el infierno de El Bosco con la portada de un disco de Yes en los años 70, pasado por el filtro de una instagramer adicta a las nubes de azúcar. Así de bruto todo.

La cosa se soluciona con la batalla final más estática y anticlimática del cine fantástico, adornado todo con la omnipresente banda sonora de James Horner. Me sabe mal atacar por ahí, pero la melodía del maestro resulta demasiado presente a lo largo de la película. Hay escenas en las que no pasa ABSOLUTAMENTE NADA y de fondo tenemos el trotón ritmo marca de la casa. Confuso, el esguince de cerebro está asegurado con tanto contraste bruto.

Otra que pasa al carrito de “de culto”. Debe ser la presencia de Liam Neeson en esa época en la que rodaba a cambio de bocatas de mortadela al comienzo de su carrera. Infumable, y boba hasta lo insultante.

DUNE: Pablito Atreides, el lánguido

La historia de Dune es de esas que dan para novela. El proyecto original era un delirio imposible surgido de la cabeza de Alejandro Jodorowsky, gurú cantamañanas con notables destellos de genio. Dune fue para la generación de los 60 un cambio de paradigma en la ciencia ficción y la fantasía. Posiblemente, desde El señor de los anillos no había asistido la literatura del género a un impacto social de iguales características. Tras la enésima historia de tintes mesiánicos, Frank Herbert trataba temas como la política, el medio ambiente o la espiritualidad como pocas veces se había hecho antes. Juego de tronos o la mismísima Star Wars (¿O es que la Bene Gesserit no son una especie de orden Jedi femenina?) no pueden negar la influencia de este clásico atemporal.

Sting y sus inicios en el cine kinki

Sting y sus inicios en el cine kinki

Jodorowsky veía el potencial de este relato para extender sus propias ideas acerca de cómo funciona el universo. Las excentricidades y excesos del proyecto llevaron al fracaso los intentos del director y escritor chileno, que se fundió el presupuesto antes de rodar la primera escena. Eso sí, de las cenizas del intento nacería el equipo que construiría otro clásico de la ciencia ficción: Alien de Ridley Scott.

Tras años en el limbo, surge de nuevo la oportunidad de rodar Dune. En este caso, el peso del proyecto recae en… esperad un segundo… ¡Sí, amigos, la productora de Laurentiis!

En este caso era la hija del conocido magnate del cine, Raffaella, la que capitaneaba la nave desde Universal. El elegido como director de Dune era el por entonces principiante David Lynch. Ya entonces era un director muy personal, que había maravillado al mundo con El hombre elefante (y acojonado con Eraserhead, pero eso es otra historia). Si Jorodowsky se había ido a la parra con una idea de película de ocho horas, el bueno de Lynch no se quedó corto y presentó un metraje de cinco para su proyección comercial. Claro está, empezaron los problemas, puesto que desde producción no se podía dar el visto bueno a una monstruosidad así. Se montó otra nueva versión de tres horas, y finalmente se estrenó un ladrillo de 137 minutos, que desconcertó a crítica, público e incluso a su director.

Todo el mundo esperaba que Dune fuese la nueva Star Wars, pero la falta de contención de Lynch y las mutilaciones posteriores presentaron una trama confusa, en la que era muy complicado entender nada si no se había leído el libro con anterioridad (y aún así). Kyle MaClachlan resultaba inverosímil como el iluminado Paul Atreides, demasiado intenso y fantasmal. El diseño de producción era extraño de más, y presentaba un universo herrumbroso y decadente que no coincidía para nada con el extraído de la imaginación de Frank Herbert. La película avanza sin brújula, y termina por desesperar a los espectadores invitados a una fiesta en la que no pintan nada.

Encima, salía Sting, que en mi caso implica un -10 en carisma a cualquier cosa en la que esté implicado. Colmo de la excentricidad, Toto como compositores de la solmene banda sonora. Nadie entiende nada, amigos.

Por supuesto, fue un fracaso comercial de proporciones épicas, y la crítica se despachó a gusto. Lynch renegó de su propia obra, que siempre estuvo bajo el control de los de Laurentiis. Aguantó el temporal porque había pactado con el productor italiano otra película en la que nadie metería el hocico, y todos los aspectos de la producción estarían bajo su supervisión. El resultado fue Terciopelo azul, una de las mejores películas de la historia del cine. Si aguantar un tostón como Dune tiene como premio algo así, bien vale ver a Sting poniendo cara de loco un rato.

Como extra: También sale Max Von Sydow. Debía estar de oferta para épicas espaciales cutrongas.

Masters del universo: Reventando los 80

¡Como molaban los Masters del universo (los jiman, que llamábamos en la época a los muñecajos). Así crecimos mi generación, chicos y chicas, imaginando aventuras en el planeta Eternia. Por lo visto, en ese exótico paraje, el aire estaba infestado de anabolizantes, de ahí que todo personaje masculino luciese los músculos (y el atuendo) de un luchador de pressing catch. Las chicas eran igual de guerreras, pero de rollo más grácil, algo así como una paloma ninja. La serie de dibujos inspirada en la línea de juguetes de Mattel fue el empujón para que alguien pensase en el mogollón de dólares que resultaría de la creación de una película con estos carismáticos personajes. Los encargados de poner a partes iguales dinero y falta de vergüenza, dos viejos conocidos de los aficionados a la acción de serie B.

Con todos ustedes, Yoram Globus y Menahem Golan.

Por fin la reunión de los Venom originales

Por fin la reunión de los Venom originales

Estos dos personajes están detrás de muchas de las películas ochenteras por definición. Esas que están escritas en un cuarto de hora sobre una servilleta, llena de peludos héroes de acción, que hacían que los videoclubs de la época oliesen a sudor de escroto y testosterona con la sola presencia de los VHS de la productora. Tras una exitosa carrera en su Israel natal, pusieron sus ojos en el mercado americano, así que se compraron para uso y disfrute la productora Cannon. A lo largo de los años producirían obras importantes, nominaciones a los Oscar y Globos de oro incluidas, pero si por algo han pasado a la historia es por sus producciones de bajo presupuesto. Una ingeniosa política de pago de licencias y la economía en los rodajes les permitía rodar películas como churros, y, además, contaban como reclamo con estrellas de acción míticas. Chuck Norris o Charles Bronson, monstruos de la interpretación (si consideramos una mesilla de noche el colmo de la contención emocional) empujaron a Cannon a la cúspide de lo horrendo. Alabados sean, porque el mundo no sería igual sin sagas como Guerrero Americano.

Con los años, la compañía se estampó seriamente con la realidad, tras dejar a su paso escoria fílmica como Superman IV (película que se merece un artículo para ella solita), pero antes de despedirse, estos dos alegres productores pusieron sus ojos codiciosos en la franquicia juguetera de Masters del universo.

Aunque ejemplo tardío, nadie duda de las influencias de la saga de Lucas en las hechuras de estos Masters. El héroe viene más horneado que el bueno de Luke Skywalker, pero tenemos el eterno enfrentamiento entre la luz y la oscuridad, un imperio galáctico chungo dirigido por un tío feo bastante místico, la consiguiente horda de soldados de asalto carne de cañón y puntería sospechosa, el rescate de la damisela en peligro (que a su vez cumple la función de mentor pseudoreligioso para el protagonista), objeto mágico de vital importancia… lo de siempre, vamos.

El problema es que se tira de mínimos, y la aventura cósmica de estos poderosos machos alfa espaciales se convierte con las idas de olla de la propuesta en una especie de comedia adolescente de peces fuera del agua.

Me explico: me imagino que rodar una aventura espacial al estilo Star Wars se iba de presupuesto, que esto es la Cannon, amigos. La solución, se envió a los protagonistas, por la razón más peregrina, al planeta Tierra, donde entran en colisión con las exóticas costumbres locales. Unos adolescentes pedorros son lo mejor que encuentran He-Man y sus colegas como aliados, así que el asunto torna en chistes horribles e inapropiados en contraste con la intensidad del tema ese del destino del universo. Diseño de producción entre chusco y megalómano, el paso del tiempo ha sido demoledor con lo poco bueno que tenía esta película.

En el reparto, Dolph Lundgren hacía la función del chico bueno, acompañado por el típico ser que pretende ser el desfogue cómico de la función, pero del que sólo puedes imaginar distintas formas de muerte dolorosa. Odiamos a Gwildor. Sí, amigos, ni Jar Jar es producto original. Lundgren estuvo a punto de ser una estrella sí. Pero se quedó ahí, en Eternia.

El hijo secreto de Punset y un critter

El hijo secreto de Punset y un critter

Como curiosidad, la adolescente cansina que sirve de comparsa al grupo de exiliados extraterrestres era Courteney Cox, con los años transmutada en estrella mundial gracias al inolvidable papel de Rachel en la celebérrima Friends. De Skeletor, el pobre Frank Langela, que a comenzaba una magnífica carrera arrastrándose por el fango del olvido (creo que es la frase más cruel que he escrito en años).

El asunto da mucho más de sí, con películas aún más infames e indigestas, pero os quiero mucho, y no me apetece que acabes en terapia por un artículillo de entretenimiento. Por ahí está ese horror innombrable que es el Star Wars turco. Ni a mi peor enemigo se lo recomiendo (Bueno, sí, y sin subtítulos ni nada). Puede que algún día volvamos a este universo de baratillo y rotuladores fosforito para dibujar rayos láser. De momento, servidos.

Que la fuerza, o lo que sea, os acompañe.